La filosofía de Leibniz

Biografía y e ideas fundamentales de la obra filosófica del pensador alemán Gottfried Leibniz



LA FILOSOFÍA DE LEIBNIZ




Si la concepción del Deus sive natura de Spinoza resulta polémica y revolucionaria para su época, la de Leibniz en su Discurso de metafísica no es menos fascinante y problemática.


Con sólo 20 años Leibiz había escrito la Dissertatio de Arte Combinatoria, en la que había plasmado el sueño de todo el racionalismo de una characteristica universalis: a través de una logica inveniendi, una lógica destinada al conocimiento, se propuso encontrar el alfabeto de los conceptos humanos, que una vez hallado permitiría reconstruir de manera formal y unificada todas las ciencias. En otras palabras, Leibniz se propuso encontrar átomos de verdad a partir de los cuales reconstruir todo el conocimiento humano


No es de extrañar, pues, que su Discurso de metafísica comience con una operación de análisis lógico de la mismísima definición de Dios: “La noción de Dios más admitida y más significativa que tenemos de Dios se expresa bastante bien en estos términos: que Dios es un ente absolutamente perfecto”.

Leibniz, que recupera la concepción –que ya habíamos visto en Francisco Suárez– de lo ente entendido no como lo real, sino como lo posible, esto es, lo no contradictorio, analiza el concepto de Dios para concluir que en él no hay contradicción alguna, y que existe en todo mundo posible, luego su existencia es necesaria.



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Como la omnipotencia y la omnisciencia son posibles lógicamente, entonces Dios obra del modo más perfecto, tanto metafísica como moralmente. En este sentido, Leibniz se opone a la concepción spinozista de Dios como una enorme fuerza cósmica de autocausación, sin voluntad ni entendimiento.

Mientras que Spinoza había dicho que no había bondad en el obrar de Dios, y que todo es producto de la potencia de Dios, y no de su entendimiento, para Leibniz el mundo y todas las verdades metafísicas son efecto del entendimiento de Dios, no de su voluntad. Dios obra bien porque maximiza los beneficios y la simplicidad del orden “como un buen arquitecto, como el buen geómetra, como el buen padre de familia, el hábil mecánico o el sabio autor”. Esto es lo que Leibniz denomina “la secreta geometría de Dios”.


Esta concepción plantea una serie de problemas, como el hecho de que los aparentes males de nuestras vidas sean en realidad condiciones necesarias para un bien mayor (como se desarrollará en la Teodicea, escrita para intentar compatibilizar la bondad de Dios con las terribles consecuencias del terremoto de Lisboa de 1755). También lleva a preguntarnos, como sucedía en Spinoza y en Descartes: en esta secreta geometría divina, ¿qué espacio queda para el libre albedrío, para la genuina libertad de los individuos?





LAS MÓNADAS



Para responder a esta pregunta hay que entender qué son para Leibniz los individuos, esto es, las sustancias individuales, también conocidas como mónadas. Igual que en el caso de Dios, nuestro filósofo-matemático también realiza un análisis lógico, para comprender en qué consisten.

Si se dejan a un lado las proposiciones idénticas, tautológicas, se dice que los predicados inhieren en las sustancias. El color rojo, el olor suave, la textura delicada, y un sinfín de otras propiedades inhieren en la sustancia “rosa”, se adhieren a ella, y en cierto modo la constituyen.


Ahora bien, Leibniz nos dice que, desde el comienzo de los tiempos, estos predicados, estas propiedades, están ya inscritas virtualmente en cada sustancia. Por tanto, conocer una sustancia individual significa conocer todos los predicados reales que tiene actualmente, pero también todas las propiedades virtuales que se le pueden atribuir en algún momento de su existencia.

A cada sustancia corresponde una noción individual o “haecceitas”, lo que se puede traducir como “estidad”: lo que hace que esto sea justamente, esto, y no otra cosa: es la descripción completa de todos los predicados de la sustancia, lo que permite su conocimiento perfecto, total.


