Aristóteles: los cuatro elementos

Actualizado: mar 12

Explicación detallada de la teoría física aristotélica de los cuatro elementos



Los cuatro elementos en

la física de Aristóteles


La teoría aristotélica de los elementos -tomada de la física de Empédocles- se caracteriza por la defensa su finitud numérica y por su consideración desde dos perspectivas diferentes:

el movimiento y el peso.


Los elementos, tomados desde un punto de vista general, son los cuatro sustratos materiales de los cuerpos naturales

-aire, agua, tierra y fuego-

que poseen un conjunto de propiedades específicas que, en combinación, se transmiten a los cuerpos formados por ellos.

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¿Cuántos elementos existen en la física de Aristóteles?



La primera referencia que hallamos en el tratado de la Física respecto problema del número de los elementos aparece en una brevísima consideración dentro de la refutación de las teorías de Anaxágoras y Empédocles

donde Aristóteles nos dice:


Aunque los dos últimos (Empédocles y Anaximadro) difieren entre sí: para el primero hay cambios cíclicos, para el segundo cambios únicos; para el segundo hay infinitas partículas semejantes y sus contrarias mientras que el primero sólo admite los llamados elementos.”


Los elementos no pueden ser infinitos


Según Aristóteles, existen dos razones principales por las cuales el número de elementos no es infinito.


En primer lugar, es necesario que los elementos sean más de uno pero que ninguno de ellos sea infinito en cantidad.

Si un elemento fuera inferior al otro en una cantidad cualquiera, el elemento infinito prevalecería y destruiría al elemento finito. Es decir, si alguno de los elementos fuese superior a su opuesto en algún sentido, lo anularía.


La importancia de este equilibrio es capital para el sistema físico aristotélico porque los elementos son concebidos en su teoría como “los principios de las cosas” y, en concreto, como los principios del movimiento.


Pero si los elementos no están equilibrados y pueden anularse unos a otros, de tal forma que, por ejemplo, el agua acabe con el fuego, encobres todo el movimiento asociado al fuego desparecería. Ello daría lugar a una reacción en cadena que, poco a poco detendría el movimiento en todo el cosmos. Sin movimiento no hay naturaleza, ni hay vida, así que el equlibrio de las fuerzas contrarias del fuego, el agua, la tierra y el aire es imprescindible en la teoría aristotélica.



En este sentido, si todo movimiento se produce de un contrario a otro, la anulación de alguno de los contrarios implicaría la aniquilación del movimiento y, por tanto, de toda alteración cualitativa y cuantitativa en las cosas naturales.


La tercera razón que explica la finitud de los elementos se apoya en la definición aristotélica de cuerpo. Entendiendo por cuerpo un “compuesto de elementos que se extiende en todas direcciones” si los elementos que constituyen tal cuerpo fuesen infinitos, el cuerpo mismo tendría una extensión infinita en todas las direcciones del espacio hasta el infinito.


Sin embargo, Aristóteles insiste en que no es posible que una cosa pueda ser de cualquier tamaño, restricción que afecta, en la misma medida, a las partes o elementos que la componen.


Todo ente tiene un tamaño máximo tanto en lo que se refiere a la totalidad de su cuerpo como a las partes que lo componen.


Los rasgos de las realidades naturales están regulados por los modelos formales que establecen límites estrictos, dentro de los cuales, cada individuo puede desplegar variaciones respecto a sus distintas afecciones. Si bien hay un margen en lo que se refiere a la información de la materia, este margen no puede sobrepasarse de cualquier manera sino que todo ser natural se comporta –si nada se lo impide– con regularidad dentro del canon marcado por su especie.


No es posible hallar jirafas del tamaño de un ratón ni ratones del tamaño de una ballena, al igual que no es posible encontrar en las cosas que son según la naturaleza miembros desproporcionados en lo que hace a su tamaño. Todos los casos de monstruosidades y anomalías se explican, tal como se detalla más adelante, por la incidencia de causas accidentales.


En el tratado Acerca del Cieloes posible encontrar la exposición más detallada de la teoría aristotélica de la finitud de los elementos. Partiendo de la definición de los mismos como “aquello en que en los demás cuerpos se dividen” y como “aquello que está intrínsecamente presente en ellos bien sea en potencia, bien en acto, siendo ellos mismos formalmente indivisibles en otros cuerpos” (DC.III 3, 302a 16-19) Aristóteles inicia una refutación de las teorías que postulan diversas alternativas a su posición considerando, primero, la posibilidad de que los constituyentes últimos sean infinitos, después, la existencia de un posible único elemento para concluir, finalmente, la necesidad de un número finito y limitado en lo que respecta a estos constituyentes.


En su análisis, Aristóteles parte de su preferencia por lo limitado en el proceso de explicación del mundo físico. Siempre que sea posible alcanzar las mismas conclusiones –tal como lo hacen también los matemáticos– el físico deberá tomar principios limitados (DC.III 4, 302b 27-31) tanto en especie como en número.


