Nietzsche y el nihilismo

Exposición detallada de los rasgos capitales de las reflexiones del Friedrich Nietzsche en torno al nihilismo, su emergencia, contagio y desarrollo en el pensamiento occidental



Con la muerte de Dios, es decir, con la pérdida de crédito de los valores supremos que sostenían sobre él las estructuras de pensamiento que garantizaban una felicidad futura el hombre se inicia, según Nietzsche, la fase final del nihilismo que lleva contagiando lentamente la cultura occidental desde Platón.


Así, el ser humano pierde de golpe la garantía de sentido, de justicia y bondad que antaño se apoyaba en unos valores pretendidamente universales e inamovibles. Con ello, toda la cultura occidental comienza a caer en un oscuro remolino de negatividad. :


“Los valores supremos, a cuyo servicio consagraba la vida el hombre, fueron considerados como mandamientos de Dios (…) como verdaderos mundos, como esperanza y vida futuras. Hoy, que conocemos la mezquina procedencia de estos valores, el universo nos parece desvalorizado, falto de sentido…”

Nietzsche, La voluntad de poder




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El nihilismo es, por tanto, algo muy propio también de nuestra época y que somos capaces de reconocer muy bien. Desde muy jóvenes y por todas partes oímos que hay gente que pone en duda la religión, la política, la ética. Al madurar, en el día a día observamos que esas grandes ideas en las que fuimos educados no funcionan realmente en la sociedad. No sabemos a qué agarrarnos, dónde encontrar sentido y, cada uno, va deambulando por donde puede intentando hallar estabilidad en el placer, en el deporte, en la meditación, en el arte…donde sea, se buscan fuentes de valores que den disciplina y sentido a la vida porque los grandes han caído. No obstante, es una búsqueda delegada en la que el individuo no es protagonista sino que toma lo que le dan.


Así, el nihilismo es el reconocimiento agotador de que estamos en una época en la que sentimos que nada tiene sentido. Verdad, postverdad, hechos alternativos, fala de valores, depredación social. Ya no sabemos ni qué decirle a un niño que está bien o mal. “No mientas” y meses después se hace un máster en el que la esencia misma de la formación es cómo mentir de modo eficaz y florido.

Este nihilismo, que es la creencia en una absoluta desvalorización de la existencia tiene, sin embargo, según Nietzsche dos formas. Por un lado, el nihilismo pasivo que es decadencia y retroceso del poder “no hay nada que hacer”, reconoce que los valores actuales ya no funcionan pero este tipo de nihilismo no ataca sino que se esconde y toma todo lo que alivia, todo lo que tranquiliza ya sea bajo la forma de religión, moral o política. El nihilismo activo, en cambio, ataca: le dice “sí” a este mundo, a este mundo de lo sensible que es el único que hay, le dice sí a la existencia tal y como es.

¿Y cómo es la esta existencia real?


La existencia que tenemos ante nosotros, es puro devenir, puro cambio, sin sentido y sin finalidad, porque todos los atributos contrarios se atribuían al otro mundo, el “mundo verdadero del más allá” y ese mundo ha quedado aniquilado. El devenir, el cambio constante, no tiene ninguna meta ni desagua finalmente en un mundo de sentido.




Dos visiones del tiempo en la historia de occidente


Lo que Nietzsche va a proponer como solución al problema del nihilismo es una reinterpretación de nuestra noción del tiempo. Es decir, -fijaros qué interesante-, la solución a los problemas de decadencia y nihilismo de occidente no pasan por una reordenación de la política, de la educación o de la moral, sino por la introducción de una nueva noción de la temporalidad.

Aunque generalmente no le prestemos atención y en la mayoría de los casos pensemos que el tiempo es cosa sólo de la filosofía de la naturaleza (la física) que estudia el espacio, la materia y el tiempo, la reflexión sobre este elemento está en el núcleo del pensamiento ético-político de la mayor parte de los filósofos occidentales, pero para verlo hay que escarbar. Después de Nietzsche esta idea se expandió por la filosofía influyendo, por ejemplo, en uno de los libros de más impacto en el siglo XX, Ser y tiempo de Heidegger que es completamente incomprensible sin un dominio suficiente de Nietzsche y de los griegos. La filosofía es una escalera que hay que subir en orden, escalón a escalón, no ya para comprenderla sino para disfrutarla.


Bien, pues dado que toda la superación del nihilismo pasa por una reinterpretación del tiempo, tal y como este ha sido concebido tradicionalmente, hemos de repasar y comprender cuáles son las dos nociones fundamentales de temporalidad que se van a contraponer en esta teoría.

La historia del pensamiento occidental está marcada por dos visiones principales y contrapuestas de la temporalidad cuyo origen es completamente distinto. Por un lado, la visión propiamente occidental del tiempo, mantenida por los griegos en su periodo clásico y, por el otro, la visión netamente oriental, propia de todas la religiones procedentes de oriente que, en Europa, tomaron fuerza principal bajo la forma del judaísmo y, fundamentalmente del cristianismo, que ha sido la religión con más expansión durante las etapas medieval y moderna de Occidente.


