La figura del filósofo en Las nubes de Aristófanes

Análisis detallado de la imagen del filósofo y la filosofía en la célebre comedia de Aristófanes Las nubes



El teatro era para los griegos atenienses del periodo clásico un evento imprescindible, una diversión pero al mismo tiempo un lugar para la más profunda reflexión el que se escenificaba la tensión constante entre la verdad y la mentira, entre lo real y lo engañoso, entre el bien y el mal que se da en toda vida y en toda época.


Pero si lo pensamos bien… el afán principal, quizá el eje mismo del pensamiento de los presocráticos fue también precisamente esto: la búsqueda decidida e inmisericorde la verdad frente a las visiones incoherentes e incorrectas vertidas desde el ámbito mitológico y religioso de su cultura. La filosofía nació como una búsqueda de lo "verdaderamente real" entre las sombras de la superstición, de la mentira y en ese sentido, al igual que el teatro refleja un afán profundamente humano.


Antes de continuar con nuestro estudio de la figura del filósofo en Las nubes de Aristófanes, si estás interesado en este apasionante periodo de la historia de la filosofía -la etapa presocrática- te recomendamos estos excelentes cursos online que abordan, desde un punto de vista académico riguroso a la vez que ameno, de forma completa esta fase del pensamiento griego.


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LA COMEDIA


No obstante, cuando hablamos de teatro griego inmediatamente vienen a nuestra mente las imágenes de las grandes tragedias, de esas obras eteras que expresan de la forma más cruda la pérdida, el fracaso, la muerte y el sinsentido de la vida.


Pero la tragedia -inventada en Atenas- fue sólo uno de los géneros cultivados desde comienzos del periodo clásico, ya que junto a ella, y amada y respetada en la misma medida estaba… la comedia.


Y en lo que hace a nuestro interés por los filósofos fue la comedia ateniense y no sus grades tragedias, la que permite tener una mirada más cercana y real de lo que fue la filosofía en su nacimiento.


Curiosamente en las tragedias no hay filósofos, sino adivinos y augures, los filósofos aparecen generalmente en las obras satíricas.


Así, la comedia nos ofrecen una oportunidad única de ver cómo comprendían los griegos normales, los griegos de a pie, la filosofía. Qué pensaba la gente normal y corriente cuando veían pasar por la calle a nuestros presocráticos y los escuchaba especular sobre el cielo o cuando se enteraban de que los jueces los habían mandado al exilio por sus teorías. Hasta ahora sólo hemos visto la imagen de la filosofía desde el punto de vista de los propios filósofos mismos, pero… evidentemente, eso es hacer trampa. Es contar sólo la mitad de esta historia.

Necesitamos unos ojos diferentes, más ácidos, más divertidos, menos parciales, para verla y no hay mejor ayuda que los del talentoso y brillante comediógrafo: Aristófanes autor de algunas de las piezas más divertidas e inteligentes de todo el teatro antiguo conservados.


LAS NUBES


Por ello os invito que dediquemos el final de nuestro curso a leer algunos fragmentos maravillosos de una de sus obras más importantes, de sus comedias más divertidas, que lleva por nombre el sugerente título de Las nubes.

Ya el nombre de la comedia es una chanza y nos muestra que objetivo de la obra que no es otro que el de reírse claramente de la filosofía de la naturaleza, de los filósofos, que tenían como tema principal de sus obras: la lluvia, el sol, las estrellas, el viento… las nubes.


En esta pieza teatral vamos a encontrarnos con una crítica directa y muy divertida a dos fases de la filosofía que nos revelan un periodo de transición. En primer lugar, Aristófanes de burlará de la antigua física, de la filosofía de la naturaleza de los presocráticos que hemos estudiado a lo largo de este ciclo doble y, en segundo lugar, se burlará de la nueva filosofía que comenzó tras el gran giro antropológico en Atenas: la sofística que sería, sorprendentemente, representada por Sócrates.



