La leyenda del Rey Minos

Actualizado: mar 12

Descubre el relato clásico mitológico del célebre rey Minos, el laberinto y el minotauro.




"El nacimiento del rey Minos"


Según relatan los antiguos mitos griegos, el rey Minos había nació en Creta como fruto de la unión entre Zeus -el rey de todos los dioses- y la princesa fenicia Europa, a la que este había seducido valiéndose de la apariencia de un hermoso toro blanco.





Radamantis y Sarpedón, hermanos de Minos, nacieron también de esta extraordinaria unión semidivina.


Como era costumbre en Zeus, que no solía atender a sus deberes parentales, abandonó a Europa y a sus hijos.


Los tres hermanos fueron entonces adoptados por el rey de la isla de Creta Asterio, marido terrenal de Europa.


Tras la muerte de su padrastro, primero Minos y luego Radamantis y Sarpedón lucharon por el trono, pero sólo el primero se hizo con él tras haber reclamado que sus plegarias fueran oídas por los dioses.


Poseidón, el dios de los mares embravecidos, escuchó las súplicas de Minos y las atendió concediéndole su favor.


Como muestra de su alianza, Poseidón hizo emerger del mar un toro blanco para que fuera sacrificado en su honor. Efectivamente un segundo toro se cruzó en la vida de Minos.


No es extraño, por ello, que el símbolo de todo el arte minoico -que recibe su nombre del rey Minos- sea precisamente el toro.En la religión griega el toro era el animal de sacrificio por excelencia, el más apreciado por los dioses y el que siempre se reservaba para las ocasiones importantes.


La palabra hecatombe hace referencia precisamente al sacrificio ceremonial griego de cien (hekaton) toros (bûs).




El animal debía ser sacrificado,

por tanto, en honor del dios pero el rey Minos le traicionó y decidió dejarlo vivo.

Quizá Minos también se dejó arrebatar por su belleza como su madre lo hiciera antes al quedar prendada de Zeus metamorfoseado bajo esa forma.




Sin embargo los dioses griegos eran muy susceptibles y la venganza su principal pasatiempo.


Tras el acto de desobediencia Minos se desposó con varias mujeres que, en vano, trataron de darle un heredero: de sus entrañas no nacían más que serpientes y alacranes. Firma de la casa y regalo de Poseidón por su impertinencia.


Tan sólo Pasífae, por fin, logró darle hijos normales, entre ellos la bella Ariadna.


Desgraciadamente, Poseidón no se conformó con condenar a la estirpe de Minos bajo la tortura de las malformaciones sino que continuó su venganza de una forma todavía más cruel y retorcida: haciendo que Pasífae se enamorase perdidamente del bellísimo toro blanco destinado al sacrificio.


Para poder yacer con él, la reina pidió ayuda a Dédalo, el grandísimo ingeniero ateniense que había llegado a Creta expulsado de su ciudad natal por haber matado por celos a un sobrino suyo. Dédalo también tenía lo suyo y cargaba con su propia maldición.


En fin, así eran los griegos y así eran también sus leyendas, una mezcla de pasiones e ingenio que no ocultaban sino que gustaban vivir de forma simultánea y sorprendentemente armónica. Verdaderos tornados de sentimientos e inteligencia.



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Pero volvamos ahora a la leyenda de Minos.


Dédalo fabricó para la reina una máquina, un disfraz en forma de vaca y de aquel connubio entre la reina Pasífae y el toro blanco de Poseidón nació un nuevo monstro: el Minotauro, extraño y horrible animal, mitad hombre y mitad toro.




A Minos le bastó con verlo una vez para comprender con quién le había engañado su mujer.


Aunque si nos atenemos a las reglas de la genética mitológica, el propio Minos era hijo de un toro y quizá algo de la sangre transformada de Zeus corría por lad venas del Minotauro. La leyenda aquí juega con la ambigüedad y la duda.






Ordenó entonces Minos a Dédalo que construyese un enorme laberinto para alojar en él al monstruo feroz y violento que amenazaba la vida de Creta.


Pero al finalizar sus obras, el rey dejó dentro prisioneros también al constructor con su hijo Ícaro, por haber ayudado a Parsífae a cosnumar su locura.


Tan bien diseñó Dédalo el laberinto que no era posible encontrar el camino para salir de aquel intrincado caos de corredores y galerías.


Pero Dédalo, hombre de infinitos recursos, construyó para sí y para su hijo unas alas de cera con las que ambos huyeron elevándose en el cielo.




Antes de hacerlo avisó a su hijo de que no se acercara demasiado a Helios, al sol, pues su calor derretiría la unión de sus alas.



Pero ya sabemos cómo son los adolescentes... Ebrio de entusiasmo y movido por el valor de la juventud, Ícaro olvidó nada más alzar el vielo la recomendación de su padre: la cera se derritió e Ícaro se precipitó al mar.




Recordenos que Dédalo también había ofendido a los dioses asesinando a un miembro de su familia. Sobre él también pendía una maldición y Grecia el castigo siempre llega.







Mientras, en el laberinto seguía girando el Minotauro, que exigía cDa año siete mujeres y siete hombres jóvenes en sacrificio.


Minos se los hacía entregar usando los prisioneros de los pueblos vencidos en las guerras.


Llegado el tiempo, Minos se los reclamó también a Egeo, rey de Atenas. El hijo de éste, Teseo, deseoso de finalizar con la locura de Minos se ofreció voluntario para formar parte del cortejo destinado al sacrificio.



Nada más desembarcar en Creta, Teseo sedujo a Ariadna, la hija de Minos prometiéndole que se desposaría con ella en cuanto matara al minotauro.


Arianda le entregó un ovillo para que, desenrollándolo, pudiera vovler a encontrar la salida. El valiente Teseo logó su objetivo, consifguió salir a su laberinto, y fiel a la promesa hecha a Ariadna se casó con ella y se la llevó. Pero en Naso la abandonó dormida en la playa y prosiguió el viaje solo con sus compañeros.