La ética de Platón

Explicación detallada de la teoría ética platónica




LA TEORÍA ÉTICA DE PLATÓN




El primer libro de la República, texto dedicado a analizar el problema de la justicia, posee un tono completamente diferente al resto de partes que compone la obra ya que en él Sócrates plantea a sus interlocutores la siguiente pregunta:




¿por qué es necesario ser justos? ¿por qué hemos de tener en cuenta la justicia en nuestras acciones?



Ante esta compleja pregunta, el diálogo ofrece dos respuestas.


La primera, simbolizada por la posición de Protágoras sostiene que el ser humano debe ser justo exclusivamente por conveniencia. La segunda, defendida por Sócrates, afirma que la justicia ha de ser deseada por sí misma y en sí misma, dicho de forma simplificada: el hombre debe ser justo “porque sí”.



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A continuación mostraremos cómo la segunda pregunta resulta infinitamente más satisfactoria que la primera, pero para ello hemos de analizar en primera instancia la posición de Protágoras y sus seguidores. Según la posición de los sofistas resulta imposible convivir en una sociedad si no establecemos una serie de reglas y normas de convivencia.


Sin ellas o bien nos acabaríamos aniquilando unos a otros o, al menos, el

roce entre los deseos de cada individuo sería extremadamente desagradable. Por

tanto, las normas tienen la virtud de ser el conjunto de reglas de juego a las que hay que plegar el comportamiento social.

Si bien la respuesta de Protágoras puede ser interesante en un primer momento, cabe preguntarse qué ocurriría si se diera el caso de que un individuo pudiera actuar de forma injusta pero que nadie supiera que ha obrado así. Ante esta cuestión Epicuro sostenía que el malhechor puede escapar al castigo pero no puede escapar al temor por el castigo, de tal forma que, aunque nadie se entere de nuestros actos, es preferible no cometer injusticia y mantener la conciencia tranquila.



No obstante, puede darse el caso de que en algunos tipos de acciones específicas el temor a ser descubierto quede desdibujado por las consecuencias positivas que puede acarrearnos el incumplimiento de la ley. Es decir, pueden darse situaciones en las que la injusticia nos produzca un gran bienestar.



Ante este tipo de situaciones los sofistas como Protágoras, Calicles o Crtias defendían una posición que sólo estaba destinada a ser conocida por unos pocos. Según Protágoras, resulta extremadamente conveniente que la mayor parte de la población se comporte justamente y que respete las leyes morales, pero lo que es más conveniente aún es que en este escenario tu te comportes como si actuaras de modo justo pero que, en cada caso, hagas lo que a ti te parezca más útil y conveniente siempre y cuando nadie se de cuenta de ello.



La razón de este relativismo moral se basa, en el pensamiento de Protágoras, en la convicción de que todas las reglas y normas morales no son más que

convencionalimos, es decir, que tanto la justicia como cualquier otro valor ético que podamos imaginar es sólo un invento de los hombres sin que haya nada

verdaderamente objetivo que sostenga su validez. Por tanto, la enseñanza de

Protágoras consistía en eliminar la superstición de creer que existe, más allá de los hombres, la idea de la justicia.



Para clarificar la posición de Protágoras, Platón pone en su boca un mito con el cual se pretende explicar el origen del ser humano y de sus cualidades específicas.

De modo resumido, el mito cuenta que Zeus ordenó la creación de todos los seres vivos a los titanes Prometeo (el prudente) y Epimeteo (el imprudente). En su labor, Epimeteo concedió a cada ser vivo una ventaja, una oportunidad en la lucha sin cuartel que supone la supervivencia. Así, a los animales débiles los hizo veloces para escapar de sus depredadores o acorazados para que pudieran esconderse.



Sin embargo, cuando llegó el turno de dotar al hombre de sus características propias, Epimeteo ya había agotado todas los rasgos posibles, no quedaba ya ninguna ventaja para el ser humano. Con el fin de regalarle al hombre alguna oportunidad, Prometeo robó el fuego de los dioses – la técnica- y se lo entregó a los hombres. De tal forma que la ventaja del ser humano sobre los demás animales fue la de poder forjar armas y herramientas que le sirvieran para defenderse, alimentarse y prosperar.


Pero este regalo convirtió el mundo humano en un campo de batalla en el que unos y otros usaban los frutos de la técnica para masacrarse. Viendo Zeus que esta situación podía terminar con la aniquilación de los seres humanos – los únicos capaces de rendirle culto- decidió concederles una virtud: la vergüenza o el pudor. Es decir, aquel sentimiento por el cual nadie quiere ser señalado con el dedo como un ladrón, un estafador o un asesino.


A partir de ese momento los hombres comenzaron a vivir una

vida pacífica puesto que estos dos elementos, la técnica y la vergüenza fueron los que permitieron la convivencia.

No obstante, según Protágoras, el propio conocimiento de que el origen de la

vergüenza o el pudor social es simplemente éste -un mero mandato divino para

instaurar el orden- permite entender que no hay ninguna razón de verdadero peso para obedecerlo. Es decir, sabiendo que no constituye una obligación inalienable, el individuo puede elegir no someterse a dicha vergüenza y usarla en su favor pareciendo justo pero siéndolo sólo en los momentos de conveniencia.



EL ANILLO DE GIGES