La filosofía de Albert Camus

Rasgos principales del pensamiento existencialista del filósofo Albert Camus





ALBERT CAMUS



Si bien Sartre y Camus fueron coetáneos, Camus era ocho años más joven que Sartre cuya obra le influenció directamente. Si bien ambos autores son clasificados generalmente bajo la categoría del existencialismo Camus rechazó este término y no se sintió nunca ligado a él porque consideraba que ello le obligaba a comprometerse con la tradición existencialista cristiana. Tal como veremos más adelante, la búsqueda de consuelo en Dios no era para Camus más que un cierre en falso frente a los problemas del sinsentido de la existencia humana.



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En lo que respecta a Sartre, si bien su obra tuvo un gran impacto sobre el pensamiento de Camus, ambos mantuvieron una relación personal marcada por la tensión. Desde el punto de vista filosófico, para Camus el existencialismo de Sartre era demasiado teórico y no abordaba con la profundidad necesaria el problema práctico derivado del existencialismo. De alguna manera, para Camus, Sartre se limita a describir teóricamente el marco existencialista sin atreverse a proponer una respuesta sobre cómo debe ser la vida una vez asumido el sinsentido.


A pesar de estas tensiones, es posible señalar un conjunto de semejanzas y diferencias importantes entre ambos autores.




SEMEJANZAS CON LA FILOSOFÍA

DE SARTRE




En primer lugar, tanto Sartre como Camus comparten lo que en la sesión anterior

habíamos denominado “giro socrático”. Es decir, la convicción de que el tema fundamental de la filosofía debe ser el ser humano considerado desde el punto de vista concreto e individual. Por tanto, la filosofía no debe ser un estudio sobre el cosmos ni tampoco una especie de antropología teórica que hable del ser humano en general sino una reflexión sobre el yo del individuo concreto.

En segundo lugar ambos autores comparten el ateísmo bajo la convicción de que el recurso a Dios para dar sentido al ser humano es ilegítimo y falso. Hemos de asumir la absoluta falta de sentido de la existencia – la náusea- y no recurrir en ningún caso a Dios para tratar de suprimir las contradicciones propias de la vida.




DIFERENCIAS CON LA FILOSOFÍA

DE SARTRE



En lo que respecta a las diferencias es necesario destacar la distinta visión que ambos poseían de Francia. Sartre era un descendiente de alemanes criado en una familia burguesa y extremadamente culta. En cambio, Camus había nacido en Argelia, descendiente de españoles, en una familia pobre y completamente ajena a la cultura.

En segundo lugar, Camus consideraba que el empleo que Sartre había hecho del método fenomenológico para establecer las bases de su existencialismo era incorrecto. El problema de la fenomenología es que transforma automáticamente los fenómenos en esencias. De ello, y de las lecturas de Husserl y de Heidegger, deriva el sesgo demasiado teórico de las obras de Sartre.




OBRA Y COMPOSICIÓN LITERARIA



En lo que respecta a su obra podemos preguntarnos si Camus fue realmente un filósofo ya que, a lo largo de su vida, no escribió ningún texto que encaje perfectamente bajo la definición de obra o tratado filosófico. Camus se dedicó fundamentalmente a escribir ensayos en los cuales más que argumentar


sistemáticamente sus posiciones realizaba una labor de pensamiento mucho más libre. Sus dos ensayos fundamentales son El mito de Sísifo y El hombre rebelde, ambos a medio camino entre la filosofía y la literatura. Es importante subrayar el tono asertivo y comprometido que Camus usa en sus textos en los cuales más que exponer una teoría presenta su opinión íntima y personal respecto de las cuestiones tratadas.

Sin embargo, Camus no se limitó al ensayo sino que entró también en la literatura, concretamente en el teatro y la nivela. Esta elección explica todavía más el interés que Camus tenía sobre el hombre concreto de carne y hueso. El teatro permitía un grado de concreción tan alto que evitaba cualquier pretensión de hacer pura teoría o abstracción.




