El mito de la caverna de Platón

Explicación detallada del célebre mito platónico de la caverna


En el diálogo República, Platón avanza en su teoría del conocimiento y establece una correlación entre los tipos de saber y los tipos de entidades que existen en la realidad, distinguiendo entre lo “realmente real” que corresponde al conocimiento de las ideas y lo “aparente” que corresponde al ámbito de las opiniones. Para explicar esta nueva concepción del conocimiento, Platón desarrolla tres símiles gracias a los cuales ejemplifica el sentido de su teoría.


El primer símil es el del Sol, en el cual identifica la idea de Bien con el astro que ilumina la naturaleza. En la misma medida en que la luz del sol permite ver las cosas que hay a nuestro alrededor, la idea de Bien ilumina todas las demás ideas y permite, con ello, el conocimiento verdadero.


El segundo símil es el de la línea y el tercero es el famosísimo mito de la caverna.



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La caverna y el conocimiento




El mito de la caverna es una de las más célebres narraciones ficticias que Platón empleó para explicar su teoría del conocimiento, en el cual distingue entre dos mundos y dos tipos de conocimiento.



En la región más profunda de la caverna encontramos varios prisioneros atados de pies y manos que no pueden girar su cabeza y que sólo pueden ver la pared que tienen delante en la cual se proyecta un conjunto de sombras. Estas sombres se refieren metafóricamente a las imágenes reflejadas en el agua y en los espejos del símil de la línea y, por tanto, corresponden al nivel de la imaginación.



Detrás de los prisioneros hay un conjunto de personas que avanzan portando objetos que son iluminados por un fuego, siendo, por ello, tales objetos el origen de las sombras que se proyectan sobre la pared. Estos objetos físicos iluminados corresponden a las realidades físicas del símil de la línea respecto de las cuales sólo cabe la opinión.


Uno de los prisioneros se libera de sus cadenas y consigue ver que lo que él tomaba por verdaderos seres y verdadero conocimiento eran meras imágenes – simple imaginación- de los objetos reales que tenía detrás. Sin embargo, el prisionero no se limita a permanecer allí sino que comienza a ascender hasta la salida de la caverna.


En el primer momento cuando el prisionero entra en contacto con la luz se ciega, metafóricamente llega al conocimiento matemático que parece tener un límite que no permite mirar más allá: los axiomas. Pero el prisionero no se rinde, persevera y, con el paso del tiempo, sus ojos se acostumbran a la luz y son capaces de ver lo “realmente real” es decir, el sol (la idea de Bien) iluminando la verdadera realidad (las ideas), momento en el que toma conciencia de que todo lo demás eran meras copias derivadas de este mundo auténtico.


Llegado a este punto, al prisionero -ya convertido en filósofo- le caben dos posibilidades: quedarse contemplando el mundo de las ideas o volver a bajar para avisar de su descubrimiento a sus antiguos compañeros.

Para Platón, el filósofo tiene el deber ético de regresar.


Evidentemente cuando vuelve a entrar en la cueva sus ojos son incapaces, al principio, de ver nadada porque acostumbrados a la claridad de las ideas se vuelven torpes en el mundo de lo inferior. Aquellos que lo ven vacilante e incapaz de desenvolverse con facilidad lo toman por tonto. Finalmente, al llegar ante sus compañeros y contarles lo que ha visto logra despertar diversas reacciones.


Algunos deciden liberarse y comenzar su propio camino de búsqueda mientras que otros lo desprecian y prefieren seguir contemplando su mundo de sombras. De hecho, la posición del filósofo resulta tan molesta para algunos que no sólo sienten indiferencia ante sus palabras sino un odio irrefrenable por haber alterado su existencia confortable con la duda de una verdad superior.


Evidentemente, la narración tiene referencias directas a Sócrates y a su muerte injusta a manos de aquellos ciudadanos que él quiso conducir hacia la verdad.

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