Filosofía significado

Exposición detallada del significado de la palabra filosofía, su origen, sus objetivos fundamentales y su impacto en el pensamiento crítico occidental


La filosofía representa uno de los campos más antiguos y ricos del pensamiento occidental.

Se trata de una actividad original y muy específica -a pesar de que en nuestros días el término filosofía haya perdido su sentido originario y se emplee para definir modos de vida o pensamiento que nada tienen que ver con su esencia- nacida en la Grecia Antigua, en torno al siglo VI antes de nuestra era.


Lo más curioso es que cuando esta actividad surgió todavía no tenía nombre, ni ella ni aquellas personas que la practicaban. Los primeros filósofos, los presocráticos, simplemente se denominaban a sí mismos sophos es decir, sabios.


No obstante, hay una diferencia radical entre el sabio y el filósofo, y esa diferencia la captó perfectamente Pitágoras, creador del término filosofía.

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Distinción entre el sabio y el filósofo


En cualquier actividad que nos podamos imaginar -sea esta la medicina, la alfarería o la pintura-, podemos distinguir entre los novatos, es decir, aquellos que acaban de empezar a aprenderla, los grandes maestros que la dominan a la perfección y los absolutos ignorantes que no saben nada de nada.


El sabio, por tanto, equivaldría a la figura del maestro que posee un conocimiento completo, confiable y seguro acerca de su disciplina. Un conocimiento que, además puede transmitir y enseñar a otros.


Es decir, el sabio es el que conoce el camino hacia la excelencia en la medicina, la alfarería o la pintura. Es el médico excelente, el gran alfarero y el pintor virtuoso.





¿Y qué es el filósofo y la filosofía?


Sin embargo, Pitágoras advirtió que el filósofo no tiene absolutamente nada que ver con el sabio porque, mientras que el sabio tiene respuestas y verdades, el filósofo simplemente tiene preguntas.


Como bien recalcó Sócrates, poco tiempo después de Pitágoras, el verdadero filósofo es el que reconoce su propia ignorancia, es el que admite que, en realidad, cualquier verdad es provisional y que todo conocimiento es simplemente parcial.


En el momento en el que el individuo pone en cuestión y aplica a la criba crítica a cualquiera de sus convicciones, comprende que la sabiduría es algo realmente difícil de alcanzar en cualquier campo.


En realidad, poco importa el paso de los siglos, el ser humano ha alcanzado muy pocas respuestas definitivas en cualquier ámbito del saber imaginable.


No hemos completado la física, las matemáticas, la psicología o la medicina. Lejos de ello seguimos asombrándonos y descubriendo cada día lo poco que sabemos.


El sabio es el que cree saber y el que ya está satisfecho con lo que sabe. El que se cree y se tiene a sí mismo por sabio es el que considera que ya no debe buscar más, que ya no tiene que preguntarse más.




La filosofía es el amor al saber


El filósofo y la filosofía, en cambio, no implica sabiduría sino amor al saber. ¿Dónde está la diferencia?

Se puede amar intensamente algo sin poseerlo, sin comprenderlo. De hecho, el deseo de alcanzar algo sólo existe cuando no tenemos todavía ese algo, cuando no nos pertenece, pues una vez conseguido el deseo se apaga y pasamos a desear una cosa diferente.


La filosofía es, por tanto, el amor al saber vivido bajo la conciencia de que ese saber no será nuestro en su totalidad jamás.

El filósofo es el niño que juega con las luces y las sobras, con la ignorancia y las pocas y esquivas chispas de luz en el océano del conocimiento.


El filósofo es el que entiende que no saber no es algo que deba producir vergüenza, sino el resorte necesario, el catalizador imprescindible de toda aventura. La curiosidad insaciable, el deseo indómito de comprendernos a nosotros mismos y a cada una de las pequeñas cosas que componen el mundo que nos rodea, es lo que realmente significa la filosofía.


Y por ello es siempre un saber en proceso, en crecimiento y en desarrollo. Uno jamás sabe filosofía, uno simplemente la ama y la disfruta con la conciencia de que en el momento en el que la crea dominada, la habrá perdido.




¿Preguntas o respuestas?


Pero si los filósofos no saben nada. ¿Para qué sirve la filosofía? Imaginemos una sociedad en la que durante cientos de años nada ha cambiado y todo se mantiene siempre igual. Las mismas familias detentan el poder, las mismas personas realizan el trabajo físico, el mismo sistema político se mantiene incuestionable, las mismas reglas de relación entre los sexos, las mismas premisas religiosas...

Este estado se puede mantener ininterrumpidamente si todas las personas que componen esa sociedad consideran que así son las cosas y que no pueden ser de otra manera. Pero todo cambia cuando un individuo, una mañana de claridad mental se hace una simple y sencilla pregunta: ¿Por qué?


Esa pregunta - ¿por qué las cosas son como son?- da lugar a una cascada de otras cuestiones que la acompañan: Aunque las cosas sean así ¿deben serlo?, ¿puede haber otras formas de organización?, ¿es posible crear nuevos modelos?, ¿cómo podríamos cambiar el sistema?, ¿es deseable?, ¿es posible?


Si nos fijamos bien, aquí no hallamos ni una sola respuesta, ni una sola gota de sabiduría o de verdad, sino simples y llanas preguntas. Las preguntas de la filosofía son, efectivamente, el comienzo de la revolución en todos los saberes, no sólo en el ámbito social o político.


¿Por qué la tierra está en el centro del universo? ¿No es posible que el sol sea el que gira alrededor de ella?


¿Por qué todas las especies parecen estar adaptadas al medio en el que viven? ¿acaso han evolucionado con el cambio de ese medio?


Antes de la respuesta que, como hemos dicho, es siempre provisional y mejorable, debe ser planteada la pregunta concreta y una buena pregunta en un momento adecuado puede desmoronar un sistema completo y cambiar para siempre las reglas del juego.


No sabemos, amamos y deseamos el saber. No manejamos verdades sino preguntas y ello hace que todo pueda ser posible, diferente y nuevo.



Ana Minecan



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