La filosofía de David Hume

Actualizado: 19 de mar de 2019

Explicación detallada de los puntos centrales de la propuesta filosófica del empirista David Hume




LA CRÍTICA DE HUME

A LA RELIGIÓN



Si nos guiamos por las fechas, Hume fue un ilustrado tardío. Nació en 1711 y murió en 1776. Curiosamente, casi coincide en fechas con Rousseau, que nació en 1712 y murió en 1778. De hecho, ambos se conocieron y se trataron en París, estableciendo una relación intensa a través de la cual se influyeron mutuamente.


En el aspecto político Hume fue un conservador que consideraba que el contrato social es una ficción, la sociedad existe de manera natural y -tal y como indica Locke- el Estado se justifica por su utilidad.

Sin embargo, en el aspecto religioso David Hume fue un crítico radical que aniquiló completamente el deísmo de los ilustrados.

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Pero... ¿qué era el deísmo?



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EL DEÍSMO



Los ilustrados ingleses habían distinguido, dentro de la religión, dos grandes ámbitos:


1º - Ámbito racional o natural: conjunto de verdades religiosas susceptibles de demostración racional.


2º - Ámbito positivo: conjunto de verdades de fe que, en principio, no se pueden demostrar racionalmente y que se conocen por revelación.

Esta distinción existe, no obstante, desde siempre en el cristianismo.



La defensa del deísmo en el

pensamiento medieval

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Tomás de Aquino, por ejemplo, señala que los “preámbulos de fe” son aquellas afirmaciones religiosas que se pueden demostrar racionalmente. La quinta vía tomista sostiene que hay un orden en la naturaleza que sólo se explica si Dios existe. Nuestra experiencia, según el dominico, nos dice que ese orden ha sido organizado por un ser inteligente. Dicho de otro modo, constatamos la existencia de un orden en el cosmos, ergo debe haber una inteligencia ordenadora que no puede ser finita, dada la magnitud del orden.


De forma resumida, la propuesta de Tomás de Aquino es la siguiente:


1. Vemos que hay cosas que no tienen conocimiento ni voluntad, como son los cuerpos y fenómenos naturales (la caída de una piedra o la lluvia).

2. La observación muestra, sin embargo, que siempre o muy a menudo estos cuerpos obran como si tuvieran un fin. Es decir, siempre se comportan de la misma forma alcanzando un mismo objetivo no por azar sino de un modo regular, como si tuvieran una intencionalidad.


3. Las cosas que no tienen conocimiento (y, por tanto, no tienen voluntad) no pueden tender a un fin sin ser dirigidas por alguien con conocimiento, poder e inteligencia (como la flecha por el arquero).


4. Por tanto, debe haber un ser inteligente por el que todas las cosas son dirigidas al fin: y a esto los cristianos lo llamamos Dios.



El deísmo ilustrado

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Lo peculiar de los ilustrados fue la radicalización de este planteamiento, afirmando que sólo debía tenerse en cuenta la parte racional de la religión y a este movimiento se le llamó deísmo .


Todo lo demás, todo lo que no siguiera un esquema de deducción racional, debía ser desechado por innecesario y contraproducente. En definitiva, los ilustrados sostuvieron que lo esencial de la religión es ese núcleo de verdades racionales y rechazaron o declararon problemático todo lo relativo a los ritos, relevaciones, costumbres, instituciones...etc. Este pensamiento fue propio Voltaire, Locke y los free thinkers como Toland o Tindal.


El deísmo es, además, una concepción teísta en la cual se considera que el Dios que existe es personal, en sentido intelectual. No es el Dios panteísta de Spinoza sino que un ser personal distinto de la naturaleza. Lo interesante es que el deísmo es una consecuencia de la mentalidad científica. Esta mentalidad entiende que todo lo que no forma parte de la naturaleza es sospechoso. Dios es un intelecto, un buen relojero, y una vez construido el cosmos, la providencia es la realización mecánica de las leyes dinámicas impuestas por la divinidad. En la teología deísta, de la mano de Blount, encontramos las siguientes afirmaciones fundamentales:


- Hay un Dios cuya existencia puede demostrarse (racionalmente) mediante el argument from design que tiene la siguiente estructura:


- En la naturaleza hay un orden, la prueba de dicho orden es la física: los fenómenos se comportan siguiendo “leyes”.


