Aristóteles y la felicidad

Exposición detallada de la definición aristotélica de la felicidad y del camino esencial para alcanzarla tal como el filósofo griego lo expone en sus tratados de ética

El primer pensador perteneciente a la tradición filosófica occidental que desarrolló una ética de gran impacto sobre el pensamiento antiguo, moderno, medieval y contemporáneo vivió nada más y nada menos que en el siglo IV a.C., hace unos 2300 años, y a pesar de tal distancia temporal, nos ha legado una obra que ha sido protegida, copiada, traducida, editada, valorada y mimada durante dos milenios por todas y cada una de las civilizaciones que se han sucedido en la vanguardia del pensamiento europeo occidental: romanos, cristianos, judíos, árabes, renacentistas junto a los todos los contemporáneos han reconocido la inmensa grandeza e importancia de la Ética a Nicómaco.


Este libro redactado por el macedonio Aristóteles, discípulo de Platón y maestro del gran Alejandro Magno, es considerado como el mejor libro de ética jamás escrito pues en él se condensa la más brillante, clara y certera definición de la naturaleza humana.


A la ética, Aristóteles dedicó tres tratados:


- Magna moralia

- Ética a Eudemo

- Ética a Nicómaco



Antes de continuar con nuestro estudio de la felicidad en la ética de Aristóteles, si estás interesado en cuestiones relacionadas con el comportamiento humano, los resortes de la acción y el análisis ético, te recomendamos este magnífico curso online en el que se aborda la visión de los tres más importantes e influyentes pensadores que han desarrollado su obra intelectual en torno al problema de la voluntad, la consciencia y la libertad.


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Siendo la tercera la joya de todas las bibliotecas, tanto de las villas romanas como de los palacios árabes o las grandes bibliotecas renacentistas.

Magna moralia, a pesar de su título, es sin embargo de las tres la más breve y junto a la Ética a Eudemo supone un resumen breve de las ideas que Aristóteles desarrolla en toda su plenitud en la Ética a Nicómaco.


¿Pero qué esconde este libro que lo hace tan especial y por qué, tristemente en nuestros días hay tantas personas que no han oído jamás hablar de él?

Toda la reflexión de Aristóteles en este tradado gira en torno a la definición del camino adecuado capaz de poder llevar al hombre a la vida buena, digna y agradable de ser vivida.

Sin embargo, como tendremos ocasión de comprobar a lo largo del curso, dicha búsqueda no es reductible a un librito de 30 hojas con frases motivadoras, sino que forma parte de toda una ciencia, es decir, constituye una auténtica disciplina intelectual que requiere un enorme esfuerzo racional para su desarrollo y a cuyo desafío han respondido las mentes más grandes que ha dado la humanidad.


Así que os invito que, me acompañéis en este viaje destinado a conocer qué han conseguido descubrir, aquellos que han dedicado literalmente su vida y su talento a este inmenso y capital problema, comenzando con el príncipe de la filosofía, Aristóteles.

Antes de entrar en la gran Ética a Nicómaco vamos primero a leer algunos pqueños fragmentos de la ética a Eudemo en los que podremos ver de forma más sencilla y clara el modo en el que Aristóteles inicia el abordaje de este problema y la extrema dificultad que implica.


“Habiendo pues tomado conocimiento (…) de que todo el que es capaz de vivir según su propio albedrío se fija una meta para conducir su vida: honor, fama, riqueza o saber, y, poniendo en ella los ojos, lleva a cabo todos su actos (…) es necesario en primer lugar y sobre todo, determinar en uno mismo, sin precipitación ni ligereza, en cuál de estas cosas consiste el vivir bien y cuáles son las condiciones sin las que no es posible que el vivir bien se dé entre los hombres. (…)


Muchas son las causas de disensión acerca de la buena vida, de lo que es y de los medios por los que surge. (…)

Ahora bien, pasar revista a todas las opiniones que tienen algunos sobre ella es superfluo –muchas, en efecto, se dejan oír entre los chiquillos, los enfermos y los locos, por las cuales nadie que tuviera juicio se inquietaría, pues éstos no precisan de razonamientos, sino unos, de edad para cambiar, mientras que otros de corrección médica o política – e igual que ocurre con éstas, tampoco hay que pasar revista a las de la mayoría, pues ésta habla a la ligera casi sobre cualquier cosa, y sobre todo acerca de la felicidad. Hay que examinar únicamente las opiniones de los sabios, pes está fuera de lugar ofrecer un razonamiento a los que no necesitan de razonamiento, sino de experiencia.”





