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Protágoras y el relativismo

Análisis de la postura filosófica del gran sofista Protágoras y su visión del relativismo cultural


El contexto de la democracia ateniense y la propia esencia misma de un sistema de votación asamblearia eran pruebas irrefutables de la absoluta inexistencia de un acuerdo entre las opiniones de los hombres. Cada ser humano expresa su peculiar visión del mundo y no hay una unidad más que la pragmática que se produce artificialmente en la votación. De hecho, si existiera esa unidad entre los seres humanos no habría sido necesaria la democracia. La diversidad de puntos de vista e intereses cinstituye la causa, y a la vez el fundamento tanto de la democracia ateniense como del movimiento sofístico.




La constatación de esta diversidad se manifiesta excepcionalmente en el relativismo sofista, respecto del cual Protágoras de Abdera (485 – 411a.C.) fue su máximo representante. A pesar de lo polémico de las opiniones recogidas en estos fragmentos por los doxógrafos, estamos ante uno de los personajes más importantes y admirados desde el punto de vista intelectual de la segunda mitad del siglo V a.C. De hecho, su estatua fue encontrada en el célebre Serapeo de Saqqara, junto a Tales, Heráclito, Platón y Aristóteles, es decir, reconocido como uno de los grandes filósofos de la Grecia clásica. Como confirman las fuentes, Protágoras fue íntimo amigo de Pericles, a cuya llamada visitó en numerosas ocasiones Atenas donde impartió sus clases, e incluso, redactó la constitucón de una de sus colonias, Turios, en el 444 a.C. a petición del stratego de Atenas.


En los peores momentos de la gran epidemia que asoló Atenas, Protágoras estuvo en la ciudad y fue testigo de la entereza de Pericles tras la muerte de sus hijos:


En casa de Eurípides leyó por primera vez su libro Sobre los dioses, entregándolo así a la publicidad. Enteonces el rico Pitodoro sintió la necesidad de salvar la sociedad. Entabló una acusación por ofensa a la religión, el libro fue condenado y los ejemplares difundidos secuestrados y públicamente quemados. Probablemente antes de la condena, Ptorágoras abandonó Atenas para trasladarse a Sicilia. Durante el viaje, su barco naufragó y el filósofo halló la muerte en el mar.

Protágoras fue un erudito que, tal como confirman los fragmentos antes mencionados, abarcó numerosos nuevos ámbitos de reflexión para la filosofía como el estudio del lenguaje a través de la gramática, los orígenes de la cultura y la religión así como relevantes desarrollos sobre los fundamentos de la política. No obstante, su teoría más relevante es la conocida fórmula del homo mensura:


“El hombre es la medida de todas las cosas, de las que son en cuanto que son de las que no nos en cuanto que no son.”


La que es, sin duda, una de las más célebres formulaciones del subjetivismo y del relativismo filosófico ha recibido una gran y diversa cantidad de interpretaciones a lo largo de los siglos. Desde un punto vista general, la tesis viene a poner de relieve un hecho incontestable: la existencia de todo tipo contradicciones y diferencias de opinión no sólo entre los propios individuos sino también entre las grandes culturas y los momentos históricos a lo largo de los cuales la humanidad ha tejido su tiempo, en cuestiones éticas, políticas y epistemológicas.

Mirando las cosas desde una perspectiva geográfica y temporal amplia, es posible advertir que no puede ser identificada otra fuente más que los sujetos como los jueces últimos del significado de la verdad, el bien y del mal del mundo y que dicha diversidad no se puede solventar por recurso a ningún tipo de absoluto universal, sean estos los dioses o los hechos mismos ya que, ante vivencias y circunstancias semejantes los seres humanos han dado lugar a explicaciones, valores e ideas enormemente diversas y contrapuestas. Es decir, Protágoras pone de relieve la existencia de un alto nivel de arbitrariedad subjetiva en la definición de los contenidos culturales de cada pueblo.


Se defiende aquí un subjetivismo circunstancialista por el cual ningún ser humano ni ninguna situación particular pueden considerarse como puntos de vista privilegiados para describir con corrección absoluta la realidad. Además, no solo eso, sino que los jueces más adecuados para describir cada aspecto de la realidad y de las vivencias humanas es aquel que la está viviend directamente. De ahí que también hay una clara advertencia sobre las pretensiones de hacer juicios sobre siuaciones, leyes, culturas, sentimientos, emociones, estados mentales que uno no está percibiendo o que no ha vivido. Dado que la infinidad de viviencias es tan amplia como el de individuos y de circunstancias en las que pueden verse esos individuos – pues en una misma persona la miel hoy puede parecer dulce y mañana amarga por una enfermedad- ello genera una clara justificación para la antilogía en el discurso.



