Arthur Schopenhauer: filosofía

Análisis detallado de los puntos centrales que caracterizan la propuesta filosófica de Arthur Schopenhauer


Schopenhauer nació en Dantzig en el año 1788, y fue hijo de un rico banquero hecho que le permitió pasar los primeros años de su juventud en viajes y dedicado al comercio, hasta que en 1809 se entregó al estudio de la medicina y ciencias naturales en la universidad de Gotinga. Tras la muerte de su padre, quien deseaba que Schopenhauer se dedicara al negocio familiar, pudo iniciar sus estudios de filosofía, los cuales culminaron con la concesión de una plaza de profesor en la universidad de Berlín, plaza que muy pronto perdió debido a la falta de alumnos provocada por la atracción de las clases de Hegel.



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EL MUNDO COMO VOLUNTAD

Y REPRESENTACIÓN



La obra fundamental y principal de Schopenhauer – aunque podemos encontrar algunos otros opúsculos de menos importancia- es El mundo como voluntad y representación. Estos dos términos marcan el núcleo de su filosofía, de ahí que su estudio nos permita comprender la originalidad de su propuesta.


LA REPRESENTACIÓN


Schopenhauer tomó de Kant la diferencia entre lo que percibimos (fenómeno) y la cosa en sí (noúmeno). El mundo que percibimos no es sino el resultado de nuestras representaciones. «Todo lo que existe, existe para el pensamiento.»


Pero, a diferencia de Kant, Schopenhauer entiende que tenemos un modo de acceder al noúmeno, a la cosa en sí. «Nosotros mismos somos la cosa en sí.» Si por el intelecto accedemos al fenómeno, por el cuerpo podemos acercarnos a la cosa en sí. En este sentido, si bien el conocimiento de que todo lo que nos rodea es puro fenómeno y representación (y por tanto, en realidad no es nada sino una mera ilusión) existe la posibilidad de alcanzar un verdadero conocimiento que no es un conocimiento intelectual o racional, sino un conocimiento sintiente aconceptual de la vida. (Por ejemplo cuando sentimos latir nuestro corazón).



LA VOLUNTAD


Para Schopenhauer la filosofía consiste en conocer la esencia verdadera e íntima del mundo escondida tras los fenómenos y apariencias e identificable con lo que Kant denominaba la cosa en sí. El método único para llegar a este conocimiento, y las fuentes verdaderas de la metafísica misma, deben buscarse en la experiencia, tanto externa como interna.



Los fenómenos todos que percibimos, los diferentes individuos y seres particulares que observamos en el mundo, son efectos, evoluciones, fases, productos de una esencia única, que es la voluntad, la cual existe y se manifiesta como fuerza inconsciente en unas cosas, y como fuerza consciente en otras.



Los minerales con sus fuerzas químicas, las plantas, los animales, el hombre y en

general, todas las cosas con sus gradaciones y diferencias, son resultado y representan objetivaciones de esa fuerza o esencia única que Schopenhauer denomina voluntad.


Esta voluntad se manifiesta como fuerza consciente en el hombre y es por su misma esencia una fuerza viva, un esfuerzo enérgico y permanente, no sólo para existir y vivir, sino para acrecentar la existencia y la vida. Este “deseo de vivir” es lo que lleva al ser humano a la lucha por satisfacer sus necesidades. Sin embargo, de la misma satisfacción de una necesidad surge, espontáneamente, una nueva necesidad que lleva consigo nuevos impedimentos, y, por consiguiente, nuevos dolores: el dolor o sufrimiento existe mientras que la necesidad o deseo no son satisfechos y los deseos

en el ser humano no tienen fin.


Luego la vida del hombre, vida que se resume en la volición y deseo, es una serie continua e inevitable de sufrimientos. La sed inextinguible de felicidad y dicha que acompaña a los actos de la voluntad, sin poder conseguirla jamás,es un esfuerzo continuo para llegar al bien o descanso perfecto, el

cual huye y se aleja siempre.


En este sentido, el verdadero conocimiento que el ser humano puede alcanzar es aquel según el cual su fin ha de consistir en la anulación de todos sus deseos, es decir, la destrucción y aniquilamiento de la voluntad, y, por consiguiente, de la vida y del ser que radican en ella: la extinción de la vida, la desaparición y aniquilamiento (nirvana) de la existencia individual.


