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La monarquía: antecedentes de la democracia en Atenas

Estudio de las formas de gobierno que precedieron la instauración de la democracia ateniense


La gloriosa visión ofrecida por Pericles del modelo democrático que gobernó Atenas durante el periodo clásico debe ser matizada con una perspectiva más templada, basada en la lectura del resto de fuentes originales conservadas. Más allá del épico discurso, hemos de profundizar en el efectivo funcionamiento cotidiano del sistema y responder a una pregunta fundamental: ¿cómo pudo surgir en una época tan remota y en unas condiciones históricas tan desfavorables la idea de un sistema de gobierno comunitario?




Para resolver a esta cuestión, destacan dos fuentes epigráficas principales. En primer lugar, conocemos la lista de los nombres y cargos de los gobernantes que se sucedieron en la región del Ática gracias a la Crónica de Paros una estela fragmentaria de mármol que en la que puede leerse una detallada lista que abarca desde 1581 a.C. hasta 264 a.C. Todos los grandes acontecimientos de la vida de Atenas -cambios de gobierno, guerras, fiestas e incluso fenómenos naturales como la caída del meteorito de Egospótamos -están recogidos en ella con gran detalle, representando una fuente de información invaluable.

En segundo lugar, los detalles más completos de la evolución política de Atenas hacia la democracia están recogidos en La constitución de los atenienses, texto elaborado bajo la dirección de Aristóteles en el Liceo. Estas dos fuentes -junto a las referencias complementarias halladas en las obras de Heródoto, Tucídides y Jenofonte- constituyen la bases de nuestro conocimiento sobre el gobierno de Atenas durante el periodo clásico.



La monarquía


Como recogen los textos de la estela de Paros, Atenas compartió en sus orígenes más remotos el mismo modelo político que continuarían abrazando, durante siglos, sus vecinos históricos: la monarquía. Según la mitología fundacióndal Cécrops, criatura híbrida de hombre y serpiente, fue el primer rey del Ática:


“El autóctono Cécrops, que tenía cuerpo híbrido de hombre y serpiente, fue el primer rey del Ática, y a esta tierra denominada antes Acte la llamó con su nombre, Cecropia. Se dice que en su época los dioses decidieron tomar posesión de las ciudades en las que cada uno había de recibir honores. (…) Cuando Cécrops murió, Cranaus subió al trono; era también un hijo de la tierra, y fue en su tiempo cuando se dice que tuvo lugar el diluvio en la era de Deucalion".


El fragmento confirma la existencia de un sistema de sucesión monárquica como modelo originario de organización en el Ática, ensalza la procedencia autóctona de los atenienses y destaca por la sorprendente referencia a un diluvio universal.

De forma semejante al relato del Génesis bíblico, la mitología griega incluye un episodio en el que Zeus castiga a los hombres por su inmoralidad con devastadoras inundaciones. Según cuenta Ovidio en las Metamorfosis Licaón, el rey de Arcadia llevó su fe demasiado lejos, llegando al fanatismo religioso, al adoptar la práctica de los sacrificios de humanos, tambú completamente prohibido y execrable para la espiritualidad griega. Al llegar a sus oídos noticias sobre estos horribles hechos, Zeus decidió comprobar personalmente si eran ciertos, acudiendo disfrazado a la corte del rey. Al sentarse a su mesa, Liacón le ofreció un guiso especiado en el que habían sido mezcladas carne de oveja con carne humana. Conmocionado y profundamente asqueado por lo visto, a su regreso al Olimpo, Zeus desencadenó un diluvio que sumergió toda la tierra bajo el agua durante ocho días y ocho noches. Sólo sobrevivieron Deucalión, hijo del titán Prometeo, y su esposa Pirra.