El método antilógico era el preferido por Protágoras en la enseñanza de la argumentación. Su esquema, derivado de la constatación de este relativismo, consistía en mostrar que respecto de cualquier cuestión siempre hay dos razonamientos mutuamente opuestos. En este sentido, para desarmar al rival simplemente basta con demostrar que respecto a su tema se puede mantener con lógica y criterio una posición diametralmente opuesta, hecho no difícil de apuntalar con numerosos ejemplos.

El relativismo de Protágoras no tiene, sin embargo, su origen sencillamente en la constatación de la existencia de divergencias de opinión entre sujetos de diversas culturas y épocas sino que hunde sus raíces hasta un nivel filosófico mucho más profundo. El relativismo sofista estaba sustentado sobre una profunda reflexión en torno a las características particulaes de la cognición humana que dibujaba una epistemología escéptica de inmenso valor para el futuro desarrollo del pensamiento científico occidental.

Las interpretaciones ofrecidas por la historiografía de tesis del homo mensura pueden clasificarse en dos categorías fundamentales. Por un lado, hallamos la vía que se centra en debatir si el término “hombre” debe entenderse en sentido particular o general. Es decir, si debemos comprender que Protágoras se refiere a la especie humana como medida de todas las cosas, es decir, a sus características biológicas, psicológicas y sociológicas generales o más bien a cada individuo concreto. La primera perspeciva convierte la visión protagórica en un escepticismo suavizado, aunque igualmente grave para la epistemología, cercano a las dudas solipsistas y las reflexiones sobre el acceso de nuestra mente al mundo exterior que desarrollarán enla Modernidad autores tan relevantes como Descartes o Kant, mientras que la segunda implica un escepticismo radical que impediría poder hablar de cualquier tipo de verdad ya que, uno a uno, cada ser humano vendría a ser el juez último de la verdad .



En segundo lugar, los debates se han centrado en determinar si con “todas las cosas” Protágoras se refería solamente a los valores y costumbres de los seres humanos o si era una afirmación onotlógica radical y, por tanto, extensible al ser de todo lo que es. ¿Es el hombre criterio para la existencia de una piedra? Para responder a esta pregunta, hemos de adentrarnos en las bases epistemológicas de la filosofía de Protágoras en la cual vamos a hallar un importantísimo influjo de dos teorías presocráticas anteriores: la idea de la naturaleza como movimiento incesante entre conrarios de Heráclito y el materialismo atomista de Demócrito:



De los anteriores fragmentos se deriva que en la teoría protagórica epistemológica confluyen tres tesis epistemológicas fundamentales: la primera afirma que el conocimiento es percepción (empirismo). Es decir, para Protágoras no hay –como habrá posteriormente para Platón- ningún tipo de intuición metafísica de formas o esencias supramateriales. Toda forma de conocimiento en el ser humano parte de la percepción sensorial. Al mismo tiempo, esta idea se une a la tesis ontológica de que la realidad está formada íntegramente por materia en constante cambio y mutación. Es decir, las cualidades sensibles percibidas por nuestros sentidos cambian, al mismo tiempo que el propio sujeto de percepción. Este dinamismo constante explica por qué a cada uno las cosas de parezcan de una forma, e incluso que, a un mismo individuo, se lo parezcan en dos momentos diferentes del tiempo.

En este sentido, el relativismo protagórico intenta sustentar sobre las bases físicas y ontológicas que los filósofos anteriores habían dibujado, situándose de este modo plenamente en la tradición filosófica. Si el mundo es tal y como lo definió Heráclito, las cosas no tienen un ser único y defindio, estable, que podamos conocer de una vez por todas, sino que toda la realidad está en devenir. Es decir, la razón del relativismo paradójicamente parte del la realidad y no del hombre, porque esta carece de las determinaciones estables que la puedan convertir en un objeto permanente de verdad.

Pero si a ello sumamos la tesis de los efluvios y las sensaciones de Demócrito, descubrimos el tercer hecho que viene a sostener el relativismo sofista: las cualidades estables a la que tendríamos que remitirnos para alcanzar acuerdo y verdad no existe. Ello se debe a que las cualidades secundarias como el color, el saboro la temperatura no poseen una existencia independiente y separada en las cosas mismas sino que son realidades de tipo relacional que surgen exclusivamente cuando se produce la interacción del sujeto con el medio.