- En nuestra experiencia ordinaria el orden remite siempre a una causa inteligente (ejemplo de la piedra deforme y la cabeza de Atenea encontrada en la playa)


- De ello se concluye, por tanto, que hay un ser inteligente que es causa, al menos, del orden natural. No puede pensarse que dicha causa es una inteligencia finita porque nosotros estamos sometidos a ese orden –nuestra naturaleza biológica y psíquica está sometida a las leyes naturales-, por ende, esa inteligencia merece llamarse Dios.






LA CAÍDA DEL DEÍSMO



En el año 1779, se publica la obra póstuma de Hume Diálogos sobre la religión natural, en la cual se derribó por completo este planteamiento. Los Diálogos son una obra escrita en forma de diálogo, en la cual intervienen cuatro principales personajes que representan las cuatro posturas posibles respecto a esta cuestión:


1. Pánfilo (que significa “el amigo de todos”): joven que asiste a la conversación y que tiene el papel del lector.


2. Demea: partidario de la religión, es alguien que cree en los dogmas y en la revelación


3. Cleantes: partidario de la religión natural


4. Filón: escéptico, agnóstico, que entiende que no hay argumento válido que demuestre la existencia de Dios. (Hume)


La estrategia seguida por Hume en el texto consiste en la refutación del argumento deísta basado en el diseño inteligente. Según nuestro autor, dicho argumento carece de cualquier valor teórico ya que realiza un abuso impropio del término causa. Es decir, en este argumento se usa mal la noción de “causa” y allí radica su error.



1. El argumento presupone que Dios es la causa de ciertos fenómenos en el mundo (que son sus efectos): Dios es la causa del orden del cosmos.


2. Ahora bien, ¿qué experiencias nos llevan a decir que A es causa de B? Según Hume, para establecer una relación causal hay que estar seguros de tres cosas:



1. de que haya contigüidad espacial


2. de que la causa sea anterior al efecto, esto es, de que haya sucesión temporal

3. o de que entre A y B haya una conexión necesaria.


Si bien los dos primeros elementos de la noción de causa parecen sencillos de entender, el último – la conexión necesaria- es algo mucho más complicado. ¿Qué es necesario para que determinemos que A es la causa necesaria de B? La repetición en

un número suficiente de casos de una sucesión temporal que nos permita postular que no estamos ante una casualidad sino ante una causalidad.

Ahora apliquemos todo esto a Dios como causa del mundo, para ello necesitaríamos:


1. conocer la causa


2. conocer el efecto


3. conocer la interacción


4. tener una pluralidad de casos


Lo que sucede es que la causa, Dios, no se nos da como fenómeno. El efecto, el mundo, no lo conocemos en su totalidad. No hemos visto el proceso por el cual Dios crea al cosmos y ,por tanto, tampoco hemos sido invitados a contemplar este proceso en repetidas ocasiones.


En consecuencia, no hay fundamento epistemológico que nos permita establecer una relación causal entre Dios y el mundo. Dicho de otro modo, Hume niega la existencia de argumentos racionales para afirmar la existencia de Dios. Otra cosa, nos dice Hume, es creer en Dios por la fe pero el argumento del diseño no es válido porque hace un uso espurio de la relación causa-efecto.

En el fondo, para Hume, el argumento central del deísmo es incorrecto porque se trata de una mera metáfora que se basa en una analogía, en el establecimiento de un orden de proporcionalidad: A es a B como C es a B. Esto es, Dios es al mundo como un alfarero (demiurgo) es a su vasija. Dios es al mundo como el artesano es a su obra.




Hume afirma que el principio de causalidad sólo tiene sentido en el ámbito estricto de la ciencia y que si lo aplicamos más allá estamos haciendo un uso puramente poético, metafórico.


No obstante, Hume no se queda aquí sino que ataca también la idea central del argumento que consiste en decir que el orden procede de una inteligencia. Según Hume, con lapsos de tiempo suficientemente largos el aparente orden se explica como el resultado de una interacción entre circunstancias puramente fortuitas. Es decir, si se dispone del tiempo suficiente, las distintas combinaciones de los elementos pueden, sin la intervención de inteligencia alguna, dar lugar a nuestro cosmos. Esta idea puede ser resumida en la famosa frase de Carl Sagan: “Si al helio se le concede suficiente tiempo, acabará preguntándose de dónde viene y a dónde va”.




EL PROBLEMA DE LAS ANALOGÍAS



La crítica central de Hume se basa en la invalidez del argumento de analogía empleado por los deístas. Pero, ¿qué es un argumento basado en la analogía? En este tipo de inferencias se pretende comparar o relacionar dos cosas diferentes, señalando algunas semejanzas entre ellas, para concluir que cierta característica de una deberá estar presente también en la otra.

