Aristóteles: el espacio y la noción de lugar

Explicación detenida de la teoría aristotélica del espacio y su concepción de la noción de lugar



¿QUÉ ES EL ESPACIO EN ARISTÓTELES?




La noción aristotélica de espacio resulta extraña y difícilmente comprensible debido la evolución significativa que este término ha experimentado a lo largo de la historia de la ciencia occidental. Comúnmente solemos concebir el espacio como algo completamente independiente de las cosas, hasta el punto de hablar con toda naturalidad de “espacios vacíos”. Esta idea, sin embargo, resultaba errónea para Aristóteles ya que su teoría implica una noción puramente relacional de espacio según la cual éste no es algo que tenga, en sí mismo, una consistencia ontológica propia.


El estudio del espacio o, dicho en palabras del Estagirita, de la noción de lugar constituye uno de los ejes vertebradores de la filosofía natural aristotélica[1], ocupando cinco extensos capítulos del libro IV de la Física. La importancia concedida a este problema se evidencia allí donde Aristóteles vincula el lugar con los entes y con el tipo de movimiento más común en la naturaleza: “El físico tiene que estudiar el lugar [...] si es o no es, de qué modo es, y qué es. Porque todos admiten que las cosas están en algún “donde" (lo que no es no está en ningún lugar, pues ¿acaso hay un “donde" para el hircociervo o la esfinge?) y porque el movimiento más común y principal, aquel que llamamos “desplazamiento” es un movimiento con respecto al lugar.” (Fís.IV 1, 208a1-5)



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Frente a las distintas opiniones, vulgares o provenientes de diversas teorías físicas rivales, Aristóteles rechaza toda posibilidad de comprender el lugar como algún tipo de entidad absolutamente distinta y separada de las cosas o como algo que forma parte de las cosas mismas. Es decir, el Estagirita refuta cualquier definición sustancialista del espacio como entidad separada, así como cualquier intento de identificarlo con la forma o la materia.


Según Aristóteles, el espacio posee tres dimensiones –longitud, anchura y profundidad– pero, a pesar de compartir esta característica con todos los cuerpos físicos, no puede ser un cuerpo porque si lo fuera tendríamos que admitir la posible coexistencia de dos cuerpos en un mismo punto: el espacio y el cuerpo que lo ocupa. Para albergar cuerpos, por tanto, el espacio no puede ser un cuerpo.


Pero si no es un cuerpo, podría pensarse la posibilidad de que el espacio estuviera constituido por algún tipo de elemento inmaterial. Sin embargo, de las cosas inteligibles no puede surgir ningún tipo de magnitud porque lo inmaterial, en sí mismo, no la puede tener. Pero el espacio debe tener obligatoriamente magnitud en virtud de su tridimensionalidad, de ahí que tampoco se pueda considerar como algo formado por una sustancia inmaterial.

Por otro lado, al lugar no se le puede atribuir ningún tipo de efecto causal ya que no actúa ni como materia de las cosas, ni como forma, ni como fin y tampoco como causa de su movimiento.



No es posible establecer tampoco una identificación del lugar con la materia y la forma porque éstas no son separables de las cosas mientras que el lugar sí puede serlo. ¿Qué es, entonces, el lugar? Aquello que inicialmente nos parecía claro y evidente, pasa a mostrarse como algo confuso y difícil de definir. " [...] decir qué es el lugar es algo que presenta muchas dificultades, porque si se lo considera según todas sus propiedades no parece ser lo mismo. Además, nada nos ha llegado de nuestros predecesores, ni una exposición de las dificultades, ni una solución de las mismas." (Fís.IV 1, 208a35-208b5).


La existencia del lugar o espacio es irrefutable para Aristóteles y puede demostrarse haciendo referencia a un conjunto de fenómenos que nos permiten inferirla sin dificultad. La primera prueba se halla en el modo en el que unos cuerpos son sustituidos por otros. Cuando vemos que en un punto en el que antes había aire –un recipiente vacío, por ejemplo– ahora hay agua, comprendemos que el mismo y único espacio puede ser ocupado por cuerpos muy diferentes en momentos distintos, hecho que nos lleva a entender que, de algún modo, el espacio es distinto de las cosas que lo ocupan y que permanece con indiferencia del cuerpo concreto que lo esté llenando en un momento dado.



