Los Juegos Olímpicos en la Antigua Grecia

Actualizado: 29 de may de 2019

Explicación del desarrollo de los Juegos Olímpicos así como de su significado espiritual, social y político en la Grecia Antigua




Tras dejar atrás la edad oscura y la época orientalizante en la que los griegos -enormemente influenciados por las culturas asiáticas- todavía no habían encontrado su identidad, nos adentramos en la época arcaica cuyo comienzo se sitúa convencionalmente en la primera olimpiada celebrada aproximadamente en el año 776 a.C. y que se extiende hasta el año 499a.C año en el que se produjo la revuelta de los griegos de jonia contra los persas y el inicio del establecimiento de las alianzas entre las ciudades estado griegas contra el enemigo oriental que daría lugar a las Guerras Médicas.

(492-490 y 480-479 a. C.)



Es, sin duda, bastante curioso por mucho que lo hayamos oído un millón de veces que los griegos organizaran su cronología, su tiempo en la tierra en referencia a un simple certamen deportivo.

El significado del tiempo para todo ser humano es tan profundo y relevante, que vincularlo al deporte nos resulta extremadamente extraño.

Sin embargo, cada cuatro años, al alzarse sobre el mar la luna llena de mediados de verano, comenzaban en Olimpia -en la costa occidental del Peloponeso- las Olimpiadas.



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ORIGEN MITOLÓGICO DE LOS JUEGOS OLÍMPICOS



La tradición sostenía que estos juegos habían sido creados por el propio Hércules, apodado “león de la triple noche” porque su padre Zeus hizo que la noche en que lo engendraba fuera tres veces más larga que las otras. Con la instauración de los juegos olímpicos Hércules habría creado la ocasión para una inmensa ceremonia en la que vendría a celebrarse una victoria o, mejor dicho, la victoria más importante de toda la mitología griega: el triunfo de Zeus sobre su padre Cronos.


Es decir, las olimpiadas no eran, para los griegos, un mero entretenimiento físico sino la oda al triunfo, a la gloria, a la victoria sobre todo aquello que nos somete. Un canto a los mejores que recordaba la más fabulosa de todas las victorias, el triunfo de Zeus sobre el tiempo y el logro de la inmortalidad.

Así, las olimpiadas vendrían a manifestar en la tierra un reflejo de la competitividad que marcaba el carácter de sus propios dioses y el mismo ansia de inmortalidad, esta vez, en el recuerdo al ganarse un puesto en la historia.

El valor de la humildad y nuestro siempre socorrido refrán en las derrotas de que “lo importante es participar” no procede, en absoluto del mundo griego, sino que se trata de visiones instauradas más tarde de la mano del cristianismo.

Para los griegos el único sentido de la vida era la gloria -sobre los demás y sobre uno mismo- un honor, alcanzado por uno mismo y reconocido por la comunidad capaz de garantizar la inmortalidad personal en el recuerdo de los vivos. Frente a los artistas medievales que rehusaban firmar sus obras como acto de sentida humildad y de reconocimiento de su desinterés por la vida terrenal, los griegos eran pura individualidad, pura autoafirmación. Pero ante la imposibilidad de tomar la ambrosía, el único espacio de eternidad es la mente de los otros.

La gloria no es otra cosa que la capacidad de superar los propios defectos y debilidades, así como sufrir los amargos vaivenes de las circunstancias y, a pesar de todo, vencer. Como Zeus venció a su padre el tiempo, haciéndose inmortal y dueño de toda la realidad.

Entre los antecedentes de las Olimpiadas ha venido a señalarse una posible conexión con las festividades minoicas del salto del toro. Como bien recordáis, el núcleo mismo de los palacios minoicos era el inmenso patio central descubierto que estaba destinado específicamente a la taurocatapsia.

Además, en Cnossos, no sólo habíamos hallado los bellos frescos del salto del toro sino también el de los niños boxeadores, hecho que lleva a pensar que las competiciones deportivas eran populares en el Egeo desde antaño.



JUEGOS MICÉNICOS

Ha sido objeto de discusión por parte de los especialistas también la posible celebración de presencia de competiciones deportivas en entre los micénicos. La prueba de ello serían las estelas funerarias y las muchas cerámicas micénicas decoradas con escenas de carros que han sido interpretadas por algunos expertos como representaciones de carreras deportivas y no de feroces marchas bélicas.

