San Agustín de Hipona: pensamiento

Actualizado: mar 12

Análisis detallado de las obras, la filosofía y el pensamiento del filósofo cristiano medieval Agustín de Hipona



Breve biografía de Agustín de Hipona


Su nombre completo era Aurelio Agustín (354-430). Nació en Tagaste y llegó a ser obispo de Hipona. Vivió en la actual Túnez, en una época de crisis, cuando Alarico invadió Roma.


Estudió letras y retórica, materia que luego enseñaría. Su obra filosófica tiene una significación muy importante, tanto para la historia de la filosofía como para el desarrollo del cristianismo.


En su vida es posible distinguir dos períodos completamente distintos: su juventud, en la que desarrolló su actividad intelectual conforme al conocimiento antiguo y buscando respuestas en las teorías de distintos maestros, -en la gramática y en la oratoria-, que eran para los romanos la base de la filosofía, y su madurez, tras la conversión al cristianismo.


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La obra que más influirá sobre el pensamiento de Agustín será el Hortensio de Cicerón, donde se mezclan retórica y ética y se trata la civilidad (virtud romana).


También leyó a Plotino, que era el filósofo más influyente de la época, y que le condujo al neoplatonismo que más tarde desarrollará en su obra.

Por aquel entonces comenzó a seguir a la secta de Manes, conocida como los maniqueos, que más tarde abandonaría por no responder a sus expectativas de búsqueda de la verdad.

El momento crucial de su vida, que marca el inicio del segundo período es su conversión al cristianismo, acto en el que se vio influido por Mónica, su madre, y que realizó en septiembre de 386. Él lo entenderá como un paso más en su búsqueda de la verdad, y se propondrá alcanzar, por la fe en las Escrituras, la inteligencia de lo que estas enseñan.

Su lema será “comprende para creer, cree para comprender”. También le influyó su encuentro con Ambrosio, obispo de Milán, la muerte de su hijo y la de su amigo.


A partir de su conversión aparece en él la idea de transformación radical del hombre, observada en las Confesiones. El nuevo hombre ha abandonado todo deseo de gloria, de mujeres e hijos, y se dedica al sacerdocio. En este periodo aparecerán sus obras De vita Beata y De trinitate, que trata de uno de los problemas más importantes de la teología.


Por otro lado, las Confesiones será su autobiografía espiritual, en la que aparece la distinción entre ambas etapas de su vida y la idea de la búsqueda de la verdad interior. Su última obra, De civitate Dei, escrita durante los años de desmoronamiento del Imperio, se presenta como una apología del Cristianismo frente a los valores paganos. Otras obras de este autor son el Contra Academicos, De ordine, Soliloquia, De inmortalitate animae, De musica, De diversis quaestionibus, y una amplia serie de obras religiosas.


La significación de Agustín es polémica, porque su concepción filosófica está dentro de la filosofía medieval, pero por época, y desde el punto de vista del traslado de los estudios, pertenece al periodo antiguo. Para el cristianismo será la maxima auctoritas de la Edad Media, que influirá en todos los pensadores de corte cristiano. Por ello, debe ser incluido en la tradición occidental latina.




El neoplatonismo



El valor literario de Agustín está a la par de su valor filosófico, aunque no elabora su filosofía con intención sistemática (en todo esto se asemeja a Platón o a Nietzsche). En este contexto hay que pensar cuando hablamos de neoplatonismo agustiniano.

El Neoplatonismo dominaba aquella época y provenía de varias fuentes, entre ellas la jerarquía platónica de las ideas.


En la filosofía de Platón el Bien solo podía ser conocido por el intelecto. Además, las Ideas Supremas no son representables, sino que las primeras ideas que cumplían con esta característica eran las matemáticas. Esta jerarquía es recuperada por el Neoplatonismo, dando lugar a su propio orden de las ideas: Uno, Ser, Nous (Intelecto), Psyché (Alma) y Materia. No es exactamente el mismo esquema platónico, ya que se observa alguna influencia aristotélica.