El color rojo, por ejemplo, no existe de forma independiente en ningún objeto sino que se produce cuando los efluvios materiales que emanan constantemente de las superficies de las cosas se encuentran con el órgano sensorial encargado de la vista en ser humano. En la interacción específica y material entre los átomos emanados y el órgano se genera la sensación del color rojo, para el ser humano, y otros colores para seres dotados de biologías distintas. Por tanto, las cualidades de los entes sobre las que debatimos constantemente no están ahí fuera, no son referentes estables con los que contrastar la verdad de una premisa, sino realidades efímeras que necesitan del sujeto para existir y, en este sentido, son netamente relativas a él. El relativismo aquí es incuestionable al igual que la inevitable duda escéptica que su constatación despierta sobre la calidad de nuestros conocimientos.

Por tanto, con la tesis del homo mensura, Protágoras elimina la posibilidad de hablar de un ser en sí de las cosas, reduciendo la realidad a un mero fenómeno que es en gran medida un producto de la subjetividad humana y las posibilidades concretas de su sistema perceptivo.

En este punto es donde puede apreciarse precisamente la importancia y el papel del lenguaje para estabilizar este aparente caos ya que, con su estructura, las palabras introducen el fenómeno de la convención. Si bien la realidad en su esencia nos es inalcanzable, nuestro lenguaje crea una ficción de certeza y unidad pues nombra las cosas del mundo de la misma manera para todos los hablantes de una determinada lengua. Todos los miembros de una comunidad lingüística manejan las mismas estructuras gramaticales y se refieren en conjunto a cualidades que el lenguaje parece capaz de arrancar a las garras del devenir heraclíteo. De este modo se genera la sensación de una veraz y directa relación referencial entre las palabras del mundo.

Así, a pesar del cambio incesante hablamos del color verde de los árboles o del frescor del agua de un arrollo y aceptamos la existencia en sí de dichas propiedades. No obstante, este fenómeno que experimentamos día a día no nos debe hacer olvidar que es sólo un espejismo cultural. Una nueva mirada a la historia atropológica del ser humano nos revela extraños fenómenos como la ausencia de una palabra para el color azul en la mayoría de civiliaciones antiguas o la diferencia de caracteres en la definición de esta cualidad, tan clara y simple, para nosotros en otras culturas:


“En la lengua filipina hanunóo la referencia de los términos para el `color ́ no está siquiera completamente determinada por propiedades cromáticas; está parcialmente determinada por la variable de humedad o resequedad... la percepción de la humedad o resequedad puede tener
más importancia que la variable de tonalidad al momentode determinar la apropiada palabra de color en hanunóo”.


Por tanto, es la cultura y el momento histórico e que determina las convenciones lingüísticas y estas difieren, dentro de lo previsto por el relativismo, entre lugares y tiempos diferentes. Lo relevante aquí no es sólo constatar un fenómeno sino comprender sus consecuencias a nivel gnoseológico ya que es a través de la lengua como todos los individuos son introducidos en su cultura y en la constelación de creencias que la componen. El lenguaje es mucho más que eso, es la herramienta del pensamiento y por tanto, nuestra forma de investigar y explicar el mundo está directamente determinada por las características propias del lenguaje en el que nos movemos culturalmente. No es posible interesarse e investigar un fenómeno que nuestro lenguaje no nos permite ver o percibir. Vemos el mundo a través de las palabras y por ello estas son algo mucho más poderoso de lo que podríamos prever a la hora de estudiar los temibles efectos de la retórica. La plabra no sólo nos puede persuadir y convencer, la palabra es nuestra forma de racionalidad.

Así el lenguaje y sus convenciones es la razón última por la que creemos que hay cualidades estables, es la razón última que nos hace pensar inocentemente que todo el mundo entiende o siente lo mismo por “azul”.

No obstante, esta constatación tiene un grado de gravedad mayor ya que no se limita a afectar a las cualidades secundarias como la temperatura el color o el sabor de un alimento – imprecisiones superables con algunos insturmentos científicos – sino que el lenguaje produce esta misma fantasía cuando inocentemente creemos que todo el mundo entiende lo mismo por bueno o por justo. Sólo por usar las mismas palabras no significa que pensaemos lo mismo. El lenguaje es una red que nos atrapa y nos domina incluso cuando no quiere ser persuasivo. Siglos después de los sofistas Wittgenstein mostrará cómo estamos atrapados en la gramática y cómo el problema del lenguaje es uno de los problemas filosóficos por excelencia ya que pensamos con él, interpretamos con él y sólo podemos expresar del mundo aquello que el lenguaje nos permite. Pero como está en nosotros parece una barrera que no existe. Esta fue una de las grandes aportaciones sofísticas, comenzar a mostrat al ser humano la inmensa relevancia filosófica que tienen las palabras. Reducir su aporte a ser meros malvados maestros de persuasión es ridículo. Es no haberse enterado de nada.


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