Aristóteles: eternidad

Actualizado: 25 de mar de 2019

Explicación detallada de la teoría aristotélica que defiende la eternidad del cosmos


La teoría aristotélica que defiende la eternidad del mundo emerge como consecuencia directa de las premisas fundamentales sobre las que se apoya la caracterización de lo natural.


Tomando como punto de partida el mundo sublunar, hemos de recordar que los entes sensibles y corruptibles son definidos por Aristóteles como compuestos hilemórficos. Tanto la forma como el sustrato subyacente que la recibe –conformando la realidad corruptible de lo natural– son señalados como elementos necesariamente eternos. En este sentido, si bien la región inferior del cosmos está constituida por seres finitos gobernados por cambios incesantes, los constituyentes últimos que los componen y explican son, en sí mismos, indestructibles y eternos.


Esta eternidad, a su vez, se halla directamente vinculada con el movimiento que define esencialmente lo natural. El movimiento, como ya hemos mencionado, es aquello que “aleja del ser a lo que existe”, o mejor dicho, aquello por lo cual lo que existe padece un conjunto de cambios y modificaciones que conllevan como consecuencia final su disolución.




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¿Cómo es esto posible?

La esencia, eterna quietud y perfección, determina un orden estable de las diposiciones definitorias del ser. Sin embargo, la materia, caos dinámico e incontrolable, desordena eternamente toda organización esencial. Debido a esta inestabilidad, todo constructo hilemórfico acaba desmoronándose por efecto del tiempo, o lo que es lo mismo, del movimiento al que irremediablemente se ve sometido.


Son, por tanto, el movimiento y la inclinación de la materia a la indeterminación los responsables últimos que impiden una permanencia cronológicamente ilimitada de los entes sensibles en el ser. Pero si los constituyentes que conforman este mundo son eternos y la interacción entre ellos es, a su vez, una actividad no limitada temporalmente, la existencia total del mundo sublunar considerado como un contenedor de entidades finitas, ha de ser tenida también por necesariamente eterna. De lo contrario, habría que admitir, en un momento determinado del tiempo, la posible destrucción absoluta de la materia y la forma o el cese de su relación recíproca.

Parece claro, por tanto, que el mundo sublunar aristotélico está igualmente, y de modo necesario, transido por la estabilidad que confiere la eternidad.


No es la destrucción final de todo ente sensible aquello que caracteriza fundamentalmente el mundo de lo móvil sino la posibilidad de hallar en él, bajo el incesante proceso de las mutaciones, una identidad explicativa fundamentada en la permanencia eterna de los elementos últimos. El cosmos físico aristotélico es una armoniosa combinación de eternidad y finitud en la cual la generación y la corrupción son producto del baile vibrante de dos realidades temporalmente ilimitadas cuya unión estable termina sucumbiendo con el tiempo. Forma y materia acaban divorciándose pero no para vivir separadas, sino para volver a encontrarse bajo un nuevo aspecto.


Es, precisamente, esta manera de concebir el mundo físico como algo relativamente estable lo que posibilita la ciencia aristotélica de lo natural. Si bien es cierto que los seres individuales nacen y mueren, los constituyentes últimos que los conforman perduran. Con ellos se conservan las cualidades y rasgos propios de cada elemento de tal forma que, a pesar de la disgregación individual, siempre se conserva el mismo modelo o patrón de desarrollo.

La eternidad de las esencias y, con ello, de las especies de cada tipo de entidad hacen que, una y otra vez, lleguen al ser individuos de la misma especie, dotados de una definición que les obliga a comportarse y experimentar los mismos fenómenos y a reaccionar ante ellos siempre de la misma manera. La interacción de lo accidental sólo hace que no haya una sucesión constante de lo idéntico permitiendo la aparición de las ligeras variaciones diferenciales que hemos estudiado.


En definitiva, si existen siempre los mismos elementos estructurales y si no hay cabida para la configuración de otros nuevos, la naturaleza se regirá de modo sempiterno por las mismas leyes, sin importar la configuración concreta que adquiera en cada momento singular del tiempo.


