Aristóteles: definición y clases de movimiento

Actualizado: 11 de abr de 2019

Te explicamos en detalle la definición aristotélica de movimiento y sus clases







Definición y clases de movimiento en la física de Aristóteles



La definición ofrecida por Aristóteles del movimiento combina la estabilidad de lo ente propuesta por Parménides y Platón con la transformación incesante de todo lo existente planteada por los milesios y llevada al extremo por Heráclito. Así, el movimiento, en sentido aristotélico, debe ser entendido como la determinación nunca acabada de las cualidades propias de los entes en tanto que estas están en proceso de modificación.


Todo lo que se halla englobado por la esfera de la Luna está sometido a un constante devenir que, sin embargo, permite un grado suficiente de identidad en la medida en que es posible distinguir entre sustancias y accidentes. De hecho, la propia existencia del movimiento depende de la constatación de la primacía ontológica de las cosas que existen diferenciada y separadamente.


En virtud de esta estabilidad, el Filósofo señala que el movimiento no puede existir de forma independiente sino que es algo que se da en y por las cosas:


“Ahora bien, no hay movimiento fuera de las cosas, pues lo que cambia siempre cambia o sustancialmente o cuantitativamente o cualitativamente o localmente, y, como hemos dicho, no hay nada que sea común a tales cambios y no sea o un «esto» o una cantidad o una cualidad o alguna de las otras categorías. Así pues, no hay movimiento ni cambio fuera de los que hemos dicho, ya que no hay ninguno que se encuentre fuera de lo que hemos dicho.” (Fís.III 1, 200b31-201a3).




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Para que haya movimiento, debe haber sujetos y objetos de dicho movimiento: cosas que se vean modificadas en aspectos que pueden cambiar mientras que otros permanecen estables. Lo que permanece en toda alteración es la sustancia mientras que lo modificado son los atributos o propiedades que esta puede desplegar en virtud de su configuración propia. Tomemos como ejemplo una semilla de girasol. Aquello que siempre se va a mantener intacto en todo cambio es que dicha semilla, precisamente, pertenece a la especie de los girasoles de tal forma que ningún tipo de alteración podrá hacer que en su desarrollo despliegue cualidades propias de una semilla de manzano o de nogal.


Lo que la cosa es, en sí misma, no puede verse alterado de ninguna manera ya que su identidad se basa en la estructura formal que la define y que es, en este sentido, inmóvil. En cambio, todas las cualidades y variaciones que un girasol puede presentar sin dejar de ser tal, son alterables sin perjuicio de la organización intrínseca del ente.


De ello se sigue que habrá tantos tipos de movimiento como modos de ser tengan las cosas. Es decir, si es posible distinguir en las sustancias propiedades como la posesión de un color, un tamaño o una posición en el espacio, todas ellas serán susceptibles de ser alteradas por medio de procesos que se clasificarán en diversos tipos de movimiento: cualitativo, cuantitativo o local.


La constatación de la existencia de una enorme variedad de entes diferenciados que sufren alteraciones no explica, sin embargo, qué es el moverse o el cambiar mismo. ¿Qué se trasforma cuando algo se ve sometido este proceso y en qué medida es posible mantener que algo, simplemente, ha cambiado y no se ha convertido en una cosa completamente distinta? ¿Por qué decimos que es un girasol tanto la semilla como la planta madura y que entre ellas sólo se ha dado un conjunto de movimientos secuenciales y no la aparición novedosa y absoluta de un ser completamente distinto?


La afirmación de la continuidad temporal de la base formal de los entes junto a la introducción de un modo de ser completamente transitivo constituyen las bases últimas de la comprensión aristotélica del movimiento. Para su caracterización definitiva, el Filósofo distingue dos modos de ser: la actualidad y la potencialidad que se dan, simultáneamente aunque no en el mismo sentido, en todas las cosas. Tomando nuestro ejemplo, la semilla es actualmente un fruto y potencialmente una planta madura. Si bien la primera forma de ser es tangible y observable en el momento actual, la segunda, aunque no esté efectuada, constituye una realidad tan estable y definitoria como la primera.


