El pensamiento de Descartes

Conoce el pensamiento de uno de los padres de la filosofía y la ciencia moderna



René Descartes (1596 - 1650) es una de las figuras más relevantes de toda la historia del pensamiento filosófico. Sus propuestas abrieron la puerta a una nueva visión de la realidad completamente diferente, radicalmente crítica que condujo a la Europa occidental a una nueva era.


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Para comenzar con el estudio del filósofo que la tradición ha considerado como iniciador de la filosofía moderna, Descartes, nos resultará interesante situarnos en el final de este período, esto es, en la obra del último gran pensador propiamente moderno, Hegel.


En su monumental Fenomenología del espíritu, Hegel presenta de forma épica el nacimiento de la modernidad situando a Descartes a la cabeza de un impulso renovador sin precedentes.



“Con Descartes entramos, en rigor, desde la escuela neoplatónica y lo que guarda relación con ella, en una filosofía propia e independiente, que sabe que procede sustantivamente de la razón y que la conciencia de sí es un momento esencial de la verdad. Esta filosofía erigida sobre bases propias y peculiares abandona totalmente el terreno de la teología filosofante, por lo menos en cuanto al principio, para situarse del otro lado. Aquí, ya podemos sentirnos en nuestra casa y gritar, al fin, como el navegante después de una larga y azarosa travesía por turbulentos mares: ¡tierra!

Con Descartes comienza en efecto, verdaderamente, la cultura de los tiempos modernos, el pensamiento de la moderna filosofía, después de haber marchado durante largo tiempo por los caminos anteriores”.




Esta presentación de la filosofía cartesiana como puerta de entrada al pensamiento moderno, tras siglos de oscuridad, ha creado no pocos clichés y prejuicios historiográficos. En efecto, la visión hegeliana ha conducido, por ejemplo, a olvidar o menospreciar la importancia de autores como el granadino Francisco Suárez, que en sus Disputaciones metafísicas preparó el terreno conceptual para muchas de las innovaciones de la filosofía moderna. Tres elementos en los que destaca el influjo moderno de la filosofía suareciana son:




EL CAMINO HACIA

LA MODERNIDAD



El pensamiento cartesiano comporta no sólo una profunda ruptura con la filosofía anterior sino que, además, se distingue por tener una plena conciencia de su propio carácter revolucionario.


Descartes presenta esta conciencia de transformación en las primeras páginas del Discurso del método, a través de una reiteración constante de la palabra “camino”. El filósofo francés habla constantemente del “camino recto del que no hay que apartarse”, de "ciertos caminos" que ha recorrido desde joven...etc. para referirse a la importancia de hallar una vía propia de orientación en el conocimiento.


Dirigiéndose directamente al público –otra innovación estilística propiamente moderna- con el que dialoga y debate, Descartes realiza una declaración de intenciones en la que aclara el propósito de toda su obra.



“(…) me gustaría dar a conocer, en el presente discurso, el camino que he seguido y representar en él mi vida, como en un cuadro, para que cada cual pueda formar su juicio y así, tomando luego conocimiento, por el rumor público, de las opiniones emitidas, sea éste un nuevo medio de instruirme, que añadiré a los que acostumbro emplear”



El término camino está íntimamente relacionado con la noción de método. De hecho, etimológicamente, la palabra "método" lleva en su interior "hodos", que en griego significa camino: “met-hodos”. El método es, para Descartes, un camino que se forja individualmente y en una comunicación recíproca con las propias experiencias.


Descartes propone que cada ser humano particular, al estar dotado de las herramientas epistemológicas necesarias, puede y debe ser capaz de definir libre y legítimamente su camino. Tal como señala al comienzo del Discurso “el buen sentido es lo que mejor está repartido en todo el mundo”. Con ello Descartes intenta mostrar que el conocimiento de la verdad no es una posesión exclusiva de los teólogos o de unos pocos hombres señalados –recordemos aquí la teoría de la illuminatio de Agustín de Hipona- sino que la propia naturaleza humana lleva a tener que afirmar la necesaria democratización del pensamiento y de las posibilidades de llegar a la verdad.





UNA MORAL PROVISIONAL




Incluso las secciones del Discurso del Método que parecen a primera vista más conservadoras, prudentes y timoratas, esconden una perspectiva fuertemente revolucionaria, ligada, una vez más, a la noción de método. En su moral provisional, en la tercera parte del Discurso, Descartes presenta cuatro reglas de conducta que, en una primera lectura, pueden resultar decepcionantes.



“Con el fin de no ser irresoluto en mis acciones, mientras la razón me obligaba a serlo en los juicios, y no dejar de vivir, desde luego, con la mejor ventura que pudiese, hube de arreglarme una moral provisional que no consistía sino en tres o cuatro máximas, que con mucho gusto voy a comunicaros.