Si dos o más realidades son parecidas en uno o más aspectos, entonces lo más probable es que también existan entre ellas otras similitudes. Se podría así, en teoría, deducir un término desconocido a partir del análisis de la relación que existe entre dos términos bien conocidos.


Un ejemplo sencillo de este tipo de razonamiento sería el siguiente:

-Al diseccionar un ratón en el laboratorio se puede observar que posee sangre y que ésta circula.


-Los ratones son similares a las personas ya que ambos son mamíferos.


-Por lo tanto, las personas también poseen sangre circulante.


Esta analogía es correcta porque conduce a una conclusión verdadera. Sin embargo, las analogías no siempre concluyen en afirmaciones correctas sino que pueden llevarnos también al error.


Tomemos ahora esto otro argumento.


-Las personas tienen sangre y ésta circula.


-Las personas son similares a los vegetales puesto que ambos están vivos.


-Luego, los vegetales tienen sangre circulante.


La conclusión, en este caso, sería falsa puesto que las plantas carecen de sangre y de corazón que la mueva. La savia vegetal no es sangre ni es movida por ningún motor muscular. Esto significa que los argumentos hechos a partir de analogías, aunque a primera vista pueden parecer atractivos, no siempre terminan en deducciones válidas. Esto es precisamente lo que afirmaba Hume a propósito de los razonamientos en favor del diseño que muestra el mundo natural. Decir, como hacían los teólogos naturales, que de la misma manera que los relojes son diseñados inteligentemente, y que son máquinas similares a los seres vivos, así también los seres vivos deben haber sido diseñados de forma inteligente, es una analogía inaceptable.


Conocemos a muchos diseñadores humanos que elaboran relojes pero no sabemos nada, desde el punto de vista experimental, de algún diseñador inteligente no humano. La muestra con la que podemos comparar es igual a cero. Y, por tanto, sin información adicional no habría manera de sacar ninguna conclusión definitiva.


Hume tenía razón en este punto y su crítica consiguió desprestigiar los razonamientos a favor del diseño de la teología natural de su época. No obstante, dos siglos después y a la luz de los conocimientos actuales estamos en condiciones de preguntarnos: el argumento del diseño, ¿es solamente una analogía o hay algo más en él?


¿Resulta posible demostrar que los seres vivos o las leyes del universo no sean el producto de un diseño inteligente? Aunque la analogía entre los diseños realizados por el hombre y el del universo vaya más allá de la experiencia de nuestros sentidos, ¿por qué la inteligencia común nos sugiere que el cosmos se asemeja a una máquina o a algo realizado por un ser inteligente? ¿Creemos ver inteligencia en el cosmos sólo porque nosotros somos seres inteligentes? El argumento del diseño puede concebirse también desde un punto de vista que Hume no tuvo en cuenta. Es decir, como una inferencia a la mejor explicación.



Las críticas del pensador escocés son poderosas si el argumento es sólo una analogía pero si no lo es pierden todo su efecto. El famoso argumento del reloj elaborado por el teólogo natural William Paley (1743-1805), se podría exponer también de la siguiente manera, por medio de explicaciones alternativas:


-Un reloj suele ser una máquina complicada y adecuada para medir el tiempo.

-1. El reloj es producto de un diseño inteligente.

-2. El reloj es el producto de procesos físicos al azar.


Es evidente que la mejor explicación, es decir, la que tiene más probabilidades de ser cierta es la primera. Nuestra experiencia nos dice que todo reloj, al ser fabricado por el hombre, es el producto de un diseño previo. Pues bien, este mismo tipo de análisis se puede aplicar también al siguiente razonamiento:


-Los seres vivos son complicados y capaces de sobrevivir y reproducirse.

-1. Los seres vivos son el producto del diseño inteligente.


-2. Los seres vivos son el producto de procesos físicos aleatorios.


Paley creía que si estábamos de acuerdo con la lógica del planteamiento del reloj, también deberíamos estarlo con la de los seres vivos ya que dicha lógica es la misma en ambas proposiciones. En su opinión, el principio de verosimilitud, que afirma que la hipótesis que proporciona la mayor probabilidad es la mejor explicación, se puede aplicar aquí para saber qué respuesta sería la verdadera.

Este argumento pareció razonable hasta la teoría de Darwin. Según la evolución de las especies, los seres vivos serían el producto de la variación y la selección natural. Los argumentos de Paley sucumbieron así ante las propuestas del darwinismo. El debate respecto al diseño inteligente todavía encuentra hoy algunos apoyos aunque su mantenimiento desde un punto de vista puramente racional es extremadamente difícil.




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