La segunda prueba deriva de la teoría de los lugares naturales y señala que todos los cuerpos tienden libremente a ocupar unos puntos del espacio determinados dependiendo de su composición material. Los cuerpos graves y pesados se desplazan hacia abajo mientras que los ligeros se estratifican según su composición alrededor del centro del universo. Esto llevaría a pensar, según Aristóteles, que el espacio tiene algún tipo de poder sobre los cuerpos aunque, de hecho, ello no sea así porque la dirección que estos dibujan no es causal sino derivada de su constitución ontológica. Es decir, son las cosas en virtud de sus movimientos propios las que nos permiten reconocer el arriba y el abajo ya que no hay ningún tipo de determinación espacial previa a las mismas.



Aristóteles insiste en la idea de que, propiamente, no se puede concebir un espacio sin cosas. “Así, por estas razones, se ha supuesto que el lugar es algo distinto de los cuerpos y que todo cuerpo sensible está en un lugar. Y podría parecer que Hesíodo hablaba con razón cuando hizo del Caos la realidad primordial [...] como si tuviese que haber un espacio primordial para las cosas, pues pensaba, con la opinión común, que todas las cosas tienen que estar en un dónde, tener un lugar. Si así fuera, el poder del lugar sería algo maravilloso, anterior a todas las cosas; porque aquello sin lo cual nada puede existir, pero que puede existir sin las cosas, sería necesariamente la realidad primaria." (Fís.IV, 1, 298b27-209a)


El espacio debe ser comprendido, por tanto, como un concepto puramente relacional que no es una cosa, que no está en las cosas pero que tampoco existe, en sentido absoluto, de forma separada. El lugar no es, para Aristóteles, más que aquello que contiene las cosas o, como señala más adelante, aquello común en lo cual están todos los cuerpos.



Si el lugar es separable no puede considerarse ni como un estado ni como una parte de la cosa (Fís.IV 2, 209b26) y, por tanto, no puede ser ni la materia ni la forma pues ambas, por definición, no son separables de las cosas ni tampoco las contienen. De la materia y de la forma se dice más bien que están en la cosa puesto que cambian y se mueven junto con ella. Pero si el lugar estuviera en la cosa habría que decir que el lugar está en un lugar (Fís.IV 2, 210a5-7). Sin embargo, esto es absurdo ya que, según Aristóteles, ni siquiera accidentalmente es posible que una cosa esté en sí misma. Por otro lado, si el lugar formara parte de la cosa no sería posible que fuera abandonado por la cosa contenida, hecho que impediría el movimiento local (Fís.IV 4, 211a3). En este sentido, el lugar debe entenderse necesariamente como algo separable de las cosas.


El lugar, añade el Estagirita, tampoco es un cuerpo ni una sustancia sino algo distinto de todos los cuerpos (Fís.IV 1, 208b4-7). Si fuera un cuerpo, ocurriría que dos cuerpos podrían ocupar el mismo lugar, lo cual es imposible. Pero si no es cuerpo, tampoco puede decirse que sea uno de los elementos ni que tampoco esté constituido por ninguno de los elementos corpóreos ni incorpóreos (Fís.IV 1, 209a15-18). El lugar no puede considerarse como una extensión capaz de existir y permanecer por sí misma siendo distinta de la extensión de la cosa porque su propia definición lo liga con las cosas en él contenidas.


En definitiva, el lugar no es otra cosa que el límite (Fís.IV 2. 209b2) del cuerpo continente que está en contacto con el cuerpo contenido, o, lo que es lo mismo, el límite inmóvil de lo que contiene la cosa. Pero si es definido como límite del cuerpo no puede existir sin el cuerpo, sino que mantiene con él una relación indisoluble que, por ser tal, sólo puede existir en tanto que haya cuerpos.


Fuente: Minecan, Ana Maria C., Fundamentos de física aristotélica, Ediciones Antígona, 2018.


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