Lo que parece indiscutible es la temprana pasión que los griegos comenzaron a albergar por la filotimia, es decir por el anisa de honor y gloria y el hecho de que los juegos eran un momento idóneo para competir sin tener que recurrir a la guerra.

Es interesante saber que los premios en las Olimpiadas jamás fueron económicos ni se les concedió vez alguna a los vencedores medallas de materiales preciosos. No se trataba de eso, simples coronas de laurel o de olivo silvestre bastaban para dar honor a un individuo, a su clan y a su polis. La victoria en sí misma, el honor y la gloria bastaban pues se trataba de premios capaces de perdurar en el tiempo, don mucho más precioso que cualquier pedazo de metal dorado.

El entusiasmo por los juegos creció rápidamente en toda Grecia y muy pronto otras muchas ciudades, además de Olimpia, comenzaron a desarrollar sus propios juegos locales. Los más célebres fueron los juegos ístmicos, cerca de Corinto, en honor de Poseidón, los juegos de Nemea en Honor a la victoria de Hércules sobre el león que asolaba dicha región como parte de los doce trabajos que le concedieron la divinidad completa y que se realizaban cada dos años. Y finalmente los juegos de délficos en honor a Apolo en Delfos.



OLIMPIA

Olimpia sede de las celebraciones más sagradas e importantes no era, sin embargo, exactamente una ciudad sino un conjunto arquitectónico que albergaba un amplio número de templos y zonas ceremoniales.

Cuando llegaban los juegos, los visitantes formaban una enorme ciudadela alrededor del santuario, en un valle que se cubría por completo con las telas de las tiendas de campaña provisionales. La estancia debía ser relativamente agradable ya que los juegos se celebraban al final del verano entre primeros de agosto y finales de septiembre.




EL TEMPLO Y LA ESTATUA DE ZEUS EN OLIMPIA

En Olimpia destacaban dos templos, el templo de Hera y el templo de Zeus Olímpico en el cual se hallaba una colosal estatua de Zeus, obra maestra de Fidias, que tenía trece metros de altura. Un titán con la victoria en una mano y en la otra el cetro coronado por un águila, y considerado una de las siete maravillas de la antigüedad y destruida en el siglo V d.C. Sólo conservamos de ella la descripción que nos ha dejado Pausanias.

«Zeus está sentado en un trono de oro y marfil. Sobre la cabeza lleva una corona hecha a semejanza de ramas de olivo. En la mano derecha sostiene una Victoria también de marfil y de oro, con una cinta y una corona. En la izquierda sostiene un cetro adornado con toda clase de metales, rematado por un águila. Las sandalias y el manto del dios también son de oro. El manto está grabado con figuras de animales y flores de lirio.

El trono está adornado con oro y piedras preciosas, ébano y marfil, y en él aparecen representadas formas de animales y otras imágenes. En cada una de las patas del trono se representan cuatro Victorias bailando, y otras dos aparecen en la base de cada pata. (…) Sé que la altura y anchura del Zeus de Olimpia han sido medidas y transcritas, pero no alabaré a sus medidores, porque las medidas que refieren son muy inferiores a la impresión que produce la visión de la estatua. Es más, según cuenta la leyenda, el propio Zeus le habría confirmado a Fidias la maestría de su obra. Cuando la estatua estuvo terminada, Fidias rogó al dios que manifestara con un signo si la obra era de su agrado; y se cuenta que cayó súbitamente un rayo en el punto del pavimento que hasta mi época estaba cubierto por un ánfora. Todo el pavimento delante de la estatua estaba compuesto de losas no blancas, sino negras.»

Presididos por esta colosal celebración del triunfo, los juegos olímpicos albergaban una amplísima colección de competiciones que incluían la danza armada, carreras de carros y de cuadrigas y diversos deportes de contacto como el boxeo llamado pyx o pygme y que se celebraba en honor a Patroclo, el amigo-amante de Aquiles muerto por Héctor en la Guerra de Troya.