Las tres consecuencias fundamentales de este planteamiento son las siguientes.



1. La verdadera Filosofía es ateológica por su misma naturaleza; porque nada sabe ni puede saber acerca de la existencia de un Dios personal y ultramundano, cuya idea, lejos de ser innata o connatural al hombre, como pretenden ciertos filósofos, es resultado de la educación y de la enseñanza.



2. La filosofía rechaza la distinción substancial y la oposición vulgar entre el espíritu y el cuerpo. Las palabras alma y espíritu son palabras vacías de sentido, toda vez que la experiencia nada nos dice sobre su naturaleza y existencia. La palabra espíritu sólo es aceptable si con ella se quiere significar una inteligencia, pero no una inteligencia como función de una substancia simple e inmaterial, sino como una de las funciones del cerebro, a la manera que la digestión es una función del estómago.



3. La metafísica, cuyo objeto es la interpretación de la vida, o sea el conocimiento de la esencia y del término de la vida, constituye una necesidad esencial de la naturaleza humana, necesidad que la filosofía satisface con respecto a los hombres de la ciencia, mientras que para los seres humanos que no poseen conocimientos filosóficos, dicha necesidad es satisfecha con la religión.


De aquí se desprende que las diferentes religiones positivas pueden considerarse como formas alegóricas y soluciones místicas del problema filosófico, y constituyen, por decirlo así, la metafísica del pueblo.



El universo o mundo sensible, única realidad que existe para la filosofía que no

reconoce más método de investigación ni más criterio de verdad de la experiencia, entraña dos modos de existencia: la existencia ideal o fenomenal, y la existencia real u objetiva. En el primer concepto, la existencia del mundo coincide y se identifica con la representación que de él formamos en nuestro interior, puesto que las cosas son y existen para nosotros según el modo en el que las pensamos.


Por tanto, es posible concluir que el mundo, o lo que llamamos “mundo”es mi representación. La voluntad, por su parte, que constituye la realidad única y la esencia interna del mundo es una fuerza infinita, pero instintiva, una tendencia necesaria y ciega a vivir.


En este sentido, los diferentes seres que pueblan el mundo son la objetivación sucesiva de esa fuerza-substancia.


Toda vez que el dolor y los sufrimientos son inseparables de la vida humana,

manifestación y producto de la voluntad en el hombre se sigue que la vida es

esencialmente dolor y que éste sólo puede desaparecer desapareciendo la voluntad, que es su origen y su razón suficiente.

El destino final o desideratum del hombre, la única felicidad a que puede aspirar, es la extinción nirvánica de la vida, es decir, la negación y la muerte de la voluntad y de su actividad, condición indispensable para llegar al descanso verdadero y lograr la exención del dolor y los sufrimientos.



Esta experiencia nirvánica ofrece al hombre un conocimiento de tipo no teórico ni intelectual sino moral: la compasión derivada del conocimiento obtenido tras la disolución del yo. En la medida en que el ser humano comprende que tanto el mundo como su propia individualidad es una mera representación, es decir, una ilusión y que el único y verdadero motor de la vida es la voluntad, comprende al mismo tiempo que la única posición moral con sentido es la de la compasión.



Aquello que da verdadera dimensión a la vida es esa experiencia nirvánica, semejante a la muerte, y gracias a la cual el hombre comprende la verdadera esencia de lo real.


Cuando el individuo alcanza la iluminación ya no se mueve por la necesidad sino que nace en él el amor compasivo. Es decir, este tipo de individuo ya no busca satisfacerse en nada sino sólo evitar el dolor en los otros. Cuando surge este amor compasivo, la voluntad comienza a representar cada vez menos para el sujeto. Pero si el cambio culmina definitivamente lo que se produce es la eliminación total de la propia voluntad.


Es decir, mientras existe el amor compasivo, mientas ayudo a los demás

todavía queda un residuo de voluntad en mí, pero cuando se llega al final ,se elimina la voluntad de vivir hasta en su misma raíz biológica, es decir, el amor compasivo llevado hasta el final acaba generando el dejarse morir. No se trata del suicidio –porque el suicidio sigue expresando voluntad de vivir- sino aquello que hacen muchos santones: una vez lograda la iluminación llega un momento en el que abandonan la colectividad, desaparecen en la selva y se dejan morir sin ninguna afirmación ni voluntad positiva. Ésta es la redención.

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