Si desplegamos la definición de lo que significa “ser potencialmente una planta madura”, podemos decir que consiste en medir dos metros, poseer un tallo de color verde y pétalos amarillos alrededor de un centro de frutos negros...etc. Crecer desde el estado de semilla hasta el estado de planta no será sino la actualización progresiva del aspecto potencial del ente mientras dicho aspecto siga siendo potencia y no actualización completa. Es decir, cuando la semilla ya se ha transformado definitivamente en planta madura, ya no decimos que crece –es decir, que cambia–, sino que dicho proceso ha finalizado y el ejemplar en cuestión ha alcanzado una configuración estable.


El movimiento, por tanto, es aquello que se da entre los dos extremos actualizados: la semilla y la planta madura. En palabras del propio Aristóteles “[…] el movimiento es la actualidad de lo potencial en cuanto a tal; por ejemplo, la actualidad de lo alterable en tanto que alterable es la alteración, la de lo susceptible de aumento y la de su contrario, lo susceptible de disminución –no hay nombre común para ambos–, es el aumento y la disminución; la de lo generable y lo destructible es la generación y la destrucción; la de lo desplazable es el desplazamiento." (Fís.III 1, 201a10-15)


Aquello que llamamos movimiento consiste, por tanto, en el proceso en el que se hace actual la potencialidad del ente, es decir, se despliega dinámicamente su capacidad de transformarse, no en tanto aquello que es sino en tanto lo que va a ser. “Que esto es el movimiento se aclara con lo que sigue. Cuando lo construible, en tanto que decimos que es tal, está en actualidad, entonces está siendo construido: tal es el proceso de construcción; y lo mismo en el caso de la instrucción, la medicación, la rotación, el salto, la maduración y el envejecimiento.” (Fís.III 1, 201a16).

Aristóteles no da la espalda a la ineludible dificultad lógica que implica su concepción del movimiento como acto incompleto, sino que la reconoce al indicar que, si bien su existencia es evidente en la observación, en la descripción racional presente un conjunto de problemas que, sin embargo, no invalidan su posición. Es decir, a pesar de que sea difícil definir por medio del lenguaje este extraño proceso intermedio entre dos determinaciones acabadas no puede ser obviado porque, de hecho, ocurre.



La incapacidad de la lógica y del lenguaje de dar cuenta de procesos transitivos no debe llevar a su negación sino al reconocimiento de que hay sistemas complejos que superan su capacidad expresiva: “Una de las razones por las que se piensa que el movimiento es indefinido está en el hecho de que no se lo puede entender en sentido absoluto como una potencialidad o como una actualidad de las cosas; porque ni la cantidad en potencia ni la cantidad en acto se mueven necesariamente. Y se piensa que el movimiento es un cierto acto, aunque incompleto; la razón está en el hecho de que lo potencial, cuya actualidad es precisamente el movimiento, es incompleto.


De ahí que sea difícil captar qué es el movimiento, porque hay que ponerlo o en la privación o en la potencialidad o en la pura actualidad, pero ninguna de estas soluciones parece admisible. Nos queda entonces el modo que hemos indicado, a saber, que el movimiento es una cierta actualidad, una actualidad tal como hemos dicho, difícil de captar, pero admisible.” (Fís.III 2, 201b27-36).

Al igual que ocurría en el caso de Platón y Heráclito, el centro de esta reflexión es la capacidad de establecer discursos verdaderos sobre la realidad. Ambos eligieron el poema y el mito para hablar de la naturaleza, mostrando, con ello, la incapacidad del lenguaje de dar razón de forma precisa de lo que hay. Aristóteles, en cambio, decide no rendirse y distinguir entre lo que se aparece ante nuestros sentidos y lo que podemos abarcar con nuestro lenguaje. Dos mundos diferentes, sin duda, pero necesariamente conciliables si no se quiere caer en el error de ignorar la existencia de uno de ellos.


La infinita capacidad de la razón humana –sobre cuyos excesos Aristóteles llama constantemente la atención– puede construir mundos y explicaciones infinitas, pero su uso correcto no puede abandonar definitivamente el apoyo de los sentidos.


Fuente: Minecan, Ana Maria C., Fundamentos de física aristotélica, Antígona, 2018



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