FILOSOFIA DE LA NATURALEZA EN LAS NUBE


Por tanto, por un lado aparece, como en seguida vamos a ver una crítica de la especulación filosófica sobre el cosmos que intentaba explicar racionalmente hechos que la tradición consideraba sobrenaturales. El rayo, el trueno, la lluvia o las cosechas, eran la consecuencia de fenómenos físicos, y no el acto caprichoso de un dios. Esto, que podría satisfacer a los intelectuales –una minoría, no lo olvidemos–, sin duda intranquilizaba al hombre de la calle, que se veía más desprotegido en un mundo que el creía gobernado por fuerzas sobrenaturales. Además, el propio estado ateniense fomentaba el culto a lo sobrenatural, a lo religioso, como forma de cohesión social, y lo hacia en celebraciones en honor de los dioses de las que formaban parte algunos de los placeres mejores en la vida, como el canto, la danza, la comida o la bebida. El escepticismo que provocaban los nuevos pensadores ensombrecía también, pues, el lado lúdico de la vida, fuertemente vinculado a lo religioso en la cultura griega y resultaba molesto para el poder político ya que en gran medida ridiculizaba sus fiestas.

Como hemos podido ver a lo largo de nuestros dos cursos, la critica racionalista de los presocráticos dejaba muy poco espacio o nada para los antiguos dioses: estos simplemente, o no existían, o, si se reconocida su existencia, se les desposeía de su autoridad.



El nuevo modo de pensar afectaba también a la propia sociedad y sus instituciones. Consideraban que los usos y costumbres de una sociedad no eran una parte original y necesaria de la naturaleza humana sino meras convenciones que, como tal, no estaban sujetas a un orden inmutable de cosas. Se trata de la conocida antítesis naturaleza- convención (physis-nomos) que fue clave en el pensamiento griego de los siglos V y IV, y que implica a la mayoría de las cuestiones debatidas en esa época: los dioses, ¿existen por naturaleza o son invenciones humanas?; las ideas de ley y de justicia, ¿son de origen natural o un mero artificio?; y la esclavitud y la tiranía, ¿son hechos naturales y por ello inevitables, o no?


ATEÍSMO

Otro aspecto que está presente a lo largo de toda la comedia que vamos a leer es el ateísmo introducido, como consecuencia de sus modelos de análisis, como consecuencia por la filosofía. En seguida veremos cómo Sócrates dice que las nubes, la naturaleza, son las únicas divinidades y que Zeus directamtne no existe, que es una insensatez y que creer en los dioses es cosa intantil.


LA SOFÍSTICA EN LAS NUBES



El segundo elemento cultural que está en el centro de la obra es el gran auge de las técnicas de persuasión y las técnicas retóricas en el s. V a. C. Para un ateniense que vivía en democracia y que debía hacerse valer en una asamblea pública, todo el poder y toda esperanza de éxito pasaba por saber hablar, argumentar y convencer adecuadamente. En un espacio democrático, la palabra era el arman principal y sin ella uno estaba perdido.



Frente a las democracias modernas, representativas, la ateniense era una democracia plena, que se ejercía mediante la participación directa de los ciudadanos en las instituciones. Los grandes políticos tenían que ser buenos oradores, para atraerse los votos del pueblo en las asambleas, y, en general, cualquier ciudadano debía saber persuadir por medio de la palabra. La elocuencia judicial era también importante. No había abogados. Cada parte implicada tenia que llevar su propio caso y defenderlo ante un jurado popular, de forma que el éxito dependía en gran medida de la capacidad oratoria del individuo.


Las nubes, resumiendo, refleja en clave burlesca los efectos negativos del mal uso de la filosofía. Ese uso que algunos le dan buscando únicamente persuadir, conseguir el aplauso y el reconocimiento sin importarle si los argumentos que para ello emplea son verdaderos. Dos modos de ver al filósofo chocan aquí.

Bien, pero dejémonos de darle vueltas y vayamos a la obra. Como no la vamos a leer entera, sino sólo unos cuantos fragmentos seleccionados os resumo brevemente el argumento.


“ESTREPSÍADES.- Cambia del todo y lo más pronto posible tu manera de vivir, y procura

aprender lo que yo te voy a recomendar.

FIDÍPIDES.- Bien, habla, ¿Qué es lo que me ordenas?

ESTREPSÍADES.- ¿Me obedecerás un poco?

FIDÍPIDES.- ¡Te obedeceré, por Dionisos!

ESTREPSÍADES.-Mira, pues, hacia esta parte. ¿ves esa pequeña puerta y esa pequeña casa?

FIDÍPIDES.- Si, las veo. Pero dime, qué es esto, padre mío, te lo ruego.