¿DEPENDE LA FELICIDAD DE NOSOTROS?

Así, dejando a un lado el modo de proceder del vulgo, o de cualquiera de nosotros cuando nos tomamos un café, toca arremangarse, tomarse el problema en serio y empezar a pensar a hacer filosofía.


Pero antes siquiera de meter un solo pie en la ética hay que preguntarse, no vaya a ser que hagamos el ridículo, si la buena vida está en manos del hombre, si le es alcanzable. Es decir, si la buena vida forma parte de ese tipo de cosas respecto de las cuales el ser humano puede considerarse agente, pues podría ocurrir que fuera algo que no esté en nuestra mano sino que sea cosa de la suerte y el azar.

A ver si desde pequeños nos han dicho que podemos hacer lo que queramos con nuestra vida y que esto sea sólo un cuento chino. Así, sigue Aristóteles:


“Asmismo es conveniente no pasar por alto (…) aquellas cosas a las que se debe dirigir toda investigación: qué es lo que posibilita participar de la buena vida (…) y la esperanza que se puede tener en conseguir cada clase de bienes.

Pues si vivir honestamente consistiera en las cosas que resultan de la fortuna o de la naturaleza, sería desesperanzador para muchos – pues su consecución no resulta del esfuerzo, ni depende de éstos ni de su actividad- más si consistiera en una cierta cualidad propia y en las acciones personales, la buena vida sería más común (…) porque más gente participaría de ella.”


De nuevo, antes de comenzar a hacer ética aparece un problema ontológico, es decir, un problema relativo al ámbito de lo que podemos y lo que no podemos hacer, o lo que es lo mismo, el debate de la determinación y la indeterminación.

Si todo está ya predefinido, la buena sólo está reservada para aquellos que han nacido en el momento y lugar adecuados y si ello es así no hace falta que los devanemos más los sesos. O tienes suerte y puedes disfrutar de una agradable estancia temporal en la tierra o si no la tienes te fastidias. No hay más que pensar.

En cambio si hubiera un pequeño resquicio para el poder de la acción humana, puede que los condicionantes externos no sean completamente decisivos.

Si somos deterministas absolutos, aquí terminará para nosotros la ética. Si no, y queremos presuponer algo de libertad podemos continuar.

Pero sigamos leyendo a Aristóteles:


“Anaxágoras de Calzomene (…) preguntado quién era el [hombre] más feliz respondió: “Ninguno de los que tú crees, sino alguien que te parecería insólito”.


Ciertamente, como veremos a lo largo de esta segunda parte de nuestro curso, el camino de la vida digna y el modelo de hombre dichoso popuesto por Aristóteles no coincide con nada de lo que a cada uno se nos pueda ocurrir, nada de lo que dicen los libros de autoayuda ni la opinión popular, sino alguien completamente insólito.


“Él contestó de este modo al ver que quien le preguntaba suponía que era imposible alcanzar este calificativo sin ser grande, bello o rico. (…) Ahora bien, no es fácil juzgar correctamente acerca de muchas otras cuestiones, pero sobre todo acerca de aquella que les parece a todos que es la más fácil y que conocerla es propio de cualquiera: cuál de ñas cosas en las que consiste el vivir es preferible y con cuál uno tendría saciado el deseo si la consiguiera.”

En nuestos días fama, dinero y poder son los tres valores mayoritariamente aceptados como principales conductores a una buena vida, pero la cosa no es tan sencilla. Qué tipo de cosas hacen la vida feliz y digna, es algo que merece un poco más de reflexión. Y atentos a lo que nos dice ahora Aristóteles, unas ideas que vemos que contrastan con nuesta moral ya muy marcada por la historia posterior a la etapa griega:


“(…) muchas de las cosas que acontecen son de la clase de cosas por cuya causa los hombres abandonan la vida, como por ejemplo las enfermedades, los dolores excesivos o las tempestades, de modo que es evidente que, si alguien nos diera la elección, sería preferible desde un principio, al menos por estas causas no haber nacido.”