Los boxeadores se protegían las manos con los llamados himantes, unas protecciones de piel de vaca formadas por unas tiras de 3 metros de longitud que se enrollaban alrederor de las manos. Al igual que los actuales, también usaban los llamados korykos, que eran los equivalentes a los modernos sacos de entrenamiento. Se utilizaban para practicar en la palestra y se rellenaban de tierra, harina o mijo.

La lucha olímpica era el segundo deporte de contacto, mucho más suave y parecida a la actual. Finalmente, los atletas practicaban un deporte especialmente agresivo llamado pankrationo pancracio que consistía en un combate casi a muerte sin apenas reglas ni restricciones.

Al ser una mezcla de la lucha y el boxeo griegos en el pancracio se utilizaban técnicas de ambas disciplinas, tales como voltear el trasero, un movimiento parecido a las llaves del judo, o sujetar por el cuello.

Otros movimientos a mencionar eran las patadas en el estómago, totalmente permitidas, las zancadillas, el agarre por el tobillo para hacer caer al rival, o el llamado klimakismos en donde el luchador atrapaba a su rival por detrás, por el cuello y comenzaba a estrangularlo. Se permitían los puñetazos -con las manos desnuda, los aplastamientos de pies, tortas, manotazos, golpes en la cara y los genitales. Algunas de las acciones de más éxito eran la ya mencionada estrangulación, la rotura y la dislocación de miembros.

Las normas del pancracio sólo prohibían morder y meter los dedos en los ojos, la nariz y la boca del oponente.

Pausanias, en su Descripción de Grecia, tras describir la maravillosa estatua de Zeus nos cuenta el modus operandi de Sóstratos uno de los más insignes representantes de este deporte:

“Al lado de la imagen de Lisandro está la del pancraciasta Sóstratos. (…) Éste siempre intentaba atrapar primero los dedos del oponente para rompérselos. Y lo continuaba haciendo hasta notar que el otro abandonaba la lucha. Alcanzó doce veces la victoria en las competiciones de Nemea, tres triunfos en Olimpia y dos en los Juegos Píticos.”

Junto a toda esta violencia y brutalidad, desde temprano y aunque nos sorprenda, se instauró también la música como arte de competencia en los juegos olímpicos, y después vinieron con el tiempo la escultura, la arquitectura, las matemáticas y la poesía, lo que confirma una vez más que el culto de los griegos por la destreza física no agotaba el sentido de sus olimpiadas.

Los atletas que participaban en los juegos competían completamente desnudos y descalzos, práctica que parece que no existió desde el comienzo de los mismos. En la épica más antigua, los atle­tas se cubrían sus partes pudendas con un pequeño taparrabos. Fue en la decimoquinta Olimpiada, en el 720 a. C., según Dionisio de Halicarnaso, cuando el corredor Akantos se pre­sentó desnudo a tomar la salida. Según Pausanias no habría ocurrido así, sino que habría perdido la prenda en plena carrera o se la quitó él mismo. Sea como fuere llegó completamente en cueros a la meta, ganó, y la idea marcó tendencia.




PENTATLÓN

De todas las competencias, la más importante era el pentatlón. Después de sacrificar un cerdo a los dioses, un número amplio pero desconocido para nosotros de participantes competía inicialmente en salto. Aquí tenemos una vasija en la que podemos ver a un saltador de longitud con dos halteras en las manos. Eran dos pesas que le permitían coger impulso y saltar más lejos.

Los que cumplieran todos los reglamentos pasaban a la fase siguiente: el certamen de jabalina. Un objeto que, en aquella época, tenía un claro uso bélico. Para lanzarla, los atletas usaban un tipo de propulsor de correa de cuero de unos 30 a 45 cm. de largo, atada cerca del centro de gravedad y que daba una o varias vueltas alrededor del fuste, terminando en un nudo donde el lanzador introducía los dedos índice y mayor de la mano lanzadora, y torsionaban en un movimiento característico.

De estos, los cuatro mejores se disputaban la carrera, en que uno era eliminado.

Los tres restantes entraban en la competencia de lanzamiento de disco, cuya imagen imborrable es, por supuesto, el Discóbolo de Mirón.

Los dos últimos se retaban finalmente en la lucha olímpica. El ganador, además de su honrosa corona, veía inscribir su nombre en los sitios ceremoniales, en los estadios, y más allá de ello, si la suerte le sonreía, en los versos de los grandes poetas.