ESTREPSÍADES.-Es la escuela de las almas sabias, el “lugar en el que se piensa, el

pensadoero”. Allí dentro viven hombres que, hablando del cielo, nos convencen de que es

un lugar sofocante, que está en torno a nosotros y que nosotros somos los carbones. Estos

hombres le enseñan a uno, por medio de dinero, a hacer triunfar la palabra en todas las

causas, justas e injustas.

FIDÍPIDES.- Y ¿quiénes son ellos?

ESTREPSÍADES.-Yo no sé exactamente sus nombres; son los que se llaman “meditadores y

pensadores”, gentes honradas.

FIDÍPIDES.- ¡Ah! Esos mendigos, ya los conozco. Te refieres a esos charlatanes, a esos

rostros demacrados, a esos pies-desnudos, entre los que se encuentran ese… desgraciado de

Sócrates.

ESTREPSÍADES.-Oye, oye, ¡cállate! No quiero que digas tonterías. Antes, si tú sientes algún

cuidado porque tu padre tenga pan para comer, me concederás convertirte en uno de ellos y

abandonarás tu “caballería”

FIDÍPIDES.-¡Ah no, eso nunca, por Dionisos!

(…)

ESTREPSÍADES.-Ve, te lo suplico a ti que me eres más querido que nadie, ve a que te

instruyan.

FIDÍPIDES.-Y ¿qué quieres tú que aprenda yo?

ESTREPSÍADES.-Se dice que se encuentran entre ellos a la vez dos razonamientos, el fuerte y

el débil. Se dice que uno de estos dos razonamientos, el débil, tiene ventajas cuando se trata

de pleitear cosas injustas. Si, pues, tú me das gusto aprendiendo este razonamiento, el

injusto, lo que yo actualmente debo, todas esas deudas, no las pagaré yo a nadie, ni un

óbolo.

FIDÍPIDES.-Yo no podré obedecerte, puesto que, con un color tan desvaído, yo no me

atrevería a mirar después a los caballeros.

ESTREPSÍADES.-Entonces, por Démeter, no comerás más a mi costa, ni tú, ni tu caballo de

tiro, ni tu sanforas. ¡Te echaré de casa y te irás a los…cuervos!

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Pues bien, y yo, aun cuando haya caído, no me voy a quedar en tierra; por el contrario, luego

de haber invocado a los dioses, me haré instruir yo mismo y, de acuerdo con esto, me voy

por mis propios pasos al pensadero. (…)

(…)

(Desde dentro) ¡Echaos a los cuervos! ¿Quién llama a la puerta?

ESTREPSÍADES.-El hijo de Fidón, Estrepsíades.

DISCÍPULO.- ¡Por Zeus que eres bien maleducado, para haber golpeado tan fuertemente la

puerta con un desenfado así y haber hecho abordar una idea recién encontrada!

ESTREPSÍADES.-Perdóname: yo habito lejos, en el campo. Pero… dime la cosa abortada.

DISCÍPULO.-No se puede decir más que a los discípulos.

ESTREPSÍADES.-Dímela, pues, sin miedo, ya que, tal como me ves, he venido al “pensadero”

para ser discípulo.

DISCÍPULO.-Te la diré, pero hay que considerar estas cosas como misterios.

(…)

ESTREPSÍADES.-Abre y déjame pasar en seguida al pensadero y muéstrame lo más pronto

posible a ese Sócrates. Yo me consumo por ser su discípulo. Pero abre ya la puerta. ¡Oh

Hércules! ¿De dónde salen estos animales? (Al abrirse la puerta, se ven al interior, en diversas

posturas meditativas, los discípulos del maestro, pálidos y demacrados.)

DISCÍPULO.- ¿Qué es lo que te sorprende? ¿A quién encuentras tú que se parecen?

ESTREPSÍADES.-A los prisioneros lacedemonios de Pylos.

Pero ¿qué tienen estos que miran de esta forma a la tierra?

DISCÍPULO.-Buscan lo que hay debajo de ella.

ESTREPSÍADES.-Son, sin duda, cebollas lo que buscan. (Dirigiéndose a ellos) No os apenéis por

eso; yo sé dónde las hay grandes y hermosas.

Y ¿qué hacen éstos totalmente encorvados hacia el suelo?

DISCÍPULO.-Éstos escrutan el Érebo, hasta el fondo del Tártaro.