“La Fócide separa los campos aonios de los acteos, tierra fértil, mientras fue tierra, ahora sólo porción de mar y ancha llanura de repentinas aguas; allí un elevado monte, de nombre Parnaso, busca los astros con sus dos picos, y sus cumbres se elevan por encima de las nubes. Cuando Deucalión recaló allí -pues el agua había cubierto todo lo demás- transportado en una pequeña barquichuela junto con su compañera de lecho, rindió culto a las ninfas y a las divinidades del monte y a la profética Temis, que entonces poseía el oráculo: no hubo ningún hombre mejor que aquel ni más amante de la justicia, o ninguna mujer más respetuosa para con los dioses que aquella. (…)

Cuando Zeus vio que el mundo se había convertido en un estanque de líquidas lagunas y que de tantos miles solo había sobrevivido un hombre y únicamente sobrevivía de tantos miles una mujer, inocentes ambos, ambos adoradores de la divinidad, apartó las nubes y, alejando los aguaceros con el viento, mostró las tierras al cielo y el éter a las tierras. Y no permaneció la cólera del mar, pues dejando su dardo de tres dientes, el soberano del mar calmó las aguas. (…)

El mundo había vuelto a ser. Al verlo vacío, al ver las tierras desiertas sumidas en profundo silencio, Deucalión habló así a Pirra:

-Oh hermana, oh esposa, oh única mujer superviviente (…) ahora nosotros dos somos la muchedumbre de las tierras (…): el resto está en poder del mar. Con todo, todavía no es suficientemente segura la confianza en nuestra vida: incluso ahora las nubes aterran mi pensamiento. ¿Cuál sería tu ánimo, desgraciada, si fueras arrebatada por el destino sin mí? ¿De qué modo podrías soportar el miedo? ¿De quién recibirías consuelo para tus quejas? Pues yo, créeme, si también de ti se apoderara el mar, te seguiría, esposa mía, y también a mi el mar me tomaría. ¡Ojalá pudiera conseguir la repoblación con las artes de mi padre e insuflar vida a la tierra modelada! Ahora el linaje humano se reduce a nosotros dos -así les ha parecido a los dioses- y quedamos como modelos de hombre.


Así había dicho y lloraba, entonces decidieron hacer ruegos a los dioses del cielo y pedir ayuda a través del sagrado oráculo. Se dirigieron entonces a las aguas que, sin ser todavía transparentes, recorrían ya los lugares conocidos. Desde allí, tras haber rociado con los líquidos de las libaciones sus vestidos y cabeza, dirigieron sus pasos al santuario de la venerada diosa, cuyos techos amarilleaban de sucio musgo y cuyos altares estaban sin fuego. Cuando alcanzaron las gradas del templo, uno y otro cayeron postrados a tierra y con miedo besaron la helada piedra, y hablaron así:

-Si vencidas con súplicas justas se ablandan las divinidades, si se doblega la cólera de los dioses, di, Temis, con qué artificio puede repararse el daño de nuestro linaje y, con tu mayor indulgencia, socorre a un mundo sumergido. La diosa se conmovió y dio esta respuesta:

-Alejaos del templo y cubrid la cabeza; desatad los vestidos ceñidos y arrojad tras la espalda los huesos de la gran madre.


Entonces se quedaron atónitos durante algún tiempo (...) intentando alcanzar el significado de las palabras del oráculo, ocultas en sombríos escondrijos y les dieron vueltas consigo y entre sí.

Después, el hijo de Prometeo aplacó con suaves palabras a la hija de Epimeteo y le dijo:


-O es engañoso mi ingenio o la gran madre es la tierra: pienso que las piedras son los huesos en el cuerpo de la tierra; se nos ordena que arrojemos estas a nuestras espaldas.
(...) Se alejaron entonces y cubrieron su cabeza y desataron las túnicas y lanzaron las piedras tal como se les había ordenado tras sus pasos.

Las piedras -¿quién creería esto, si no estuviera de testigo la antigüedad?- empezaron a despojarse de su dureza y rigidez y a ablandarse con el paso del tiempo y, una vez ablandadas, a tomar forma. (…) y en poco tiempo, por voluntad de los dioses, las rocas enviadas por las manos del hombre tuvieron aspecto de hombre, y la mujer tomó forma de nuevo gracias al lanzamiento de la mujer. Por ello somos un linaje duro y que soporta las fatigas y demostramos de qué origen hemos nacido.


Con el final de la Edad Oscura vieron su ocaso también los reyes del Ática. Sus pequeños territorios y frágil poder jamás los acercaron a la altura de los reyes orientales, mientras que la división producida por las constantes pugnas entre clanes impidió toda forma de gobierno estable. La monarquía fue, en realidad, una simple sucesión de cabecillas efímeros que gobernaron reducidos grupos de población en constante inestabilidad.


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