Immnuel Kant: la ética del mérito y la felicidad

Exposición detallada del lugar que ocupa en la ética kantiana la idea del mérito y la importancia de la felicidad humana en la deliberación acerca del carácter moral de las acciones.



“El poder, la riqueza, la honra, la salud misma, la completa satisfacción y el contento del propio estado, bajo el nombre de felicidad, dan valor, y tras él, a veces arrogancia, si no existe una buena voluntad que rectifique y acomode a un fin universal el influjo de esa felicidad y con él el principio todo de la acción; sin contar con que un espectador razonable e imparcial, al contemplar las ininterrumpidas bienandanzas de un ser que no ostenta el menor rasgo de una voluntad pura y buena, no podrá nunca tener satisfacción, y así parece constituir la buena voluntad la indispensable condición que nos hace dignos de ser felices.” Immanuel Kant,

Fundamentación de la metafísica de las costumbres



Este breve fragmento de la ética kantiana nos muestra toda la esencia del carácter deontológico de su configuración en contraste con la ética de la felicidad de origen griego.

Mientras que para Aristóteles el fin de la vida humana es alcanzar la felicidad, de tal modo que debemos hacer todo lo que está en nuestras manos para lograrlo ya que sólo una vida feliz merece la pena ser vivida para Kant el objetivo de nuestras acciones no es el de lograr de hecho la felicidad sino hacernos dignos de merecerla. Cosa completamente diferente.



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Es decir, lo importante no es de factolograr lo que nos proponemos sino lograr ser merecedoresde nuestras metas. Kant diría, lo importante no es ganar el Nobel de literatura o no sino el ser realmente merecedor de él aunque jamás nunca nadie nos reconozca nuestra destreza literaria. Así, frente a la palabra felicidad, aparece en Kant las nociones de mérito y dignidad.


II

“La buena voluntad no es buena por lo que efectúe o realice, no es buena por su adecuación para alcanzar algún fin que nos hayamos propuesto; es buena sólo por el querer, es decir, es buena en sí misma.

Considerada por sí misma, es, sin comparación, muchísimo más valiosa que todo lo que por medio de ella pudiéramos verificar en provecho o gracia de alguna inclinación y, si se quiere, de la suma de todas las inclinaciones. Aun cuando, por particulares enconos del azar o por la mezquindad de una naturaleza madrastra, le faltase por completo a esa voluntad la facultad de sacar adelante su propósito; si, a pesar de sus mayores esfuerzos, no pudiera llevar a cabo nada y sólo quedase la buena voluntad -no desde luego como un mero deseo, sino como el acopio de todos los medios que están en nuestro poder-, sería esa buena voluntad como una joya brillante por sí misma, como algo que en sí mismo poseo su pleno valor. La utilidad o la esterilidad no pueden ni añadir ni quitar nada a ese valor.” Id.


De aquí podemos deducir por fin qué es lo único, según Kant, de lo que depende la corrección o incorrección ética de nuestras acciones. Es el querer, es decir, el objetivo que persiguen los deseos del individuo aquello que lo convierte en un ser bueno o malo.

Esta intuición la tenemos todos porque de algún modo nos quedamos insatisfechos cuando sabemos que alguien ha hecho algo bueno pero por un motivo inferior.


Cuando un rico empresario dona no sé qué aparatos o cantidades de dinero a un hospital, siempre restamos algo de pureza a su acto generoso y no le tenemos absolutamente por un hombre generoso porque sospechamos la posibilidad de que gane algo a cambio, algo que no se limita a la satisfacción de un hombre magnánimo que colabora con la salud. ¡Pobre hombre! Quizá sea verdaderamente eso lo que hace, no estamos juzgando ese punto, sino el hecho importante que nos muestran nuestras sensaciones al respecto.

No basta con la virtud aristotélica, ni tampoco basta con el acto virtuoso. Para que haya bondad el querer o lo que Kant denomina voluntad debe ser “bueno” y su éxito práctico es completamente indiferente.




Hay una gran diferencia, por tanto, entre el planteamiento ético aristotélico y el kantiano. La visión de Aristóteles tiene una enorme relevancia o vertiente política. Aristóteles nos decía: tu haz actos virtuosos, hazlos mucho y los convertirás en hábitos y finalmente forjarás un carácter virtuoso. La importancia está en el aspecto exterior, en el producto o resultado de la acción y no su resorte. Aristóteles diría, si una persona se pasa toda la vida haciendo actos virtuosos, haciendo el bien a los demás y a su comunidad, pero por dentro está reventado de rabia, mientras lo haga su fuero interno es cosa suya. Los griegos de la época clásica estaban más interesados por el bienestar público que por los demonios interiores.


A medida que la mentalidad occidental evoluciona va creciendo más el individualismo y la idea de que la comunidad o la sociedad como tal es algo hostil. Lo que hagan los demás me importa un pito y allí ardan todos. No nos conocemos, no tenemos los lazos que había entre los griegos de Atenas y consideramos al otro más bien como una amenaza o un rival que como un colaborador. Kant es el último gran pensador de la modernidad y antes que él, esta idea fue codificada por el gran Hobbes en su homo homini lupus.

De ahí aparece la idea de conciencia subjetiva. El hombre debe estar en paz consigo mismo y su conciencia aunque ello implique mal físico para la sociedad.