ESTREPSÍADES.-Y ¿qué tiene que mirar en el cielo su trasero?

DISCÍPULO.- Se instruye por su cuenta en astronomía.

(Dirigiéndose a unos discípulos que se han acercado a la puerta) Vosotros, volved a entrar, no sea que

el maestro os encuentre ahí.

ESTREPSÍADES.-Todavía no, todavía no. Que se queden. Yo tengo que comentarles un

pequeño asunto mío.

DISCÍPULO.- Lo lamento, pero ellos no pueden estar al aire libre, fuera de la escuela,

demasiado tiempo. (Los discípulos vuelven a entrar).

(…)

ESTREPSÍADES.- (Advirtiendo la presencia de algunos objetos) ¡Por el nombre de los dioses! dime

¿qué es todo esto?

DISCÍPULO.-Eso es astronomía.

ESTREPSÍADES.- (Señalando otro objeto) Y esto, ¿qué es?

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DISCÍPULO.- Geometría.

ESTREPSÍADES.-Y ¿para qué sirve ello?

DISCÍPULO.-Para medir la tierra.

ESTREPSÍADES.-¿La que se distribuye en lotes?

DISCÍPULO.-No, la tierra entera.

ESTREPSÍADES.- Es encantador esto que dices. La idea es democrática y útil.

(Enseñándole un mapa) He aquí ante ti el perímetro de toda la tierra. ¿Ves? Aquí está Atenas.

ESTREPSÍADES.- ¿Qué es lo que dices? No creo nada de ello; no veo, en efecto, jueces

reunidos en sesión.

DISCÍPULO.-Esto, en verdad, representa toda la tierra ática.

(…)

ESTREPSÍADES.- ¡Oh! ¿Y quién es aquél que está encaramado en aquella cesta colgante?

DISCÍPULO.- ¡Es él!

ESTREPSÍADES.- ¿Quién él?

DISCÍPULO.- Sócrates.

ESTREPSÍADES.- ¡Oh, Sócrates! Ve, llámamelo bien alto.

DISCÍPULO.- Llámale tú mismo, yo no tengo tiempo de hacerlo. (Se escurre)

ESTREPSÍADES.- ¡Sócrates!... ¡Mi Sócrates!

SÓCRATES.- (Colgando en una cesta) ¿Por qué me llamas criatura de un día?

ESTREPSÍADES.- En primer lugar, ¿qué haces ahí? Te imploro que me lo digas.

SÓCRATES.- Camino por los aires y contemplo el sol.

ESTREPSÍADES.-Entonces es desde una canasta desde donde miras de arriba abajo a los

dioses y no desde la tierra.

SÓCRATES.- Nunca, en efecto, habría podido yo aclarar exactamente las cosas celestes si no

hubiera colgado mi espíritu y hubiera confundido mi pensamiento sutil con el aire semejante

a él. Si hubiera permanecido en tierra para observar desde abajo las regiones superiores,

nunca habría descubierto ninguna cosa; no lo hubiera hecho, porque la tierra atrae

fuertemente hacia sí la savia del pensamiento. Es exactamente esto lo que les ocurre a los

berros.”

(…)

ESTREPSÍADES.- Por Zeus te lo ruego, Sócrates, explícame quiénes son ésas, cuya

voz emite tan solemne canto. ¿Son quizá heroínas?

SÓCRATES.-En absoluto, sino las celestiales Nubes, las grandes diosas de los hombres

ociosos. Ellas nos proporcionan conocimientos, diálogo, saber, capacidad de asombrar,

facundia y habilidad para enredar las cosas y derrotar a los rivales.

ESTREPSÍADES.-Por eso al oír su voz mi alma ha emprendido el vuelo y ansía ya

decir sutilezas y discutir bobadas respecto al humo, refutar argumentos con argumentos y

oponer a un razonamiento otro. Conque, si es posible, deseo verlas ya a las claras.

(…)

SÓCRATES.- Ellas y sólo ellas son diosas. Todo lo demás es farfolla.

ESTREPSÍADES.- Y dime, por la Tierra. ¿El Olímpico Zeus no es para vosotros un dios?

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SÓCRATES.-¿Qué Zeus? No digas tontunas, no hay Zeus.

ESTREPSÍADES.- ¿Qué dices tú? ¿Y entonces quién llueve? Descúbreme eso ante todo.