Agustín dirá que Dios ha hecho el mundo siguiendo el modelo plotiniano, ya que actúa a partir de las esferas celestes aristotélicas. Agustín aportará una idea a esta incipiente teología: la idea de Eros-Caritas Ágape, y así liga la teología al amor. El Eros es el amor que une a los amigos, y la Ágape, relacionada con la Caritas, constituirá una celebración, un banquete o simposio que reúne a los amigos por medio de la Caritas para conmemorar a Eros. Así, la filosofía en Agustín será amor a Dios, siendo este causa final de ese conocimiento o ese amor. Eso explicará las transformaciones que se dan en la filosofía cristiana. Para Agustín, el hombre es la unidad de alma y cuerpo, aunque es esta primera la que se sirve del segundo. Conocer es aprehender por el pensamiento un objeto que no cambia y cuya misma estabilidad permite retenerlo bajo la mirada del espíritu. Un objeto verdadero es también necesario, inmutable y eterno, pero su presencia en nuestro conocimiento presenta un problema, porque ninguno de los objetos sensibles cumple con estas características, sino que son todos contingentes, mudables, pasajeros, al igual que el hombre. Sin embargo, en mi razón está esa verdad, por encima de ella. Luego en el hombre hay algo que le trasciende, y esto no es otra cosa que Dios, y por ello debe ser buscado en nuestro interior. Dios es más interior a nosotros mismos que nuestro propio interior. Dios es el ser mismo, y es verdaderamente, lo que equivale a decir que es siempre de la misma manera.


La Edad Media buscará en la noción de la esencialidad de Dios la base para probar que su existencia es inmediatamente evidente. Las cosas han sido hechas por Dios de la nada. Él, por estar dotado de suprema inmutabilidad, no ha desplegado su acción creadora a través del tiempo. Para crear el mundo, Dios no ha tenido más que quererlo y decirlo. La narración de la creación en seis días es puramente alegórica. La historia del mundo es la un despliegue perpetuo, una evolución. El tiempo se despliega con él. Las más nobles criaturas de Dios son los ángeles, de los cuales no sabe Agustín si tienen o no cuerpo. A continuación viene el hombre, no muy lejano a los ángeles, pero compuesto (de cuerpo y alma). Agustín no concibe la materia como mala, ni que el alma estuviese unida al cuerpo en castigo por el pecado. El cuerpo del hombre no es la prisión del alma, sino que lo ha llegado a ser a consecuencia del pecado original, y el primer objeto de la vida moral consiste en liberarnos de él. Por haber sido creada de la nada, la naturaleza humana solo es buena en la medida que es, pero en esta misma medida, es buena. De este modo, el bien es proporcional al ser, de donde se sigue que lo contrario del bien, el mal, no puede considerarse como ser. Estrictamente hablando, el mal no existe. Solo es ausencia de bien, una privación. La moralidad solo se encuentra en los actos de las criaturas racionales.



En Agustín, la búsqueda de Dios es una búsqueda amorosa, que se da en la fe. Los Neoplatónicos buscaban a Dios en la naturaleza. El lema de Agustín será “Noli foras ire” (no busques fuera de ti). Este será el principio del subjetivismo y antecede al subjetivismo moderno. La verdad se busca dentro del hombre porque es ahí donde está. El ser humano se compone de cuerpo y alma, el lugar donde se puede hallar a Dios. Más adelante se buscará en la mente (Descartes). Dios con su gracia hace que el hombre le busque. La libertad humana es poder echar a Dios de nuestras vidas pecando. Agustín defenderá un iluminismo. El alma humana es la imagen, el reflejo más perfecto de Dios en nuestra alma, doctrina que constituye la aportación más profunda de Agustín.