Leibniz nos dice que en toda sustancia están contenidos restos del pasado, marcas del futuro y trazos de todo lo que ocurre en el universo. En efecto, en palabras de Leibniz, “toda sustancia expresa, por más que confusamente, el universo entero”. Así pues, el conocimiento de una sustancia individual, como ese hombre concreto que es Sócrates, implicaría saber todo lo que le ha ocurrido en el pasado (restos), todo lo que ya está previsto que le ocurra en el futuro (marcas), y por último su punto de vista de todos los acontecimientos que ha vivido y vivirá (trazos).


Según esta concepción, los eventos del mundo físico sólo existen como suma de los puntos de vista de cada sustancia individual que lo percibe, directa o indirectamente.


Un partido de fútbol, por ejemplo, no es sino el conjunto de percepciones de los jugadores, del público en el estadio, de los espectadores por televisión. Unas percepciones, por cierto, que ya estaban programadas por el gran relojero del mundo, por Dios mismo, para tener lugar dentro de nosotros en el mismo momento, y todas a la vez. No hay partido de fútbol, sólo las infinitas percepciones que, nosotros, las mónadas tenemos de él. Y esto porque también nosotros somos puntos de vista de Dios, emanamos de Dios como los pensamientos emanan de nosotros.


En virtud de ello, las sustancias están aisladas entre sí, sólo se comunican con Dios, es imposible la interacción recíproca entre las mónadas, de las que Leibniz dice que “no tienen ni puertas ni ventanas”. Todos somos espectadores de un mismo espectáculo: las ideas que tenemos no provienen de los objetos, sino de la “luz natural” que proviene de Dios, de ese inmenso y eterno programa que se ha planificado desde el comienzo de la creación.





De ello se siguen dos graves problemas, uno lógico y otro moral. Desde el punto de vista lógico, si todas las propiedades están inscritas en la sustancia desde siempre, se borra la distinción entre verdades necesarias y verdades contingentes: Sócrates no puede no ser griego, filósofo, barbudo, igual que un soltero no puede ser a la vez casado o 2 y 2 sumar cinco. Todo lo que ocurre en el mundo, al menos para el entendimiento infinito de Dios, ocurre con la misma precisión y la misma necesidad que un cálculo matemático y la misma seguridad que una tautología.


Como consecuencia de este problema lógico, surge un problema moral: parece imposible la libertad tanto de cada sustancia como del conjunto de la creación. Es más, el propio Dios parece esclavo de su propio plan, en la medida en que su voluntad está sometida a su entendimiento: sólo puede querer y crear el mejor de los mundos posibles, maximizando todas las perfecciones en una realidad suficientemente compleja.


Leibniz responde a la cuestión de la posibilidad de la libertad de las mónadas introduciendo un nuevo dualismo, herencia del cartesiano, y tan problemático como aquél. En cada sustancia y en el mundo entero hay una armonía preestablecida entre la parte física (que obedece a causas eficientes) y la anímica (que responde a causas finales), por lo que los cambios o los movimientos que creemos espontáneos y fruto de nuestra voluntad en realidad se producen de manera programada.


Esta armonía descansa en que Dios es tanto el Arquitecto de la parte física del mundo como el Príncipe de la parte moral. Pero la tarea más exigente que encontramos en los textos de Leibniz es la que nos incita a actuar como si fuéramos libres, aun sabiendo que no lo somos.


Aunque fuera verdad que Dios “inclina sin necesitar”, como sostiene nuestro autor, parece que en este mundo-engranaje habría pocos estímulos para hacer el bien, para intentar mejorar el mundo, para sobreponernos a nuestras desgracias

Y tampoco nos queda el consuelo de quejarnos por los males que nos afligen: en virtud de la lógica de inhesión y la teoría de las sustancias individuales que hemos visto antes, desear que no me haya ocurrido algún mal implicaría desear no haber existido: en efecto, un individuo semejante en todo a mí, pero sin ese particular defecto o problema, ya no sería yo, sino otra sustancia completamente diferente desde el punto de vista metafísico. No hay escapatoria: para existir, hay que sufrir.

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