BIOGRAFÍA



Albert Camus nació en la localidad argelina de Mondovi (actualmente llamada Drean) el 7 de noviembre de 1913, cuando el país africano estaba bajo dominio francés. Su padre Lucien Auguste Camus era un modesto agricultor galo que falleció a los pocos meses de su nacimiento en la batalla del Marne, y su madre Catherine Helen Sintes era de origen español (concretamente de Menorca) que tuvo que trabajar como empleada de hogar para sacar adelante a sus hijos Lucien y Albert.


Camus fue un niño amante de los deportes y muy aplicado en los estudios que consiguió una beca para estudiar en la Universidad de Argel la carrera de Filosofía y Letras con la esperanza de acabar impartiendo clases. Este último propósito no pudo llevarlo a cabo al contraer la tuberculosis. Al mismo tiempo que estudiaba, Camus trabajó en diversos oficios para ayudar económicamente a su madre. Gran amante del teatro, creó, dirigió y actuó en una compañía amateur llamada “Theatre du Travail” (posteriormente rebautizada como “Theatre de L’Equipe”), fundada en principio para audiencias de clase trabajadora.

A mediados de los años 30 se unió al Partido Comunista y por esa época realizó

muchos viajes escribiendo sus impresiones en títulos como “El Revés y El Derecho (L’Envers at l’endroit)” (1937) y “Bodas (Noces)” (1939).

En el año 1939, decepcionado por sus actitudes totalitarias, Albert Camus abandonó la ideología comunista, y se divorció de su primera esposa, Simone Hié, con quien se había casado en 1934 tras conocerla en la Federación Argelina de Jóvenes Socialistas.




Los problemas de Simone con las drogas y una infidelidad pusieron punto y final a la relación amorosa. Con el cambio de decenio Camus comenzó a trabajar como periodista en Argelia, incorporándose a la plantilla del periódico Alger-Republican. Posteriormente, y tras haberse trasladado a la capital francesa, colaboró con el diario Paris-Soir. Con la Segunda Guerra Mundial en plena ebullición, Camus se unió a la Resistencia y dirigió el periódico Combat. En 1940 se casó con Francine Faure. Dos años después publicó su primera novela, titulada “El Extranjero (L’Étranger)” (1942), obra ambientada en su amada Argelia, un hecho usual en su trayectoria. Unos años antes, sin haberla publicado, Camus había escrito un libro precursor de “El Extranjero”, “La Muerte Feliz”, novela que apareció publicada de forma póstuma en los años 70.

Ese mismo año aparecieron también el ensayo “El Mito De Sísifo (Le mythe de Sisyphe)” (1942) y la obra teatral “El Malentendido (Le malentendu)” (1944). “Calígula (Caligula)” (1945) y “La Peste (La peste)” (1947), una alegoría sobre la ocupación nazi, son dos de sus mejores trabajos que le valieron el reconocimiento de crítica y público.


Tras “El Hombre Rebelde (L’Homme révolté)” (1951), obra en la que examinaba la ideología y formas revolucionarias, rompió relaciones con su amigo Jean-Paul Sartre, quien había simpatizado con las teorías estalinistas.


Mientras trabajaba como periodista en el periódico “L’Express”, Albert Camus escribió “La Caída (La chute)” (1956), otro de sus trabajos más importantes. En el año 1957 le concedieron el Premio Nobel de Literatura. Ese año se publicó el libro de relatos “El Exilio y El Reino”. “El primer hombre (Le premier homme)” fue su última obra, una novela inacabada que se publicó de forma póstuma tras su fallecimiento el 4 de enero de 1960 a causa de un accidente de automóvil ocurrido en Villeblerin (Francia). Tenía 46 años de edad en el momento de su muerte.




EL EXTRANJERO



Una de las obras principales de Camus es El extranjero, cuyo argumento refleja gran parte de las ideas filosóficas de su autor.


