Fidias y la escultura griega clásica

Análisis detallado de los rasgos más representativos de la obra de Fidias, el inmortal escultor que decoró los frisos, las metopas y los frontones del Partenón y que constituye la culminación de la escultura del periodo clásico


Como Pausanias narra en su Descripción de Grecia Fidias -el gran Fidias- acabó sus días desterrado, muriendo lejos de su patria sin poder ver terminado el más grandioso sueño griego: el Partenón.


Pero ¿por qué se ha ganado Fidias fama inmortal? La destrucción y el paso del tiempo al que han sido sometidas sus obras hacen difícil comprender su papel en la historia del arte griego y, con él, de occidente.


De lo que los expertos están absolutamente seguros es de que muchas de sus obras llegaron intactas al periodo romano y que fascinaron profundamente a los coleccionistas privados que se disputaban -pagando verdaderas fortunas- las obras originales de época griega y encargaban copias de enorme calidad que han llegado hasta nuestros días. La mayoría de testimonios de la creación artística de Fidias que ha llegado hasta nosotros son, efectiva y lamentablemente sólo copias romanas.




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Dos dioses fueron honrados, por encima de todos los demás, por el cincel de Fidias: Atenea y su padre Zeus.


Por gracia de su talento,Fidias representó tres veces a Atenea en el acrópolis. La primera y más antigua era la estatua colosal en bronce de Atenea Prómachos que se elevaba más de quince metros de altura entre el Erecteion y el Partenón, justo delante de la entrada de los propileos. “Prómachos” significa literalmente “la que lucha en primera fila en la batalla” y, por tanto, se trata de una estatua que subraya el carácter bélico de la gran diosa.



Bajo esta forma Atenea aparece vestida con armadura y casco militar. Nicetas Coniates, un historiador bizantino llegó a verla y la describió de este modo:

“El manto caía hasta sus pies y un cinturón le ceñía el talle. Sus pechos estaban cubiertos por una coraza con la cabeza de la gorgona. Su cuello, descubierto y largo, causaba placer sin límite al contemplarlo. Tenía marcadas sus venas y sus formas eran ágiles, bien articuladas.


Sobre la cabeza llevaba una cimera de crin de caballo que infundía pavor. Su cabello estaba recogido por detrás mientras que los bucles que se escurrían por debajo del casco eran fiesta para los ojos, porque el cabello no estaba enteramente metido dentro del yelmo sino que éste permitía ver un poco sus trenzas.”


Según cuentan, el casco y la punta de la lanza de la Atenea Prómachos se veían desde la distancia, hasta tal punto que cuando los barcos con rumbo a Atenas llegaban al cabo Sunion, eran capaces de ver su brillo y saber que ya estaban cerca de casa.


Otro bellísimo ejemplo del periodo clásico de Atenea Prómachos, es decir, ataviada para la batalla, es la Atenea pensativaque inclinada sobre su lanza y contemplando una piedra hincada en el suelo parece estar reflexionando sobre algo sin duda muy profundo ya que tiene absorta a la diosa de la inteligencia.

La segunda célebre representación hecha por Fidias de Atenea es la Atenea Lemnia que, al contrario que la primera, representa la paz. Prueba de ello es que lleva la cabeza descubierta y, según las numerosas copias romanas, el casco en una mano.


En esta copia que recrea solamente su busto, podemos ver que en esta Atenea que los antiguos denominaban literalmente “la belleza” aparecen en todos su esplendor los rasgos del rostro clásico.

La frente alta, la barbilla pequeña, los labios pequeños y carnosos, las mejillas lisas y el perfil en una línea casi perpendicular al plano horizontal que corta la cabeza.





En la composición del peinado formado por suaves ondas que recuerdan a las olas tranquilas de las calas turquesas del Egeo, Fidas introduce un detalle que posteriormente será incorporado por el gran Miguel Ángel en los frescos renacentistas de la Capilla Sixtina: una cinta lisa y ancha que sujeta el pelo, eleva la frente y acentúa la plasticidad del cabello. Este complemento delicado y efectista será una de las características más distintivas del clasicismo a partir de este momento.


Finalmente, en tercer lugar, Fidias esculpió la gran joya en oro y marfil adornada con piedras preciosas que era protegida por la gran cella del Partenón: la Atenea Parthenos o Atenea virgen que ya conocemos.

Su obra más célebre y perfecta, la que fue considerada además una de las siete maravillas del mundo antiguo, la labró Fidias en su destierro. Quizá la rabia por la injusticia y el anhelo de demostrarle a Atenas lo perdido le impulsaron a elevar su arte hasta la máxima apoteosis.


Hablamos, por supuesto, de la escultura a la que consagraban sus vitorias los atletas de los juegos en Olimpia. Su Zeus criselefantino de doce metros de altura, envuelto en un manto de oro, con Niké en una mano y su terrible cetro rematado por el águila en la otra seguía causando estupor incluso durante el periodo romano. Quintiliano nos lo describe:


“Su belleza ha añadido algo a la religión tradicional. ¡Tal es la majestad de esta obra que conviene al dios representado en ella!”


Las estatuas colosales de Fidias no sólo eran visualmente impactantes sino que también mostraban la riqueza y los logros culturales de las ciudades que ordenaban su construcción.


La creación de una estatua de este tipo implicaba habilidades en escultura, carpintería, joyería y talla del marfil, además de una gran fortuna para adquirir los materiales que las componían. Una vez terminadas exigían, como añadidura, un mantenimiento constante. Se sabe que en Olimpia se empleaba personal cualificado para asegurar el mantenimiento de la estatua de Zeus.

Con Fidias comenzamos a comprender el mundo de la belleza griega que, tal como señala Eco en sus magníficos estudios sobre el arte, constituye uno de los más elevados ideales de esta civilización. Las Musas -animadas por la vida que les insuflan los versos de Hesíodo- repiten una y otra vez el mismo lema:

“El que es bello es amado, el que no es bello no es amado.”

La belleza fue asociada en el mundo griego con la justicia, el segundo gran valor heleno que hemos estudiado a lo largo del curso. Y en el mismísimo templo de Delfos estaba escrito:


“Lo justo es lo más bello”

Fue precisamente la belleza de Helena la que decantó la balanza en la decisión de Paris y llevó a Troya a la destrucción.


Príamo, el que de rodillas tuvo que suplicar a Aquiles que le devolviera el cuerpo de su hijo, hablaba así mientras contemplaba el asedio de su ciudad:

“No es reprensible que troyanos y aqueos de hermosas armaduras sufran prolijos males por una mujer como esta, cuyo rostro tanto se parece a las diosas inmortales.”

La belleza física, carnal, exterior de la fresca juventud, la belleza sin complejos, sin límites en su búsqueda de la perfección que entre los griegos jamás halló la humildad o el pudor que la larga Edad Media vendría a imponer al cuerpo, es el valor pleno representado por los escultores de la época clásica.