En el mundo sublunar, la eternidad permanece velada en lo íntimo de la naturaleza de las criaturas siendo necesario apelar a la composición última de los seres para comprender su presencia. Sin embargo, por encima de la esfera de la Luna ésta se muestra en todo su esplendor. La región superior del cosmos, constituida por seres e ingredientes distintos a los del mundo corruptible, aglutina las explicaciones últimas que justifican la eternidad total del mundo.

Los motores supracelestes y los astros insertos en las esferas son caracterizados por Aristóteles como perpetuos. La materia que les es propia, el sutilísmo éter, primero de los elementos corpóreos, les otorga un conjunto de características únicas que determinan su posición en la jerarquía física del cosmos: movimiento circular perfecto, carencia de gravedad o levedad, imposibilidad de experimentar aumento o disminución y, lo más importante: ingenerabilidad e indestructibilidad.


En el vibrante cosmos aristotélico, el dinamismo que anima y permite las mutaciones de la región sublunar es remitido al movimiento eterno de las translaciones superiores. En efecto, el movimiento eterno –y sin fin en el espacio– de las esferas celestes rotantes es señalado por Aristóteles como el principio del movimiento de todas las cosas. Pero si se admite la eternidad del movimiento, el tiempo –entendido por el Estagirita como número del movimiento– es igualmente eterno, hecho que conlleva, como veremos, el rechazo total de cualquier tipo de generación o destrucción absolutas y la caracterización consiguiente del universo como una totalidad ingenerable e indestructible.





Eternidad de los principios y procesos de generación




En el tratado de la Física, Aristóteles defiende la idea de la necesaria eternidad del cosmos en los primeros capítulos del libro, allí donde analiza los rasgos fundamentales de los principios que gobiernan lo natural y rigen el modo de llegar a ser de las cosas. Frente a la posición de Meliso, según la cual todo lo que ha llegado a ser ha de tener necesariamente un comienzo, el Estagirita sostiene que tal afirmación es absurda al igual que toda posición que postule un comienzo del tiempo, de la generación absoluta o de la generación de las cualidades. “Y también es absurdo suponer que todo tiene un comienzo, no del tiempo, sino de la cosa, y que tiene que haber un comienzo no sólo de una generación absoluta, sino también de la generación de una cualidad.”


La tesis milesia, asumida también por Aristóteles, de que nada llega al ser de lo que no-es impulsó la formulación de distintas teorías, contrarias a las cosmogonías, que negaron un comienzo temporal del cosmos. En esta línea, Anaxágoras habló de cambios únicos en las partículas homeómeras eternas y Empédocles sostuvo la existencia de cambios cíclicos en los elementos, asumiendo que todas las cosas estaban juntas llegando al ser bien por alteración o bien por procesos de combinación y separación.

Si bien Aristóteles coincide con los físicos anteriores en la negación de un inicio temporal del cosmos, no acepta la consecuencia que éstos extrajeron de tal tesis, a saber, la negación de toda generación y destrucción.


Según lo recogido por el Filósofo en el primer libro de la Física, los antiguos consideraron que nada puede generarse o destruirse porque lo generado tendría que llegar a ser o del ser o del no-ser. Pero de lo que es no se puede llegar a ser, puesto que ya se es, mientras que de lo que no-es nada puede que llegar a ser dada la necesidad de un sustrato.


Ante esta problemática, y movido por su deseo de garantizar la realidad del movimiento en el mundo natural, el Estagirita advierte que las expresiones “llegar a ser de lo que es” y “llegar a ser de lo que no es” pueden ser entendidas en más de un sentido (Fís.I 8, 1912b4).


Cuando se trata de cualidades, o de cualquier otra forma de atributo, resulta siempre necesaria la existencia de un sujeto para su llegar a ser, pues éstas siempre se predican de un algo otro, al ser imposible su autonomía existencial respecto de aquello que las ostenta. El tipo de llegar a ser de la cualidad, la cantidad o la relación es, por ello, siempre particular. En cambio, cuando se trata de sustancias, en las cuales se da de modo auténtico y exclusivo la generación absoluta, si bien éstas no se predican jamás de otros sujetos también llegan a ser de un sustrato. Siempre hay, y debe haber, según Aristóteles, algo subyacente del cual procede todo lo que llega a ser.