La peculiaridad, por tanto, de la visión griega es que nos permite ver un pensamiento original, no contaminando, no influenciado por las religiones orientales que han tenido un influjo inmenso en la historia y que, prácticamente, han barrido toda forma de religiosidad alternativa. Los griegos, con su filosofía, son no sólo interesantes desde el punto de vista filosófico sino también como último vestigio y único de formas de religiosidad no oriental. De ahí la oposición tan tajante que hay en los planteamientos.






El tiempo cíclico griego

La visión griega del tiempo fue mantenida unánimemente y sin fisuras por todos los filósofos presocráticos y clásicos a excepción de Platón. El paradigma de la temporalidad griega lo representa en estado puro Aristóteles que en su Físicatacha de absurda toda teoría que hable en algún sentido de un “comienzo del tiempo” es decir, de un instante primigenio anterior al cual no hubiera sucesión temporal.


La razón última de esta consideración se basa en el hecho de que para Aristóteles naturaleza significa movimiento. Es decir, la materia y todo lo que existe en tanto que existe está en movimiento. Todo lo que podemos señalar en el mundo se mueve, por tanto, es imposible que antes del ser hubiese no-ser y que de él saliera la realidad. Así Aristóteles define el tiempo como el número del movimiento, de tal forma que siempre que hay movimiento hay tiempo, y siempre que hay materia hay movimiento, por tanto si hay naturaleza, si hay ser, hay movimiento y tiempo.

Pero si no hay un comienzo del ser, esta idea da lugar a la idea de que el tiempo es, por tanto, infinito, no tuvo comienzo ni tendrá fin. No hay en él ningún punto que pueda ser llamado primero. Para representarse mentalmente la figura del tiempo, los griegos apelaron a la figura geométrica que no tiene propiamente un principio ni un final, en la que todos los puntos son principios y finales, sucesión infinita que es la circunferencia.

Pero podría ocurrir que el tiempo para los griegos fuese una circunferencia de extensión infinita, un arco, que se recorriese siempre sin completarse, sin dar ninguna vuelta. No obstante, a la idea del tiempo finito, se une la idea de la materia finita. Así, la cantidad de materia (aire, fuego, agua y tierra) y de combinaciones posibles es limitada de ahí que en un tiempo infinito se repitan una y otra vez las mismas combinaciones. A esta noción se la conoce en el pensamiento griego como eterno retorno. Ello implica que no hay una flecha del tiempo, sino que este rota sobre sí mismo porque las cosas tarde o temprano se acaban recombinando otra vez de la misma manera.






El tiempo lineal cristiano

La segunda concepción europea del tiempo, y la que tenemos nosotros actualmente es la visión lineal del tiempo conocida como “flecha del tiempo” según la cual el tiempo se representa como una línea orientada en una dirección con un origen y un final, que mantiene en su sucesión un ritmo y que divide claramente entre tres espacios inalterables e irrepetibles: pasado, presente y futuro.

Esta concepción del tiempo la compartimos todos habitualmente, no obstante, a pesar de que hoy sea una visión “laica” implica, necesariamente la postulación de una creación y de un tiempo antes del tiempo estático, inmaterial, inmutable e imperfecto. Ello implica además la noción de novedad. Frente al ciclo griego que se repite incansablemente, todo lo que ocurre en el tiempo cristiano es único, es nuevo, es irrepetible.

Por tanto, contrapuestas estas dos visiones, Nietzsche va a proponer, con sus propios matices la aniquilación de la visión lineal del tiempo y la recuperación de una visión cíclica en la cual, la idea clave es la repetición. Es decir, la seguridad de que todo lo que hacemos y hemos hecho se repetirá una y otra vez de forma idéntica. Hay personas para las cuales esta idea, de pasar una y mil veces por la misma vida, le parece terrible. De hecho, Nietzsche lo sabe y en la Gaya ciencia denomina a esta propuesta “el peso más grande”.

“El peso más grande. ¿Qué ocurriría si un día o una noche un demonio se deslizara furtivamente en la más solitaria de tus soledades y te dijese: «Esta vida, tal y como tú ahora la vives y como la has vivido, deberás vivirla aún otra vez e innumerables veces, y no habrá en ella nada nuevo; sino que cada dolor y cada placer, y cada pensamiento, y cada suspiro, y cada cosa indeciblemente pequeña y grande de tu vida deberá retornar a ti, y todas en la misma secuencia y sucesión: y así también esta araña y esta luz de luna entre las ramas, y así también este instante y yo mismo. ¡El eterno reloj de arena de la existencia se invierte siempre de nuevo y tú con ella, granito de polvo!?». Si esto sucediera, ¿no te arrojarías entonces al suelo, rechinando los dientes y maldiciendo al demonio que te ha hablado de esta forma? ¿O quizás has vivido ya alguna vez ese instante infinito, y tu respuesta entonces fue la siguiente: «Oh, tú eres un dios y jamás oí nada más divino»? Si ese pensamiento se apoderase de ti, te haría experimentar, tal y como eres ahora, una transformación y tal vez te trituraría; acerca de cualquier cosa te plantearías siempre la pregunta «¿quieres esto otra vez e innumerables veces más?», y ello pesaría sobre tus acciones como el peso más grande. Y además, ¿cuánto deberías amarte a ti mismo y a tu vida para no desear ya otra cosa que esta última y eterna sanción, este sello?” La Gaya ciencia, 341



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