Paralelamente, en los hipódromos tenían lugar las carreras de carros y caballos, tan arraigadas en la mentalidad y el arte griegos. Eran competiciones muy exclusivas en las que sólo podían participar aquellas personas capaces de criar y mantener caballos de carrera así que eran los certámenes reservados para los reyes y aristócratas. Al principio, era el propio dueño del caballo el que conducía el carro, pero dada la peligrosidad del deporte pasaron a usar aurigas profesionales que conducían buen cuadrigas formas por 4 caballos o vigas de dos caballos.

También se celebraban carreras de caballos sin carros, simples carreas de velocidad de jinetes desnudos en las cuales, sorprendentemente era más importante el caballo que la persona pues se cuenta que un caso, un potro después de haber tirado al suelo a su jinete siguió corriendo y tas llegar el primero a la meta ganó la carrera y se le nombró campeón. Al caballo le erigieron incluso una estatua como era costumbre.

La importancia social de los juegos olímpicos

Durante la celebración de los juegos la vida pública quedaba literalmente paralizada y se suspendía toda actividad social en las ciudades participantes de modo que sólo eran atendidos los asuntos de máxima urgencia.

Estos juegos eran, además de grandes celebraciones religiosas y deportivas, una ocasión para el acercamiento entre las ciudades estado y el fortalecimiento entre los lazos de la cultura común.

Uno de los aspectos más destacados de los juegos era la ekecheiria o tregua sagrada que suponía la prohibición de toda actividad bélica durante un periodo que no sólo abarcaba los propios juegos, sino un tiempo antes y un tiempo después de los mismos para que los atletas, la mayoría de ellos soldados tuvieran tiempo de prepararse y completar el viaje a Olimpia. Sólo los grandes deportistas podían vivir exclusivamente de ello, recibiendo el apoyo económico de sus ciudades.

Según Pausanias, el infatigable viajero de la an­tigüedad, el texto del histórico acuerdo estaba grabado en forma circular y concéntrica, en un disco de hierro que se guardaba en el templo de Hera. También, según Plutarco, Aristóteles vio aquel disco cuyo texto decía: 

«Olimpia es un lugar sagrado; el que se atreva a pisar esta tie­rra con fuerza armada será condenado como hereje. También es hereje aquel que no castigue un delito si está en su mano poder hacerlo».

Inicialmente la tregua sagrada de los juegos afectaba sólo a las ciudades del Peloponeso pero posteriormente se amplió a todas las polis que deseasen participar en los juegos, incluidas las diversas colonias griegas dispersas por la cuenca del Mediterráneo. Si una ciudad no aceptaba someterse a esta norma quedaba excluida de la participación en los Juegos Olímpicos y si, habiéndola aceptado, violaba la tregua, debía afrontar importantes multas y sus representantes eran expulsados.

El último día festivo de los Juegos estaba dedicado al acto más emocionante y so­lemne: la proclamación de vencedores. Este acto consistía en la organización de un cortejo en la que los vencedores marchaban, como no, al Templo de Zeus para mostrarse ante el dios de todos los triunfos como dignos de su favor. Allí tenía lugar la proclamación de su victoria y subsiguiente coronación con una corona de olivo.

Cada vencedor era llamado por el heraldo, haciendo constar su nombre, el de su país de proceden­cia y el de su progenitor. En bullicioso cortejo, ensordecidos por los vítores y aplausos de sus admiradores, amigos y fami­liares, los atletas se dirigían al interior del Tem­plo de Zeus para depositar sus coronas triunfa­les al pie de la estatua del dios.

Ser vencedor olímpico en la antigua Grecia suponía haber alcanzado una de las más altas cimas de la popularidad, el prestigio y la admi­ración de aquella sociedad.

El vencedor era recibido en su ciudad con los honores máxi­mos, siendo frecuente que para darle especial entrada se procediese al derribo de un trozo de las murallas. A partir de aquel momento su manutención corría a cargo del erario munici­pal, se le eximía de impuestos y se le permitía la entrada gratuita en el teatro y demás espec­táculos públicos.

El vencedor olímpico podía erigir también una estatua dentro del recinto sagrado de Olimpia con la que perpetuar el re­cuerdo de su triunfo, estatua que podía ser, como acabamos de ver, también la efigie de un equino.

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