Entendiendo la noción de llegar a ser en un segundo sentido como “llegar a ser de lo que es en tanto que es” y “llegar a ser de lo que no es en tanto que no es” (Fís.I 8, 191b12-27) –como se dice que el médico ejerce o experimenta algo sólo en tanto que médico– se evidencia la existencia de un llegar a ser accidental en el cual las cosas llegan a ser de la privación.


Para Aristóteles, en sentido absoluto, nada llega a ser de lo que no-es, es decir, no hay una generación absoluta desde la nada. Tan sólo se puede hablar de una generación accidental del no-ser entendido como privación, pero siempre bajo el reconocimiento previo de la existencia de algún tipo de sustrato para este cambio. Exactamente lo mismo debe decirse respecto de la destrucción absoluta ya que si no hay generación de la nada, toda destrucción será también parcial y no comportará un paso absoluto al no-ser.


Habiendo establecido esta condición, por la cual se rechaza la generación y destrucción absolutas y se subraya la necesidad de un sustrato subyacente y anterior a toda generación, Aristóteles comienza la tarea de localizar, de modo detallado, el lugar de la eternidad en su sistema físico, tomando como punto de partida los principios que gobiernan lo natural.


Nuestro filósofo establece, como características necesarias de los principios, el hecho de que no puedan provenir de otras cosas porque son primeros, ni provenir unos de otros porque son contrarios. Los principios, por tanto, por ser primeros son ingenerados. No hay nada anterior a ellos que pueda ser considerado como origen de los mismos ni tampoco pueden ser tenidos unos por causas de los otros.


Todo lo que llega a ser –todo lo susceptible de generación y destrucción–, proviene de su contrario o de algo intermedio y todo lo que se destruye, lo hace en su contrario o en algo intermedio no habiendo, de nuevo, ni generación a partir de la nada ni destrucción absoluta en la nada. Por ello, los entes pueden clasificarse, desde este punto de vista, en dos tipos: contrarios o procedentes de contrarios. De ello se sigue que los contrarios –como principios– deban permanecer siempre como exigencia de posibilidad de la existencia de los otros tipos de seres.


Los primeros principios, a su vez, no pueden actuar unos sobre otros, no pueden alterarse ni son, en sí mismos, sustancia de ninguna cosa. Estas tres restricciones se deben a razones evidentes: los principios no deben poder afectarse mutuamente porque cualquier tipo de modificación alteraría su capacidad de operar poniendo en peligro los procesos por ellos gobernados.


Es decir, si uno de los principios pudiera obrar cambios en su contrario o tuviera la fuerza suficiente como para anularlo, acabaría al mismo tiempo con todo el proceso de las mutaciones basado, en el sistema aristotélico, en el cambio entre contrarios. Si los cambios se detienen, porque uno de los contrarios ha desaparecido por efecto del otro, entonces todo el cosmos comenzaría un proceso lento hacia el reposo absoluto. Este reposo implicaría la anulación de todos los cambios y movimientos, no sólo de los desplazamientos locales o las alteraciones de las cualidades sino, lo que es más grave, de la generación y la destrucción.


En segundo lugar, si los principios no pueden afectarse mutuamente pero su naturaleza es, al mismo tiempo, la de obrar sobre un otro, surge inmediatamente la necesidad de que, bajo ellos, exista algo distinto sobre lo que puedan actuar. Esta tercera naturaleza, operada por los principios eternos, debe ser, a su vez, un sustrato igualmente eterno dado que la acción de los principios es constante y debe haber, por ello, un objeto pasivo de la actuación de los primeros. De aquí se sigue que la eternidad es rasgo característico también de los principios activos y pasivos que constituyen lo natural.


Fuente: Minecan, Ana Maria C., Fundamentos de física aristotélica, Ediciones Antígona, 2018.