La primera fue seguir las leyes y costumbres de mi país, conservando constantemente la religión, en que la gracia de Dios hizo que me instruyeran desde niño, rigiéndome en todo lo demás por las opiniones más moderadas y más

apartadas de todo exceso, que fuesen comúnmente admitidas en la práctica por los más sensatos de aquellos con los que tenía que vivir […]



Mi segunda máxima fue la de ser en mis acciones lo más firme y resuelto que pudiera y seguir tan constante en las más dudosas opiniones, una vez determinado a ellas, como si fuesen segurísimas, imitando en esto a los caminantes que, extraviados por algún bosque, no deben andar errantes dando vueltas por una y otra parte, ni menos detenerse en un lugar, sino caminar siempre lo más derecho que puedan hacia un sitio fijo, sin cambiar de dirección por leves razones, aun cuando en un principio haya sido sólo el azar el que les haya determinado a elegir ese rumbo […]


Mi tercera máxima fue procurar vencerme a mí mismo antes que a la fortuna, y alterar mis deseos antes que el orden del mundo, y generalmente acostumbrarme a creer que nada hay que esté enteramente en nuestro poder sino nuestros propios pensamientos, de suerte que después de haber obrado lo mejor que hemos podido, en lo tocante a las cosas exteriores, todo lo que falla en el éxito es para nosotros absolutamente imposible. […] En fin, como conclusión de esta moral […] aplicar mi vida entera al cultivo de la razón y adelantar cuanto pudiera en el conocimiento de la verdad, según el método que me había prescrito”.



Estas normas parecen la expresión de una prudencia excesiva y de una actitud sorprendentemente conservadora para un filósofo tan revolucionario en el campo cognoscitivo. Sin embargo, las apariencias engañan.



Los cuatro preceptos, analizados en detalle, se revelan como una secularización de las cuatro virtudes cardinales de la teología cristiana. La primera regla corresponde a la prudencia, la segunda a la fortaleza, la tercera a la templanza y la cuarta a la justicia, entendida como justeza, como adecuación de los juicios a la verdad.


Sin embargo, al no hacer ninguna referencia a su origen religioso, Descartes da a entender que no son leyes impuestas sino normas elegidas libremente por el propio sujeto. A pesar de que su contenido coincide con la doctrina cristiana su validez ya no descansa en su origen bíblico sino en la capacidad de autolegislación del sujeto.





EL SUEÑO DEL RACIONALISMO



Un tercer aspecto fundamental que encontramos en el pensamiento de Descartes -como pórtico de entrada a la filosofía moderna- es su consideración del carácter práctico y transformador del mundo que tiene la filosofía. Las conclusiones metodológicas de la primera obra de Descartes, las Reglas para la dirección del espíritu, como las extraídas del gran Discurso del método, son aplicadas posteriormente a cuatro grandes obras de física o filosofía de la naturaleza: Tratado del mundo y de la luz, Geometría, Dióptrica y Meteoros cuya orientación final está dirigida a la trasformación técnica y no a la mera especulación abstracta. Así, el gran sueño de la Modernidad, desde Descartes hasta Hegel, fue el de la victoria del hombre sobre la naturaleza: el pleno control técnico del mundo natural.


La mejor representación literaria de esta ambición técnica es el Fausto de Goethe en el que el protagonista, tras desesperar a Mefistófeles en busca de una visión que le haga conmoverse, pronuncia la frase por la que perderá su alma ante la visión de un pueblo en pleno desarrollo tecnológico.


“La campiña es verde y fértil, los hombres y los rebaños se han aposentado en esta novísima tierra junto a la parte más sólida de esta colina levantada por el pueblo audaz y laborioso. Aquí en el interior hay un pasaje paradisiaco, si allá fuera sube rauda la marea hasta el borde y con sus dentelladas hace un boquete en el dique, se apresurarán a cerrarlo. Vivo entregado a esta idea, es la culminación de la sabiduría: sólo merece la vida y la libertad aquel que tiene que conquistarlas todos los días. Y así, rodeados de peligros, el niño, el adulto y el anciano viven procelosamente sus años. Quiero ver una multitud así, vivir en una tierra libre con un pueblo libre. Entonces podría decir a este instante: “Detente, eres tan bello”




LAS CUATRO REGLAS DEL MÉTODO



Las cuatro reglas establecidas por Descartes en el Discurso para alcanzar la verdad constituyen una de las primeras formulaciones de un método científico analítico muy cercano al modo de proceder de las matemáticas.



Primera regla: no aceptar nada – no dar por verdadero- que no sea absolutamente evidente, es decir, indubitable.


