El pensamiento de Descartes

Actualizado: mar 12

Conoce el pensamiento de uno de los padres de la filosofía y la ciencia moderna



René Descartes (1596 - 1650) es una de las figuras más relevantes de toda la historia del pensamiento filosófico. Sus propuestas abrieron la puerta a una nueva visión de la realidad completamente diferente, radicalmente crítica que condujo a la Europa occidental a una nueva era.


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Para comenzar con el estudio del filósofo que la tradición ha considerado como iniciador de la filosofía moderna, Descartes, nos resultará interesante situarnos en el final de este período, esto es, en la obra del último gran pensador propiamente moderno, Hegel.


En su monumental Fenomenología del espíritu, Hegel presenta de forma épica el nacimiento de la modernidad situando a Descartes a la cabeza de un impulso renovador sin precedentes.



“Con Descartes entramos, en rigor, desde la escuela neoplatónica y lo que guarda relación con ella, en una filosofía propia e independiente, que sabe que procede sustantivamente de la razón y que la conciencia de sí es un momento esencial de la verdad. Esta filosofía erigida sobre bases propias y peculiares abandona totalmente el terreno de la teología filosofante, por lo menos en cuanto al principio, para situarse del otro lado. Aquí, ya podemos sentirnos en nuestra casa y gritar, al fin, como el navegante después de una larga y azarosa travesía por turbulentos mares: ¡tierra!

Con Descartes comienza en efecto, verdaderamente, la cultura de los tiempos modernos, el pensamiento de la moderna filosofía, después de haber marchado durante largo tiempo por los caminos anteriores”.




Esta presentación de la filosofía cartesiana como puerta de entrada al pensamiento moderno, tras siglos de oscuridad, ha creado no pocos clichés y prejuicios historiográficos. En efecto, la visión hegeliana ha conducido, por ejemplo, a olvidar o menospreciar la importancia de autores como el granadino Francisco Suárez, que en sus Disputaciones metafísicas preparó el terreno conceptual para muchas de las innovaciones de la filosofía moderna. Tres elementos en los que destaca el influjo moderno de la filosofía suareciana son:




EL CAMINO HACIA

LA MODERNIDAD



El pensamiento cartesiano comporta no sólo una profunda ruptura con la filosofía anterior sino que, además, se distingue por tener una plena conciencia de su propio carácter revolucionario.


Descartes presenta esta conciencia de transformación en las primeras páginas del Discurso del método, a través de una reiteración constante de la palabra “camino”. El filósofo francés habla constantemente del “camino recto del que no hay que apartarse”, de "ciertos caminos" que ha recorrido desde joven...etc. para referirse a la importancia de hallar una vía propia de orientación en el conocimiento.


Dirigiéndose directamente al público –otra innovación estilística propiamente moderna- con el que dialoga y debate, Descartes realiza una declaración de intenciones en la que aclara el propósito de toda su obra.



“(…) me gustaría dar a conocer, en el presente discurso, el camino que he seguido y representar en él mi vida, como en un cuadro, para que cada cual pueda formar su juicio y así, tomando luego conocimiento, por el rumor público, de las opiniones emitidas, sea éste un nuevo medio de instruirme, que añadiré a los que acostumbro emplear”



El término camino está íntimamente relacionado con la noción de método. De hecho, etimológicamente, la palabra "método" lleva en su interior "hodos", que en griego significa camino: “met-hodos”. El método es, para Descartes, un camino que se forja individualmente y en una comunicación recíproca con las propias experiencias.


Descartes propone que cada ser humano particular, al estar dotado de las herramientas epistemológicas necesarias, puede y debe ser capaz de definir libre y legítimamente su camino. Tal como señala al comienzo del Discurso “el buen sentido es lo que mejor está repartido en todo el mundo”. Con ello Descartes intenta mostrar que el conocimiento de la verdad no es una posesión exclusiva de los teólogos o de unos pocos hombres señalados –recordemos aquí la teoría de la illuminatio de Agustín de Hipona- sino que la propia naturaleza humana lleva a tener que afirmar la necesaria democratización del pensamiento y de las posibilidades de llegar a la verdad.





UNA MORAL PROVISIONAL




Incluso las secciones del Discurso del Método que parecen a primera vista más conservadoras, prudentes y timoratas, esconden una perspectiva fuertemente revolucionaria, ligada, una vez más, a la noción de método. En su moral provisional, en la tercera parte del Discurso, Descartes presenta cuatro reglas de conducta que, en una primera lectura, pueden resultar decepcionantes.



“Con el fin de no ser irresoluto en mis acciones, mientras la razón me obligaba a serlo en los juicios, y no dejar de vivir, desde luego, con la mejor ventura que pudiese, hube de arreglarme una moral provisional que no consistía sino en tres o cuatro máximas, que con mucho gusto voy a comunicaros.

La primera fue seguir las leyes y costumbres de mi país, conservando constantemente la religión, en que la gracia de Dios hizo que me instruyeran desde niño, rigiéndome en todo lo demás por las opiniones más moderadas y más

apartadas de todo exceso, que fuesen comúnmente admitidas en la práctica por los más sensatos de aquellos con los que tenía que vivir […]



Mi segunda máxima fue la de ser en mis acciones lo más firme y resuelto que pudiera y seguir tan constante en las más dudosas opiniones, una vez determinado a ellas, como si fuesen segurísimas, imitando en esto a los caminantes que, extraviados por algún bosque, no deben andar errantes dando vueltas por una y otra parte, ni menos detenerse en un lugar, sino caminar siempre lo más derecho que puedan hacia un sitio fijo, sin cambiar de dirección por leves razones, aun cuando en un principio haya sido sólo el azar el que les haya determinado a elegir ese rumbo […]


Mi tercera máxima fue procurar vencerme a mí mismo antes que a la fortuna, y alterar mis deseos antes que el orden del mundo, y generalmente acostumbrarme a creer que nada hay que esté enteramente en nuestro poder sino nuestros propios pensamientos, de suerte que después de haber obrado lo mejor que hemos podido, en lo tocante a las cosas exteriores, todo lo que falla en el éxito es para nosotros absolutamente imposible. […] En fin, como conclusión de esta moral […] aplicar mi vida entera al cultivo de la razón y adelantar cuanto pudiera en el conocimiento de la verdad, según el método que me había prescrito”.



Estas normas parecen la expresión de una prudencia excesiva y de una actitud sorprendentemente conservadora para un filósofo tan revolucionario en el campo cognoscitivo. Sin embargo, las apariencias engañan.