Para refutar la primera posibilidad –aquella que sostiene la existencia de un número infinito de elementos– Aristóteles se apoya en la evidencia de la limitación de las diferencias sensibles entre los compuestos (DC.III 4, 302b 31-303a3). Si dos cuerpos se dicen distintos el uno del otro es porque dicha distinción se basa, precisamente, en una apelación a sus diferencias propias. Pero las diferencias que pueden presentar los cuerpos son limitadas porque son limitados sus aspectos sensibles, de tal forma que los elementos que los constituyen y que son, por tanto, los sujetos de tales diferencias, deben ser también necesariamente limitados. Lo mismo ocurre con las distintas figuras que pueden poseer los cuerpos y por las cuáles estos también se distinguen entre sí. Si las figuras no son infinitas, los elementos tampoco serán infinitos (DC.III 4, 303a20).

Rechazada la posibilidad de que los elementos sean infinitos, no queda más que aceptar su limitación. Sin embargo, esta posición plantea otras dos alternativas: siendo limitados, puede darse el caso de que exista un solo elemento o que sean varios.

En la refutación de la primera opción, Aristóteles señala las dificultades derivadas de su aceptación, siendo la más importante la que consiste en sostener que la generación de las cosas se produce por mera rarefacción y condensación. Efectivamente tal es el caso de la teoría propuesta por Anaxímenes, según la cual el aire da lugar al resto de componentes de la realidad mediante procesos de este tipo, tal como recoge Simplicio: “Anaxímenes de Mileto, hijo de Eurístrato, que llegó a ser compañero de Anaximandro, postula también él una naturaleza subyacente única e indefinida como aquél, pero no inconcreta, como él, sino concreta; la llama aire.


Dice asimismo que se hace diferente en cuanto a las sustancias por rarefacción y condensación; esto es, al hacerse más raro, se vuelve fuego, pero al condensarse, viento, luego nube, y aún más, agua, luego tierra, luego piedras, y lo demás a partir de estas cosas. En cuanto al movimiento por el que se produce también el cambio, él lo hace igualmente eterno.” (D-K. A 5)


La generación, por tanto, vendría a ser una composición a partir del elemento primero y la destrucción aquello que desemboca en dicho elemento. Si esta tesis se toma por verdadera no hay, según Aristóteles, ninguna diferencia entre hacer nacer los demás cuerpos del elemento primero por procesos de condensación y rarefacción que hacerlos nacer por procesos de adquisición de sutileza o espesor, o de magnitud o pequeñez (DC.III 5, 303b26-30). Sin embargo, argumentando de esta forma, se llega a una dificultad insuperable ya que el elemento único postulado –el aire en este caso– no tendría una entidad propia sino que su definición, al igual que la de los seres por él constituidos, se tendría que establecer por mera relación con respecto a otras cosas.


Es decir, si la diferencia entre los cuerpos se limita al mero aspecto numérico, lo único que definiría a cada ente sería una razón entre magnitudes, de forma que no podría establecerse en la realidad ningún tipo de diferencia cualitativa. Pero si no hay verdaderas distinciones cualitativas, propias a cada elemento, las propiedades dinámicas de los cuerpos –su levedad o gravedad, su dureza, color o temperatura– tendrían que ser explicadas meramente por referencia a cantidades mayores o menores de condensación de un único tipo de elemento.


Esta forma de dar solución al problema es insuficiente porque no aclara de qué modo un simple acúmulo de aire puede generar algo tan diferente como el agua ni de qué manera su simple expansión produce algo tan opuesto a ésta como el fuego. Las propiedades básicas de las cosas tienen que provenir de un conjunto plural de elementos preexistentes que no procedan unos de otros y que tampoco se puedan transformar totalmente en sus opuestos. De lo contrario, todo estaría en todo y lo que llamamos diverso sería una mera apariencia producida por el desconocimiento de la configuración numérica del mundo.

La propuesta de Anaxímenes, si bien puede parecer completamente ajena a nuestro presente científico, no lo es tanto respecto de algunos intentos actuales de reducir todo lo que existe a una composición unitaria subyacente.



El problema de determinar si la naturaleza, en sentido último, es una mezcla de varios principios primarios distintos o la expresión de la trasformación de algo uno que, por diversos procesos, adquiere consistencias y aspectos diferentes sigue tan vivo hoy en día como en el momento en el que Aristóteles escribió sus tratados naturales. El debate entre unidad y pluralidad, que se reproduce una y otra vez en la física del Estagirita, muestra una tensión que se encuentra en el centro mismo de nuestra comprensión de la naturaleza. Paradójicamente, el avance matemático parece indicar la existencia de una unidad de todo lo que existe, mientras que la experimentación empírica se topa, una y otra vez, con una multitud cada vez más compleja de partículas con características propias que parecen sustraerse a todo intento de unificación.


Fuente: Minecan, Ana Maria. C., Fundamentos de física aristotélica, Antígona, 2018

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