Idea muy típicamente griega, la vida en sí misma para ellos no tiene un valor por sí misma. Para los griegos, como lo será posteriormente para los cristianos, la vida no es sagrada en sí misma y por sí misma, sino que su mantenimiento es condicional. Un individuo sólo debe permanecer en ella mientras esta sea digna de ser vivida y esta “digndidad” en la mentalidad griega consiste en cumplir unos requisitos muy diferentes a los de nuestra moral actual. Lo veremos, poco a poco, ahora sólo estamos introduciendo las primeras ideas de contacto con Nietzsche.


La diferencia existente entre nuestra comprensión y la visión griega del valor de la vida deriva del impacto que la religión ha tenido sobre cada una de estas dos culturas.

Para los griegos los seres humanos son unos subroductos mugrientos de uno de los momentos de entretenimiento de Zeus, no son la cima de ada. Para los cristianos son la obra magna de Dios.

Pag 62. Frase de Sófocles y Homero.

Nosotros entendemos que una vida de dolor y sacrificio también merece la pena, pero esta es una moral muy muy diferente. Para los griegos el objetivo de la existencia es otro muy distinto y su no consecución hace que la muerte sea preferible. El suicidio ritual era una de las prácticas más comunes, respetadas y valoradas en la sociedad ateniense.

Esta convicción, la que exige unas condiciones determinadas para aceptar la existencia- es la que impulsó también la ciencia griega. Para ellos el ser humano no está destinado al sufrimiento sino que con u inteligencia debe crear un mundo sin dolor, agradable, cómodo, alegre, digno de ser disfrutado. Y sigue Aristóteles:


“Además muchas de las experiencias que no conllevan ni placer ni dolor, y muchas de las que conllevan un placer pero no honesto, son como para que no existir sea mejor que vivir. En una palabra, si alguien reuniera todo lo que el conjunto de los hombres hacey padece, nada de ello ciertamente de forma voluntaria, pues no lo hacen por causa propia, y le añadiera una duración de tiempo ilimitada, no preferiría más por ello vivir que no vivir.

Pero tampoco por el mero placer de la comida o del sexo, excluyéndole los otros placeres, los que el conocer, el ver o cualquier otro de los sentidos proporciona a los hombres, tendría nadie en mayor estima vivir si no es completamente servil. Pues es evidente que para el que hiciera esta elección en nada sería distinto haber nacido bestia u hombre. Así por ejemplo, el buey que en Egipto veneran como Apis tiene a su disposición una mayor abundancia de tales cosas que muchos monarcas.”


Parece ser que la vida feliz necesita un sentido, un objetivo, algo que debe ir más allá del mero placer o de la satisfacción de las necesidades biológicas básicas. Una vida así, siendo seres humanos, a la larga es una vida hueca, una vida vacía y ante todo insoportable porque en ella a la naturaleza humana le falta algo y como consecuencia de ello no puede ser plenamente feliz.


Es decir, que no nos extrañe que aquellos que han elegido tipos de vida en los que sólo se dediquen a satisfacer los rasgos que tenemos en común con los animales, acaben frustrándose y deprimiéndose con el tiempo. Ese modo de vida no es suficiente. Falta algo.

¿Qué será? Todavía Aristóteles no nos lo ha dicho pero, enigmáticamente comienza a señalarnos el camino de eso que todo ser humano necesita, vovluendo de nuevo su mirada hacia el viejo presocrático Anaxágoras

“Por cierto, dice que Anaxágoras respondió a uno que le suscitaba algunas dificultades de este tipo y le preguntaba por qué causa alguien preferiría nacer a no nacer: “Para contemplar – dijo- el cielo y el orden de todo el universo”. Por tanto, él pensaba que era valiosa la elección de vivir por causa de una cierta clase de conocimiento.”



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