La teoría de las ideas de Platón

Actualizado: 21 de mar de 2019

Explicación detallada y apoyada en ejemplos de la teoría platónica de las ideas




LA RELEVANCIA DE LA TEORÍA DE LAS IDEAS

EN LA FILOSOFÍA PLATÓNICA



Uno de los puntos centrales de la filosofía platónica es su célebre teoría de las ideas. Esta teoría no solamente es el centro de su filosofía sino que el resto de su pensamiento puede ser deducido a partir de ella. Para comprender en profundidad su desarrollo, realizaremos un primer abordaje de la cuestión a través de una serie de ejemplos lingüísticos.



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Todo lenguaje natural está constituido por dos tipos de expresiones. En primer lugar, aquellas que podemos denominar concretas o individuales en la medida en que designan una realidad que podemos señalar literalmente con el dedo, por ejemplo:


“Esta botella que ahora mismo tengo delante.”


Este tipo de expresiones, tal como vemos, están conformadas por nombres propios como “botella” que son etiquetas que aplicamos a distintos individuos y que estamos obligados a repetir dada la imposibilidad de poner un nombre único y concreto a cada uno de los seres que forma parte de la realidad.



No obstante, los nombres propios no bastan para construir un lenguaje, sino que toda forma de expresión necesita otro tipo de términos, a saber, los generales o comunes gracias a los cuales podemos construir las oraciones y que, sin embargo, no se pueden señalar con el dedo ya que no están propiamente en ningún lugar de la realidad física.



Tales términos serían, por ejemplo: “la justicia”, “la belleza” o “lo blanco”.

Estos últimos términos conllevan un problema filosófico de gran calado que nos acerca a la teoría de las ideas platónicas ya que cabe preguntarse a qué apuntamos cuando empleamos expresiones como estas


¿Cuál es el significante al que se refieren este tipo de términos generales?



A lo largo de la historia de la filosofía se han ofrecido diversas respuestas a esta

compleja cuestión.


Heráclito


La primera a la que haremos referencia es la posición de Heráclito, completamente antagónica a la que posteriormente defendió Platón.

Según Heráclito y su discípulo Crátilo, todo lo que existe está, en sentido absoluto, en un continuo fluir, en un cambio permanente en el cual no es posible hablar de estabildad ontológica alguna. Dicho de forma breve, en la realidad no existen “cosas” sino solamente procesos. La imagen más acertada de esta teoría es la de la cascada o la del fuego, siendo ambas metáforas de lo inestable, del puro movimiento que constantemente cambia.


El nominalismo


Esta visión de la realidad constituye la base de otra teoría filosófica capital, el llamado nominalismo que vine a sostener que como consecuencia de la falta absoluta de estabilidad en la realidad, todas y cada una de las cosas existentes es única e irrepetible. De esta forma llamar a dos individuos distintos con el término “botella” constituye un error capital ya que no nos habla de la verdadera realidad de las cosas sino que la falsea bajo una apariencia de estabilidad.



Pero si no hay nada estable, si no hay cosas, la primera consecuencia es que no resulta posible el conocimiento y la ciencia. Es decir, si todo cambia constantemente nada posee propiedades estables que puedan ser analizadas, medidas o de las cuales se puedan extraer generalizaciones o leyes que se puedan aplicar a todos los individuos de una determinada clase.



La ciencia sólo puede existir en la medida en que son aceptados determinados

principios de la lógica como el ya conocido principio de no contradicción. Pero si no existe la lógica o si esta es una mera fantasía infundada, resultará imposible el pensamiento racional deductivo y con él toda forma de ciencia.


El principio de no contradicción es aquel que establece que no puede ser lo mismo ser y no ser o que no es posible que un mismo predicado pueda darse y no darse simultáneamente en un sujeto. Sin embargo, si se acepta la tesis de Heráclito, el principio de no contradicción queda devastado ya que si

todo esta en continuo cambio no se podrá atribuir a un sujeto ninguna propiedad.



Imaginemos que sostenemos que el sujeto A tiene la propiedad X. Ello no se puede afirmar en un mundo en constante dinamismo ya que si A tuviera la propiedad X aunque solo fuera en un brevísimo espacio de tiempo ya podríamos hablar de algún tipo de permanencia.



Desde el punto de vista de Heráclito, no podemos decir que A

tiene la propiedad X ya que en el mismo momento en el que la tiene, deja de tenerla porque incesantemente ha de cambiar todo.



La ciencia, por su parte, y con ella toda forma de conocimiento, descansa en el

necesario reconocimiento de la existencia de una cierta estabilidad y regularidad en las cosas y en la forma en la que se producen los cambios que se dan en ellas.


Todas las leyes físicas, como tales leyes, tienen la pretensión de ser universales y, en este sentido, definir el comportamiento de los objetos en cualquier punto del tiempo y del espacio.


Por ejemplo, la temperatura de fusión del hierro es la misma ahora y hace