La tradición filosófica de Agustín es el Neoplatonismo, luego se puede hablar de un Neoplatonismo agustiniano. Plotino estableció una jerarquía que descende del Uno a la Materia (pasando por el Intelecto, el Ser y el Alma). En Agustín, el Uno es Tres, la Trinidad, luego debe preservarse la unidad pero haciendo posible la Trinidad. El Uno es principio y final. Dios está presente en todo este esquema ternario, y se encuentra en nuestra alma. Así, la Teología se convertirá en Psicología. Esto resultará una ventaja para la filosofía. Para los Neoplatónicos solo está la vía negativa, ya que de Dios no se puede decir lo que es, sino solo lo que no es. El Cristianismo cuenta con la revelación apofántica, de forma que es posible la catáfasis, es decir, hacer afirmaciones sobre lo que verdaderamente es Dios. En el alma se observan las relaciones expuestas más arriba, que recuerdan a las que se observan en Plotino. Este pensador argumentaba que el Uno se ve a sí mismo como Intelecto y eso crea el Ser, que tiene inmanencias que serán el Alma. Así aparece la tríada. En Dios existen las tres potencias del alma, puesto que esta es reflejo de Dios.


Agustín define el tiempo como “Distensio Animi” (distensión del alma). Esto influirá más adelante en Kant. La Memoria fija el Ser, porque en la realidad, el Ser se pierde. La Voluntad actúa, causa y el Entendimiento intelige. Estas tres potencias del alma juegan un papel fundamental en la teoría del conocimiento agustiniana. Toda la filosofía agustiniana está bajo el impulso del iluminismo. Esto ya se observaba en Platón. Para conocer se requiere una luz. Otra cosa es el objeto que se conoce. En Aristóteles sigue apareciendo la luz como intelecto agente sobre el intelecto paciente. El primero ilumina al segundo. Lo que aportará Agustín es que será Dios el que ilumine al entendimiento agente. Así, Dios será causa del conocimiento universal. La iluminación ya no es causa de la inteligencia humana (como en Aristóteles). Aquí entra en juego la libertad, que en el hombre puede interrumpir la iluminación divina. La libertad es un bien, pero que puede causar un mal. Quizá sin libertad seríamos mejores, por no poder pecar. La libertad solo puede intervenir en la lucha del alma con el cuerpo. El libre albedrío no es un bien en absoluto, aunque sí es un bien como bienaventuranza. Ser feliz es el objetivo final de todo ser humano, y para serlo, cada uno tiene que volverse hacia el Soberano Bien, quererlo y adherirse a él. Por ello, se impone la necesidad de ser libre.


El pecado consiste en darle la espalda a Dios para gozar de sí y de las cosas que son inferiores. El pecado original tuvo como consecuencia la rebelión del cuerpo contra el alma. De ahí provienen la concupiscencia y la ignorancia. Por ello, el cuerpo sí consiste una tumba para el alma. Para librarse de ella, el alma necesita la gracia de Dios. Sin la gracia se puede conocer la Ley divina, pero solo con ella podremos cumplirla. La gracia es un socorro que Dios pone a disposición del libre albedrío del hombre. El efecto de la gracia es convertir la voluntad de mala a buena. Poder obrar mal es inseparable del libre albedrío, pero poder no hacerlo es una señal de libertad.

La razón superior es la que se despega de lo individual y de lo sensible, y se eleva progresivamente a la contemplación intelectual de las Ideas. La única razón de filosofar es ser feliz. Solo aquel que es verdaderamente feliz es verdaderamente filósofo, y solo el cristiano es feliz, porque es el único que posee el verdadero Bien, fuente de toda felicidad. Este Bien lo poseen todos los cristianos juntos. Los hombres que aman a Dios están unidos a Él por el amor que le tienen, y están también unidos entre sí por ese motivo. Por ser hombres, los cristianos viven también en ciudades, pero aunque vivan en lugares distintos y hablen distintas lenguas, están unidos, como ya hemos dicho. Luego también ellos forman un pueblo, cuyo territorio místico puede llamarse la “Ciudad de Dios”. La construcción de esta Ciudad divina es la gran obra de todos los cristianos.