En el primer capítulo del libro el protagonista Meursault – juego de palabras que hace referencia al mar y a la sal- recibe un telegrama en el que se le informa que su madre ha fallecido. Debe partir hacia Marengo, donde se encuentra el asilo de ancianos, lugar en el que se hallaba su madre. Pide permiso a su jefe y emprende el viaje. Una vez en el asilo se niega a ver el cuerpo de su madre y realiza reflexiones que demuestran su indiferencia ante un hecho de tanta importancia. En lugar de llorar a su madre conversa con el conserje, sobre Paris. Fuma, se mantiene distante con los amigos de su madre que vienen a participar del velorio, le molesta el llanto de una de las mujeres. Se duerme. El entierro le resulta pesado, tortuoso por el calor de la jornada. Una vez concluido regresa a Argel con alegría pensando solamente en dormir. En el segundo capítulo se relata que al despertar y darse cuenta que es sábado, siente el gozo de saber que tiene aún dos días de vacaciones y decide ir a bañarse al mar. Se encuentra con María Cardona, antigua mecanógrafa de su oficina, por la que había sentido deseos en el pasado. La invita al cine y luego pasa la noche con ella. Llega el domingo, describe la gente que pasa por la calle, reflexiona acerca de lo que harán y donde irán y también expresa el aburrimiento que le provoca ese día. Pensó que ya era un domingo menos, que su madre estaba ahora enterrada, que volvería a su trabajo. Nada había cambiado. El vacío que vive es extremo. No hay ninguna expresión de sensibilidad en sus reflexiones. En el tercer capítulo vuelve a su trabajo. Su jefe lo saluda por el luto y le pregunta por la edad de su madre. No la recuerda. Sale a almorzar con un amigo, duerme un poco y luego regresa a la oficina. Al regresar a su casa, se encuentra con Salamano, un vecino viejo que tiene


un perro sarnoso con una enfermedad de la piel. A continuación se encuentra con Raymond Sintes, un segundo vecino que lo invita a comer algo en su habitación. Raymond le cuenta una historia que ha vivido con una amante. Lo escucha pero casi sin interesarse por el relato. Por eso, cuando Raymond le pide consejo, le responde con oraciones breves y ante la propuesta de escribir la carta, responde afirmativamente de la misma forma que hubiera rechazado. Le era indiferente hacerlo o no. No le molestaba. Una vez terminada, vuelve a su departamento y escucha gemir al perro del viejo Salamano al que este maltrataba habitualmente.

En el quinto capítulo se dice que trabajó mucho toda la semana. Fue dos veces al cine con Emmanuel, el sábado va nuevamente a la playa y pasan la noche juntos. El domingo almuerzan juntos. Sienten una discusión en la habitación de Raymond. Allí le cuenta a Maria la historia del amante del vecino. Termina interviniendo la policía. Él, debe salir de testigo, afirma que le "da lo mismo". Cuando regresan se encuentran con Salamano que había extraviado su viejo perro.

En el quinto capítulo Raymond lo invita a pasar el domingo en una cabaña en la paya de un amigo, cerca de Argel. El jefe le propone enviarlo a una oficina que instalará en Paris. Meursault expresa que le da igual. Ante la pregunta de su jefe si no le interesa un cambio de vida, responde que nunca se cambia de vida, que todas valían lo mismo. He aquí la absoluta indiferencia. Su jefe observa que jamás responde directamente que no tiene ambiciones. Por la tarde Maria le pregunta si quería casarse con ella. Nuevamente la respuesta es: "me da igual". No hay en él "sí" o "no".

Llego el domingo. Raymond, Maria y él marchan hacia la cabaña de la playa de Masson. Al salir, enfrente había un grupo de árabes, entre ellos estaba el hermano de la joven a la que Raymond golpeo. Sin embargo, no les dieron importancia. Siguieron su camino. Se bañan, almuerzan y luego los tres hombres salen a caminar. Se cruzan con dos árabes, que vienen tras Raymond a vengar la paliza que le dio a su amante. Raymond es herido. Lo llevan a un médico. Nuevamente vuelve a salir con Meursault y

se encuentra otra vez con los árabes Raymond saca un arma pero no la dispara. Meursault se la pide. El sol le molestaba, el calor lo sofocaba. Encuentra al árabe que hirió a Raymond, le muestra su cuchillo y él dispara.

En la segunda parte es llevado a un juez de instrucción e interrogado. Ante el juez no muestra el menor arrepentimiento y sólo desea que el día de su ejecución vinieran muchas personas para acogerle con gritos de odio.