“ (…) deseando yo en esta ocasión ocuparme tan sólo de indagar la verdad, pensé que debía hacer lo contrario y rechazar como absolutamente falso todo aquello en que pudiera imaginar la menor duda, con el fin de ver si, después de hecho esto, no quedaría en mi creencia algo que fuera enteramente indudable. Así, puesto que los sentidos nos engañan, a las veces, quise suponer que no hay cosa alguna que sea tal y como ellos nos la presentan en la imaginación; y puesto que hay hombres que yerran al razonar, aun acerca de los más simples asuntos de geometría, y cometen paralogismos, juzgué que yo estaba tan expuesto al error como otro cualquiera, y rechacé como falsas todas las razones que anteriormente había tenido por demostrativas; y, en fin, considerando que todos los pensamientos que nos vienen estando despiertos pueden también ocurrírsenos durante el sueño, sin que ninguno entonces sea verdadero, resolví fingir que todas las cosas, que hasta entonces habían entrado en mi espíritu, no eran más verdaderas que las ilusiones de mis sueños.”



Segunda regla: el análisis.


Descomponer todos los entes en sus partes y analizar cada una de ellas. A partir de este proceso Descartes concluye que todos cuerpos poseen dos tipos de cualidades: primarias y secundarias. En este sentido, para nuestro autor, las cosas no son, en sí mismas, tal y como se nos muestran a los sentidos: algunos de sus rasgos les pertenecen realmente mientras que otros son solamente sensaciones provocadas en nuestros sentidos por ciertas disposiciones físicas.


Las cualidades primarias u objetivas son la extensión (longitud, anchura y profundidad) y las que dependen de ellas como el tamaño y la figura y el movimiento. Se trata de las cualidades de las que cabe un conocimiento “claro y distinto” que se puede expresar en términos matemáticos.


Las cualidades secundarias son aquellas que no existen en las cosas mismas, y, en cierto sentido son subjetivas (no son totalmente subjetivas puesto que aparecen en nosotros como consecuencia de la influencia de las cosas físicas sobre nuestros sentidos). En las cosas mismas no hay otra cosa que ciertas disposiciones (dependientes de su magnitud, figura y movimiento) que les permiten crear en nosotros las sensaciones correspondientes. En los “Principios de Filosofía” Descartes pone como ejemplos de estas cualidades el color, el sonido, el gusto, el olor y las cualidades táctiles.


Tercera regla: síntesis o método de la composición.


Consiste en proceder con orden en nuestros pensamientos, pasando desde los objetos más simples y fáciles de conocer hasta el conocimiento de los más complejos y oscuros. En el Discurso, Descartes recomienda comenzar por los primeros principios o proposiciones más simples percibidas intuitivamente (a las que se llega mediante el análisis) y proceder a deducir de una manera ordenada otras proposiciones, asegurándonos de no omitir ningún paso y de que cada nueva proposición se siga realmente de la precedente. Es el método empleado por la geometría euclidiana. Según Descartes, mientras que el análisis es el método del descubrimiento, y es el que utiliza en las “Meditaciones Metafísicas” y el “Discurso del método”, la síntesis es el método más apropiado para demostrar lo ya conocido, y es el empleado en los “Principios de Filosofía”.



Cuarta regla: enumeración o recapitulación.


Consiste en revisar cuidadosamente cada uno de los pasos de los que consta nuestra investigación hasta estar seguros de no omitir nada y de no haber cometido ningún error en la deducción.


"Y como la multitud de leyes sirve muy a menudo de disculpa a los vicios, siendo un Estado mucho mejor regido cuando hay pocas, pero muy estrictamente observadas, así también, en lugar del gran número de preceptos que encierra la lógica, creí que me bastarían los cuatro siguientes, supuesto que tomase una firme y constante resolución de no dejar de observarlos una vez siquiera.


Fue el primero, no admitir como verdadera cosa alguna, como no supiese con evidencia que lo es; es decir, evitar cuidadosamente la precipitación y la prevención, y no comprender en mis juicios nada más que lo que se presentase tan clara y distintamente a mí espíritu, que no hubiese ninguna ocasión de ponerlo en duda.


El segundo, dividir cada una de las dificultades, que examinare, en cuantas partes fuere posible y en cuantas requiriese su mejor solución. El tercero, conducir ordenadamente mis pensamientos, empezando por los objetos más simples y más fáciles de conocer, para ir ascendiendo poco a poco, gradualmente, hasta el conocimiento de los más compuestos, e incluso suponiendo un orden entre los que no se preceden naturalmente. Y el último, hacer en todo unos recuentos tan integrales y unas revisiones tan generales, que llegase a estar seguro de no omitir nada."




EL COGITO Y SU SUSTANCIALIZACIÓN



La filosofía cartesiana constituye el inicio de la filosofía moderna no sólo por las revolucionarias respuestas y las innovadoras nociones que ofrece a la tradición anterior, sino también porque inaugura algunos problemas que serán centrales en todo el período moderno. El más importante de ellos es el que deriva del dualismo antropológico.


