Los Juegos Olímpicos en la Antigua Grecia

Actualizado: mar 17

Explicación del desarrollo de los Juegos Olímpicos así como de su significado espiritual, social y político en la Grecia Antigua



Tras dejar atrás la edad oscura y la época orientalizante en la que los griegos -enormemente influenciados por las culturas asiáticas- todavía no habían encontrado su identidad, nos adentramos en la época arcaica cuyo comienzo se sitúa convencionalmente en la primera olimpiada celebrada aproximadamente en el año 776 a.C. y que se extiende hasta el año 499a.C año en el que se produjo la revuelta de los griegos de jonia contra los persas y el inicio del establecimiento de las alianzas entre las ciudades estado griegas contra el enemigo oriental que daría lugar a las Guerras Médicas.

(492-490 y 480-479 a. C.)



Es, sin duda, bastante curioso por mucho que lo hayamos oído un millón de veces que los griegos organizaran su cronología, su tiempo en la tierra en referencia a un simple certamen deportivo.

El significado del tiempo para todo ser humano es tan profundo y relevante, que vincularlo al deporte nos resulta extremadamente extraño.

Sin embargo, cada cuatro años, al alzarse sobre el mar la luna llena de mediados de verano, comenzaban en Olimpia -en la costa occidental del Peloponeso- las Olimpiadas.



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ORIGEN MITOLÓGICO DE LOS JUEGOS OLÍMPICOS



La tradición sostenía que estos juegos habían sido creados por el propio Hércules, apodado “león de la triple noche” porque su padre Zeus hizo que la noche en que lo engendraba fuera tres veces más larga que las otras. Con la instauración de los juegos olímpicos Hércules habría creado la ocasión para una inmensa ceremonia en la que vendría a celebrarse una victoria o, mejor dicho, la victoria más importante de toda la mitología griega: el triunfo de Zeus sobre su padre Cronos.


Es decir, las olimpiadas no eran, para los griegos, un mero entretenimiento físico sino la oda al triunfo, a la gloria, a la victoria sobre todo aquello que nos somete. Un canto a los mejores que recordaba la más fabulosa de todas las victorias, el triunfo de Zeus sobre el tiempo y el logro de la inmortalidad.

Así, las olimpiadas vendrían a manifestar en la tierra un reflejo de la competitividad que marcaba el carácter de sus propios dioses y el mismo ansia de inmortalidad, esta vez, en el recuerdo al ganarse un puesto en la historia.

El valor de la humildad y nuestro siempre socorrido refrán en las derrotas de que “lo importante es participar” no procede, en absoluto del mundo griego, sino que se trata de visiones instauradas más tarde de la mano del cristianismo.

Para los griegos el único sentido de la vida era la gloria -sobre los demás y sobre uno mismo- un honor, alcanzado por uno mismo y reconocido por la comunidad capaz de garantizar la inmortalidad personal en el recuerdo de los vivos. Frente a los artistas medievales que rehusaban firmar sus obras como acto de sentida humildad y de reconocimiento de su desinterés por la vida terrenal, los griegos eran pura individualidad, pura autoafirmación. Pero ante la imposibilidad de tomar la ambrosía, el único espacio de eternidad es la mente de los otros.

La gloria no es otra cosa que la capacidad de superar los propios defectos y debilidades, así como sufrir los amargos vaivenes de las circunstancias y, a pesar de todo, vencer. Como Zeus venció a su padre el tiempo, haciéndose inmortal y dueño de toda la realidad.

Entre los antecedentes de las Olimpiadas ha venido a señalarse una posible conexión con las festividades minoicas del salto del toro. Como bien recordáis, el núcleo mismo de los palacios minoicos era el inmenso patio central descubierto que estaba destinado específicamente a la taurocatapsia.

Además, en Cnossos, no sólo habíamos hallado los bellos frescos del salto del toro sino también el de los niños boxeadores, hecho que lleva a pensar que las competiciones deportivas eran populares en el Egeo desde antaño.



JUEGOS MICÉNICOS

Ha sido objeto de discusión por parte de los especialistas también la posible celebración de presencia de competiciones deportivas en entre los micénicos. La prueba de ello serían las estelas funerarias y las muchas cerámicas micénicas decoradas con escenas de carros que han sido interpretadas por algunos expertos como representaciones de carreras deportivas y no de feroces marchas bélicas.

Lo que parece indiscutible es la temprana pasión que los griegos comenzaron a albergar por la filotimia, es decir por el anisa de honor y gloria y el hecho de que los juegos eran un momento idóneo para competir sin tener que recurrir a la guerra.

Es interesante saber que los premios en las Olimpiadas jamás fueron económicos ni se les concedió vez alguna a los vencedores medallas de materiales preciosos. No se trataba de eso, simples coronas de laurel o de olivo silvestre bastaban para dar honor a un individuo, a su clan y a su polis. La victoria en sí misma, el honor y la gloria bastaban pues se trataba de premios capaces de perdurar en el tiempo, don mucho más precioso que cualquier pedazo de metal dorado.

El entusiasmo por los juegos creció rápidamente en toda Grecia y muy pronto otras muchas ciudades, además de Olimpia, comenzaron a desarrollar sus propios juegos locales. Los más célebres fueron los juegos ístmicos, cerca de Corinto, en honor de Poseidón, los juegos de Nemea en Honor a la victoria de Hércules sobre el león que asolaba dicha región como parte de los doce trabajos que le concedieron la divinidad completa y que se realizaban cada dos años. Y finalmente los juegos de délficos en honor a Apolo en Delfos.



OLIMPIA

Olimpia sede de las celebraciones más sagradas e importantes no era, sin embargo, exactamente una ciudad sino un conjunto arquitectónico que albergaba un amplio número de templos y zonas ceremoniales.

Cuando llegaban los juegos, los visitantes formaban una enorme ciudadela alrededor del santuario, en un valle que se cubría por completo con las telas de las tiendas de campaña provisionales. La estancia debía ser relativamente agradable ya que los juegos se celebraban al final del verano entre primeros de agosto y finales de septiembre.




EL TEMPLO Y LA ESTATUA DE ZEUS EN OLIMPIA