ESTREPSÍADES.- Pues éstas. Te lo demostraré con pruebas definitivas. Veamos.

¿Dónde has visto tú alguna vez llover sin nubes? Pues bien, él tendría que hacer llover con el

cielo claro, sin la presencia de éstas.

ESTREPSÍADES.- Sí, por Apolo, ése que has aportado sí que es un buen argumento. Yo antes

tenía por verdadero que Zeus meaba a través de una criba. Pero explícame quién truena, cosa

que a mí me hace temblar de miedo.

SÓCRATES.- Son éstas las que truenan al rodar.

ESTREPSÍADES.-¿Cómo es eso, tú que ante nada te detienes?

SÓCRATES.- Cuando llenas de agua se ven obligadas a moverse, por fuerza se quedan

colgadas, llenas como están de lluvia; y luego, cayendo pesadamente unas sobre otras,

estallan y retumban.

ESTREPSÍADES.-¿Y el que las obliga a moverse quién es? ¿No es Zeus?

SÓCRATES.- En absoluto, sino el aéreo Remolino.

ESTREPSÍADES.-¿El Remolino? De eso no tenía ni idea: ya no es Zeus nuestro soberano, en

su lugar reina ahora el Remolino. Pero no me explicas nada concreto sobre el trueno y el

retumbar.

(…)

ESTREPSÍADES.- (…) Y dime de dónde procede el rayo, resplandeciente de fuego, y por qué

al lanzarse sobre nosotros abrasa a unos y apenas chamusca a otros. Es evidente que Zeus lo

lanza sobre los perjuros.

SÓCRATES.-¿Y cómo, idiota anclado en los tiempos de Crono, antigualla, si

dispara contra los perjuros no ha dejado hechos un tizón a Simón, Cleónimo y Teoro? Y

mira que ésos son perjuros a modo; pues no, lo tira contra su templo, contra el cabo ático de

Sunio y contra las encinas más frondosas. ¿Con qué propósito? Las encinas, desde luego, no

perjuran.

ESTREPSÍADES.-No sé, pero parece que tienes razón. ¿Qué es entonces el rayo?

SÓCRATES.- Cuando el aire seco se eleva y se encierra dentro de éstas, las sopla desde dentro

como una vejiga y después, sin remedio, las rasga y se sale fuera con gran violencia a causa de

la presión, y la fuerza y el fragor hacen que él mismo se encienda.

(…)

FIDÍPIDES.-Pero padre, hombre de dios, ¿qué te pasa? No estás en tus cabales,

por Zeus Olímpico.

ESTREPSÍADES.-Mira mira, «por Zeus Olímpico». ¡Qué estupidez, creer en Zeus

a tu edad!

FIDÍPIDES.-¿De qué te ríes?

ESTREPSÍADES.-De ver que eres un bebé chapado a la antigua. No obstante, acércate, que vas

a saber algo más. Te diré una cosa cuyo conocimiento hará de ti un hombre. Pero ojo con

decírselo a nadie.

FIDÍPIDES.-Aquí estoy. ¿De qué se trata?

ESTREPSÍADES.-Hace un momento juraste por Zeus.

FIDÍPIDES.-Lo hice.

ESTREPSÍADES.-¿Ves qué cosa tan buena es aprender? No existe Zeus, Fidípides.

FIDÍPIDES.-¿Quién, entonces?

ESTREPSÍADES.-El Remolino reina después de haber destronado a Zeus.

FIDÍPIDES.-¡Arrea, qué bobadas dices!

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ESTREPSÍADES.- Entérate de que eso es así.

FIDÍPIDES.-¿Y quién te ha dicho eso?

ESTREPSÍADES.- Sócrates de Melos y Querefón, que sabe de huellas de pulga.

FIDÍPIDES.-¿Y tú has llegado a un extremo de locura tal como para creer en

unos hombres biliosos?

FIDÍPIDES.- Contén tu lengua y no digas nada inadecuado de unos hombres

instruidos y con cabeza, cuyo espíritu ahorrativo les impide cortarse el cabello y ungirse

nunca con aceite o ir a los baños públicos a lavarse. En cambio tú estás derrochando mis

bienes como si yo estuviera muerto. Mas ea, hazlo por mí. Ve allí a aprender.

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