Tras establecer las reglas del método, Descartes decide aplicarlas de forma metódica a todo lo que existe. Como consecuencia de ello extrae, como primera y única evidencia indubitable la afirmación “yo pienso”.



“Pero advertí luego que, queriendo yo pensar, de esa suerte, que todo es falso, era necesario que yo, que lo pensaba, fuese alguna cosa; y observando que esta verdad: «yo pienso, luego soy», era tan firme y segura que las más extravagantes suposiciones de los escépticos no son capaces de conmoverla, juzgué que podía recibirla sin escrúpulo, como el primer principio de la filosofía que andaba buscando.”

Sin embargo, a partir de este punto, Descartes da un segundo paso en la argumentación que estrictamente no se sigue con corrección lógica y, por tanto, no está justificado, como mostrará Kant en la Dialéctica trascendental de la Crítica de la razón pura. Esta operación cartesiana es conocida como sustancialización del cogito y consiste en la identificación del pensamiento con una sustancia de la cual Descartes extrae la demostración de la existencia del alma y sus propiedades tradicionales.





LA HIPÓTESIS DEL TORBELLINO



En virtud de este procedimiento, que hace derivar del argumento del cogito la existencia de la sustancia pensante, del alma, Descartes se enfrenta al problema de relacionar la res cogitans –mente- con el resto de la realidad física –res extensa-.


En el Tratado del mundo o de la luz, Descartes niega la posibilidad del vacío, identificando de manera indisoluble las nociones de materia, espacio y cuerpo. En este marco físico en el que hay una continuidad indivisa de sustancias extensas que se relacionan únicamente a través de la causalidad eficiente, el movimiento se explica de manera mecánica con la hipótesis del torbellino o anillo de cuerpos.


Según Descartes todo cuerpo que se desplaza empuja hacia delante la masa de aire que pasa a ocupar. El aire desplazado, a su vez, desplaza hacia delante otra masa equivalente de materia, y así sucesivamente, hasta que se forma un movimiento circular en el que al final el aire desplazado se coloca instantáneamente en el lugar que ocupaba inicialmente el objeto que se movió en primer lugar. El movimiento del cuerpo, por tanto, puede ser comprendido también no como causa del desplazamiento del aire sino como efecto del mismo. Si a ello se añade la idea cartesiana de que Dios ha impreso en el momento de la creación una cantidad de movimiento que se mantiene constante en el tiempo, se obtiene, como conclusión, que todos los movimientos se dan de manera predeterminada y puramente mecánica.





EL PROBLEMA DE LA LIBERTAD



Ahora bien, de esta descripción del movimiento surgen dos preguntas que serán fundamentales en toda la filosofía moderna. Si el mundo externo está omnímodamente determinado de manera mecánica, ¿es posible el libre albedrío? ¿Soy un ser libre que se mueve de acuerdo con su voluntad o un mero autómata condicionado por los movimientos que ocurren a mi alrededor? ¿Soy acaso el auténtico responsable de mis movimientos y de mis actos, igual que lo soy de mis pensamientos? Y si la respuesta es afirmativa, ¿cómo puede mi alma afectar a mi cuerpo? En otras palabras, si el yo es sustancia pensante y el cuerpo es sustancia extensa, ¿cómo es posible la comunicación entre estas dos sustancias heterogéneas entre sí?


Descartes, en su Tratado del hombre, intentó dar solución a este problema con una respuesta tan famosa como insatisfactoria: el punto de conexión entre el alma inmaterial y el cuerpo físico está alojado en una pequeña parte del cerebro, la glándula pineal, que interactúa con el cuerpo gracias a unas partículas diminutas, los espíritus “vitales o animales”, que circulan por la sangre a todo el cuerpo.


Esta contestación no satisfizo a los seguidores de Descartes, que formularon numerosas alternativas para garantizar el libre albedrío en un mundo mecanicista, es

decir, en un mundo formado por partículas materiales que interactúan dinámicamente entre sí en un espacio lleno en virtud de un conjunto de reglas o leyes perfectamente determinadas.


Una de las respuestas más sorprendentes fue la de los ocasionalistas, según los cuales la única forma de mantener la libertad humana consiste en sostener que Dios, conociendo nuestros deseos de realizar una determina acción, crea a cada instante un mundo nuevo en el cual todos los elementos que lo componen toman una configuración relacional que permite desarrollar –a modo de fotogramas- el movimiento deseado.


Esta no es sino una de las numerosas respuestas que los modernos intentaron ofrecer al desafío de Descartes, conocido actualmente como “problema mente-cuerpo” y que no ha perdido la menor vigencia.

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