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Centro de Estudios Filosóficos

ALÉTHEIA

Clase 10: El azar como arquitecto del mundo

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Dos fuerzas y cuatro elementos le bastaron a Empédocles para explicarlo todo y, sin embargo, su teoría todavía no estaba completa, restaba algo importante que no había hallado su última explicación.

La cuestión que quedaba sobre la mesa se preguntaba por las reglas que debían explicar la interacción de la materia con las fuerzas.

¿Qué tipo de orden subyace tras la complejidad de lo natural?

¿Por qué los elementos se unen de una forma determinada para poder generar temporalmente cuerpos y objetos mixtos?

¿Qué impulsa la organización de la materia en la armonía con la que está tejido el universo?

En este punto hemos de recordar que en la visión filosófica de Empédocles no existía ningún tipo de fuerza o de entidad personal, ni había nada parecido a un Dios trascendental o a una inteligencia supra-material metafísica capaz de ordenar el mundo.

 

Los dioses -en tanto que formaban parte de este cosmos- estaban hechos también de los mismos elementos que el resto de criaturas que lo pueblan. Y, por tanto, en la medida en que estaban hechos de lo mismo, debían sufrir las mismas consecuencias derivadas de las propiedades de los elementos sin poder dominar sobre ellos ni escapar a las determinaciones de los elementos materiales.

Pero si los dioses no son los creadores del orden del mundo natural -tal como narraban los mitos y las epopeyas de los antiguos-, nos tenemos que hacer de nuevo esta pregunta: ¿por qué las cosas son como son?

La respuesta ofrecida por Empédocles al por qué de configuración de la naturaleza fue espectacular y simple: el motor último de la organización del mundo es el azar.

No hay ninguna inteligencia ni ninguna intencionalidad. No hay destino.

No hay objetivo prefijado en el ser de las cosas. No hay un por qué. No hay un para qué. Pero tampoco hace falta... Con el ensamblaje azaroso de los cuatro elementos básicos bajo el influjo de las dos fuerzas de atracción y repulsión es suficiente para explicar el orden del mundo.

Lo sobrenatural no era necesario en la ecuación de la física de Empédocles y por ello el azar es, en esta teoría, el único arquitecto del mundo.

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