La concepción de la historia




Para terminar, haremos referencia a la concepción agustiniana de la historia, expuesta en la obra De Civitate Dei. Para los griegos (Heródoto, Tucídides) o los romanos (Polibio, Tito Livio) la historia es simplemente una narración de hechos aislados, inconexos, que se caracterizan porque no tienen un sentido unitario. A veces también mezclan acontecimientos con leyendas, como ocurre en las obras de Tito Livio. Frente a esta concepción, Agustín considera a la historia como una línea continua de sentido, y por eso se suele representar como una línea recta, frente a la concepción circular de romanos (considerada así por ser siempre actual, ya que para ellos el Imperio era eterno). Los griegos son los primeros en introducir en la historia acontecimientos de otros pueblos, y en esto les seguirán los romanos. Frente a esta concepción actual o intemporal, ha aparecido un elemento nuevo, Dios, creador del tiempo, de forma que la historia tiene un principio y un final, en los que aparece Dios. Así la historia cobra un sentido. Además se asegura la continuidad gracias a Dios. A partir de Agustín se hablará de la historia de esta manera. Los movimientos historicistas, que tienen bases teológicas, de Hegel y Marx, sustituirán al Dios agustiniano por la razón eterna y suprema. En segundo lugar, señalaremos que el tiempo aparece como una creación divina, relacionada con el hombre, de forma que la historia humana aparece como la historia de la creación. A su vez, Agustín la caracteriza como una pérdida de gloria, de pureza, porque el tiempo arranca con el pecado original, porque el tiempo y la historia aparecen con la expulsión del hombre del paraíso. El final de la historia será la recuperación de ese paraíso que se dará al final de los tiempos, en la vida celestial.


Allí se recuperará el paraíso y se acabará el tiempo, porque ahora todo será eternidad. La historia es el período entre la pérdida de la felicidad del paraíso y el juicio final. En esa historia hay tres historias paralelas: por un lado, la del pueblo de Israel, que recorre el mundo en busca de la Tierra Prometida. Por otro lado, la de los cristianos en el Imperio Romano, que es polemizada por los Padres Apologetas. Para ellos, y para Agustín, los males del Imperio vienen de su mala gestión y no del Cristianismo, que además es el que lo mantiene. Por último, también se refiere a la historia de la salvación dentro del Cristianismo, que tiene un momento inicial (la redención). Esta es la historia humana a través del tiempo, que empieza a considerarse como una salvación del pecado. Cristo ha venido a expiar nuestros pecados y nos preparará para el juicio final. A medida que transcurre la historia podemos ir siendo mejores. En el propio tiempo, los hombres aparecen divididos en dos clases, o dos ciudades: la ciudad terrenal, que forman todos los ciudadanos en cuanto constituyen un estado, y dentro de ella, algunos forman la ciudad celestial, cuyo signo institucional es la iglesia. En ellos está Dios, y por ello viven en la gracia. Pero se plantean una serie de problemas sobre estos elegidos, por ejemplo, el que planteaba Pelagio. En el tiempo coexisten las dos ciudades, que no se reconocen por signos exteriores, sino que en algunos está Dios y en otros no. En la terrenal, los hombres se ocupan del cuerpo y en la celestial del alma. Por ello no debería existir conflicto alguno, pero si existiera en algún momento, se debe tener en cuenta que el alma siempre tiene preeminencia sobre el cuerpo. Así, Agustín concibe la historia con un sentido, el que da Dios, de hacer recuperar al hombre el paraíso perdido. Esto solo lo pueden llevar a cabo los hombres elegidos. El final de la historia es aquel en el que se separan definitivamente las dos ciudades.




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