El personaje de Meursault viene a describir, de esta forma, el absurdo y el sinsentido de una vida en la que los grandes valores han sucumbido. En un mundo en el cual ya no es posible sostener la existencia de verdades últimas y absolutas todo, incluido el amor y la muerte, carece de verdadera profundidad. Sin embargo, ante esta situación parece que no hay ninguna diferencia entre vivir o morir. ¿Qué sentido tiene una vida como esta? ¿Por qué no suicidarse? La respuesta a estas dos grandes preguntas fue ofrecida por Camus en su segunda gran obra: El mito de Sísifo. No entraremos en los detalles del argumento ya que en él se reproduce el mito clásico en el cual Sísifo es castigado, por toda la eternidad, a empujar una piedra hasta la cima de una montaña que indefectiblemente volverá a caer.

En este texto Camus describe las claves de comprensión de lo que él denomina “el sentimiento del absurdo”. Según nuestro autor este sentimiento debe entenderse como un estado del alma en el cual se hace consciente el hecho de que todo ser humano vive en un conflicto consistente en el choque entre dos elementos fundamentales. Por un lado la extrañeza del mundo, es decir, la evidencia de que el mundo en sí mismo es refractario a todo sentido y que las cosas son previas a todas nuestras intenciones. Por el otro, el deseo humano de sentido y claridad que desea descubrir en la realidad una finalidad que, sin embargo, trágicamente nunca alcanza. Esto da lugar a una guerra en la que se manifiesta el sentido del absurdo.





El ser humano, según Camus, está dotado de un intelecto o razón dirigida a la búsqueda del sentido mediante un esfuerzo por aprehender la estructura de la

realidad por medio del proceso de unificación conceptual. En este sentido, nuestra mente se esfuerza constantemente por encontrar un principio de unidad de toda la experiencia plural de la realidad. Sin embargo, esta necesidad humana de dar sentido a su vida y a la realidad –iniciada por la filosofía presocrática- está condenada al fracaso. El deseo de unidad sucumbe siempre en la extrañeza del mundo que constantemente rompe las cadenas armónicas y conceptuales a las que intentamos someterlo.



El sentimiento del absurdo se revela, según Camus, en siete tipos de experiencias fundamentales:


1. En la inquietud y en los deseos constantemente insatisfechos que caracterizan al ser humano. Siempre que saciamos un deseo, nace otro nuevo.


2. En el hecho de que el tiempo cambia y transforma todas las cosas. Basta con dejar que el tiempo pase para que toda teoría científica se muestre como falsa y toda filosofía como parcial. No hay manera de domesticar teóricamente al tiempo.


3. En el espesor del mundo frente a nuestro deseo de claridad. El mundo se nos revela como algo turbio, espeso, incomprensible. Esto no es sino la náusea de Sartre.


4. En la hostilidad primigenia del mundo respecto a todo intento de determinación del sentido.


5. En la muerte. Es decir, en el descubrimiento de que el ser humano está destinado a morir, hecho que frustra cualquier voluntad de sentido absoluto. Moriremos nosotros, nuestros hijos, la especie humana y finalmente la Tierra quedará arrasada por el Sol.


6. En la incapacidad de la ciencia para ofrecer una esencia del mundo y para expresar en categorías comprensibles por el hombre la estructura de la realidad.


7. En la imposibilidad de ser cristianos o epicúreos. Es decir, en la ausencia total de esperanza de salvación.


Existe, por tanto, según Camus una antinomia absoluta entre el mundo y la razón. ¿Qué hacer entonces? Según nuestro autor sólo existen dos posibles actitudes: una correcta y otra incorrecta. La actitud incorrecta tiene dos posibles variantes principales. La primera es la negación que lleva al suicidio y la autoeliminación de la existencia absurda. La segunda es el refugio en la religión mediante la cual se pretende, falsamente, dar un sentido último a la existencia y a la realidad. Se trata, en este caso, de un acto desesperado en la búsqueda de Dios para restaurar el sentido perdido. La forma correcta, no obstante, es la que vemos en Sísifo: coger el toro por los cuernos. Asumir la tragedia y el sinsentido de la vida, sus contradicciones, e intentar hacer lo que esté en nuestras manos para mejorar nuestra vida y la de los demás. Asumir la contradicción es, por tanto, rebelarse contra el sinsentido. No rendirse ni refugiarse sino obrar lo mejor posible con la honestidad de la certeza que toda tarea finalmente será vana.

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